Surge la Amenaza

La redacción de Estilo Porteño parecía una colmena en plena ebullición. Las teclas martilleaban sin tregua, creando un ritmo frenético que se mezclaba con el murmullo constante de voces discutiendo ideas, plazos y alguna que otra queja disimulada sobre Sergio Montenegro. Las luces fluorescentes, despiadadamente brillantes, bañaban el espacio en un resplandor blanco que no dejaba lugar para las sombras ni para los secretos. Cada rincón parecía lleno de movimiento, excepto el pequeño escritorio de Sofía Vidal, que en ese momento sentía más como un blanco en el campo de tiro.

Vanessa Torres rondaba como una presencia calculada, el clic de sus tacones resonando con una cadencia deliberada, casi como un metrónomo diseñado para perturbar. Su cabello, perfectamente liso y brillante, reflejaba las luces con la misma intensidad que su mirada, siempre fija en Sofía, como si la estuviera evaluando, buscando algún defecto que pudiese explotar.

Sofía, quien intentaba concentrarse en su borrador, sentía el peso de esa mirada. Cada vez que Vanessa pasaba cerca, el espacio alrededor de su escritorio parecía encogerse, robándole el aire.

—¡Qué eficiente te ves hoy, Sofía! —comentó Vanessa, deteniéndose justo detrás de ella. Su tono era dulce, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos, una línea perfectamente dibujada que no transmitía nada parecido a la amabilidad.

—Gracias —respondió Sofía, sin levantar la vista, aunque sus dedos apretaron el bolígrafo con un poco más de fuerza de la necesaria.

Vanessa inclinó la cabeza, fingiendo interés en la pantalla de Sofía.

—¿Es ese el artículo de Sergio sobre "tendencias que nunca debieron regresar"? Qué apropiado. —La sonrisa en sus labios se ensanchó apenas un milímetro.

—Sí. Habla, por ejemplo, de ciertas actitudes pasivo-agresivas que deberían quedarse en los años 90 —respondió Sofía, girándose finalmente para enfrentarla con una sonrisa que también tenía bordes afilados.

Vanessa parpadeó, pero no se inmutó.

—Bueno, te dejo trabajar, querida. No quiero interrumpir tu... genialidad.

Se alejó con la gracia de un felino, sus tacones resonando como una burla. Sofía exhaló un suspiro que no sabía que estaba conteniendo y volvió a la pantalla, aunque la sensación de estar vigilada seguía pesando en su espalda.

Desde su oficina, Martín Alcázar observaba la escena con interés. Apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, sus ojos seguían los movimientos de Vanessa con la curiosidad de alguien que disfruta del drama sin necesidad de participar en él. Cuando finalmente Vanessa desapareció por el pasillo, Martín se acercó al escritorio de Sofía, dejando caer un sobre amarillo frente a ella.

—¿Tienes todo bajo control o debería preocuparme? —preguntó, con esa sonrisa ladeada que siempre parecía a punto de romper las reglas.

Sofía levantó la vista, sus ojos todavía brillando con el fuego de la interacción anterior.

—Si sigues hablando en tono de superioridad, podría lanzar esto —dijo, señalando el sobre—, justo a tu cara.

—Veo que estás de humor. —Él se inclinó ligeramente hacia ella, lo suficiente para que su voz bajara un par de tonos y se volviera más íntima—. ¿Siempre te pones así cuando estás provocada?

El calor en las mejillas de Sofía fue instantáneo, y ella se maldijo internamente por ello. Trató de ignorarlo, enfocándose en el sobre mientras lo abría, aunque el leve roce de la mano de Martín al entregárselo aún ardía en su piel.

—¿Algo más que añadir, Alcázar? —preguntó, intentando sonar indiferente.

Martín sonrió, satisfecho.

—Nada por ahora. Aunque tengo curiosidad por ver cómo lidias con Vanessa la próxima vez. Es un espectáculo digno de primera fila.

Y con eso, se alejó, dejando a Sofía con el sobre en una mano, un nudo en el estómago y la molesta certeza de que Martín Alcázar sabía exactamente cómo desconcertarla.

Desde su trono improvisado en el escritorio de la esquina, Vanessa Torres estudiaba la redacción como un estratega en el campo de batalla. Su mirada, precisa como la de un francotirador, estaba fija en Sofía Vidal, quien, ajena al acecho, se inclinaba sobre su teclado con el ceño ligeramente fruncido y los labios entreabiertos en concentración. Demasiado esfuerzo para alguien que no se lo merece, pensó Vanessa, tamborileando las uñas contra la superficie de su escritorio.

La creciente popularidad de Sofía era como una piedrita en el zapato de Vanessa, pequeña pero insoportablemente irritante. Cada vez que Sergio pasaba por su lado para felicitar a "nuestra estrella emergente", Vanessa sentía cómo una presión comenzaba a acumularse en su pecho. Y cuando vio que otro de los encargos más codiciados de la revista aterrizaba en el escritorio de Sofía, supo que había llegado el momento de actuar.

—Esto no va a quedar así —murmuró, ajustando el tacón mientras fingía revisar un informe que llevaba días sin abrir.

Vanessa no era una mujer que dejara que su disgusto pasara desapercibido, pero también sabía que un ataque frontal no era su estilo. Era mucho más divertido jugar el largo y retorcido arte de la humillación disfrazada de profesionalismo.

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