Una enorme ola casi termina por engullir el barco, si no fuera por los soldados del navío real que estaba al lado de este, que pudieron mantenerlo anclado por más tiempo.
Sabiendo que debía volver a la cordura a la princesa, Murad intentó arrastrarse todo lo que la inclinación del barco y su pierna fracturada le permitían.
—Muere—susurró viendo a Virgil morado—Perro...
Antes de que una nueva ola volviera a azotar el barco, Murad logró llegar hasta donde Beatrice para luego separarla del hombre que había violentado a su hermana.
Abrazándola con toda la fuerza que tenía, Beatrice intentaba zafarse del agarre de este para terminar lo que había empezado.
—¡Suéltame!—gritó—¡Déjame matarlo!
—¡Cálmese, princesa!—suplicó en un grito Murad—¡O todos moriremos!
La ira que Beatrice sentía comenzaba a aumentar, por lo que el anillo seguía soltando más y más energía mágica inestable, provocando que la tormenta empeorara.
Suponiendo entonces que aquello estaba ligado con sus emociones, no tuvo de otra más que hacer lo primer que pensó.
Beatrice dejó de luchar mientras Murad la sostenía entre sus brazos, al sentir los labios de este estamparse contra los de ella y como poco a poco lo profundizaba.
Su respiración estaba a la par del ritmo de sus besos, quedándose sin oxígeno en algunas ocasiones, antes de volver a su beso.
Gracias a aquello, su ira poco a poco comenzó a bajar, a tal punto que la luz proveniente de su anillo comenzó a disminuir, y, por consiguiente, la energía mágica que fluctuaba alrededor del barco disminuyó a tal punto que la marea poco a poco se calmó.
No obstante, a medida que la segunda princesa se relajaba, el anillo en su mano provocaba que una gran parte de la energía vital del sultán entrara en su cuerpo, provocando que un segundo brillo emergiera en ambos y la luz resultante encegueciera a todos a su alrededor.
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La cuarta princesa, Diana, quien recientemente había sido trasladada a la academia de medicina para seguir los pasos de su padre, había recibido la noticia de que su hermana había sido encontrada no muy lejos del pueblo donde estaba la academia.
Por consiguiente, luego de ser informada de su rescate, estuvo esperando más de dos horas en el vestíbulo de la academia.
Su bata blanca, la cual ocultaba su vestido azul y que la acreditaba como estudiante, estaba arrugada debido al nervio con el que sus manos tenían que luchar.
Al escuchar los pasos de algunas botas, salió al jardín delantero, donde los guardias de la academia estaban dejando pasar a varios carruajes y requisando a soldados de la marina.
Había escuchado al líder de estos, que el capitán Lasky había informado a sus padres; sin embargo, no le prestó tanta atención a lo que decían entre ambos soldados.
Apurando su paso, tropezándose en medio camino y con solo un tacón puesto, Diana corrió hasta una de las camillas que habían desembarcado del primer carruaje y en esta vio a su segunda hermana, en un sueño profundo, aunque intacta.
—¡Betty!—dijo en un susurro—¡Hermana!
Diana sonrió mientras derramaba varias lágrimas, acariciando la mejilla de su hermana. Estaba contenta de volver a ver a Betty, desde la desaparición de Cosette y luego de ella, su corazón vivía en una constante ansiedad. Sin embargo, aunque estaba feliz de verla, se quedó anonada ante su estado.
—No entiendo—susurró—¿No tiene ninguna herida? Pensé que ella estaba...
Mientras intentaba formular una oración a los soldados, observó como otra camilla era dejada al lado de la de Beatrice; sin embargo, el cuerpo en esta estaba por completo cubierto por una manta blanca. Sin esperar explicación alguna, Diana se apuró para ver de quién se trataba.
—¡Princesa, espere!—intentó advertirle el líder de los soldados.
Sin embargo, fue demasiado tarde, aunque solo pudo observar su cabeza, Diana dio un pequeño grito de terror al ver el hombre pálido y esquelético. De inmediato sintió un frío aterrador, al presentir que esa persona ya no respiraba.
Al observar el singular color de cabello, recordó a alguien que había visto junto con sus demás hermanas, antes de la desaparición de Betty; sin embargo, le costaba creer que fuera él.
Según recordaba, aquella persona no solo era grande, como un oso, sino que sus mejillas eran rojas como un par de manzanas e hinchadas que recordaban a una ardilla.
—¿Quién?...—susurró—¿El sultán?
—Sí, princesa—respondió el líder de los soldados.
Tapando nuevamente su cabeza, ordenó a los demás llevarlo a una de las habitaciones principales de la academia.
No sabían lo que había ocurrido, ni porque después de aquel resplandor, la princesa recuperó su apariencia saludable, a costa de la vida del sultán, pero debían manejar con cuidado el asunto hasta que el rey Guillermo llegara.
—Princesa Diana—llamó varias veces el soldado—¿Princesa?
Diana, quien aún seguía en shock por lo que estaba pasando, estaba intentando asimilar el miedo que sentía.
Solo imploraba a los cielos que lo sucedido con el sultán no hiciera que la carga de su hermana, aun maldita, aumentara y que la hicieran foco de un problema aún mayor.
—Sí...—respondió saliendo de sus pensamientos—¿Dígame?
—Necesitamos que nos ayude, por favor, reconociendo a alguien—dijo el soldado de la marina—necesitamos confirmar nuestras sospechas.
Diana asintió, mientras observaba como Beatrice era llevada para ser atendida y otros soldados seguían transportando más camillas, entre los que se encontraban algunos heridos y fallecidos por lo ocurrido en el barco.
El soldado la guio hasta un cuarto carruaje, el cual permanecía sin abrir. Allí, dos mujeres se encontraban encapuchadas, mientras una de ellas sostenía en brazos a una niña, quien se podía ver que había tosido sangre.
Aunque tenían miedo, cuando uno de los médicos llegó para auxiliar a la pequeña, no tuvieron otra más que aceptar su ayuda.
Fue así que, a medida que bajaban del carruaje, Diana observó el rostro cubierto de una de las dos mujeres, provocando que sus lágrimas aumentaran.
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Un castillo, ubicado entre los límites de un mundo oscuro y un cielo brillante, se alzaba con gloria, provocando que ni siquiera los espíritus malignos se atrevieran a entrar, por más cerca que estuvieran de este. Sin embargo, solo una alma era capaz de caminar entre sus majestuosos pasillos.
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Comments
mi vida y razón ser
wow pero porque murió murak pensé que de pronto en ambos se restablecía su estado de salud sin heridas ni nada pero no la muerte de uno
2024-09-16
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Linupe
ahora sí quedó flaquito Santa Claus
2024-09-14
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marnie fuenmayor
Que no muera Murak pensé que había quedado flaco pero muerto no Autora pobrecito
2024-08-26
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