CAPÍTULO 10

Bajo un cielo oscuro, iluminado por una luz rojiza, Beatrice bailaba sin parar, una y otra vez, sobre un campo de espinas de rosas. Su sangre, que se coaguladaba directamente al salir de sus pies descalzos, se convertían en pétalos de rosas marchitas.

Su mirada, vacía, se dirigía a un lado del rostro del demonio reptiliano con el que bailaba. No se inmutaba, ni siquiera cuando este comenzó a lamer su cara, con una larga lengua viperina. Lo único que deseaba era no verlo a los ojos, encontrar la fuerza y poder romper aquel baile maldito.

"Por favor... déjame ir"

Suplicaba una y otra vez, aunque sabía que aquello era un sueño, pero el terror que aquel demonio emanaba seguía en carne propia, como si todo fuera verdad.

"Eres mía, Beatrice.. Si amas a alguien, yo mismo lo mataré"

"¡No me enamoraré de nadie! ¡No quiero que lastimes a otro por mi culpa!"

"De ti depende que así sea. Recuérdalo, eres solo mía. TE ENCONTRARÉ"

De repente, todo a su alrededor se colocaba oscuro, y mientras su alma vagaba en el vacío del mundo de los sueños, escuchaba los gritos de un hombre que repetía una y otra vez su nombre, mientras le declaraba su amor.

"No te enamores, Beatrice"

"No te enamores, Beatrice"

"Solo así, no dañarás a más nadie"

Eran las palabras que se repetía antes de abrir sus ojos, con el corazón latiendo a mil. Con su vista borrosa, parpadeó varias veces, intentando analizar donde estaba. Sentía que al menos estaba en una cama y que no tenía el olor a mierda encima.

Pero no reconocía nada, ni siquiera las decoraciones que había a su alrededor. Poco a poco fue notando que una gruesa cortina permitía que un poco de la luz del sol se filtrara, y así, en medio de la penumbra, relacionó la forma de un candelabro, con los que había en el palacio real.

El comprender que al fin había vuelto al hogar de su hermana mayor, hizo que su corazón se llenara de alegría y lágrimas comenzaran a aflorar. Sin embargo, supo enseguida que el demonio que la mantuvo cautiva la estaba buscando, iracundo, y que se llevaría por delante a todo aquel que se cruzara en su camino.

—¿Hija?—la voz de su madre se escuchó por lo bajo.

La duquesa, al enterarse del regreso de su segunda hija, había pedido permiso para quedarse todo el tiempo que pudiera hasta el despertar de Beatrice. De eso hacía quince días, en los que su niña aún no mostraba señales de despertar del coma.

Por eso, cuando escuchó un pequeño llanto, se levantó apurada del sofá donde descansaba, para corroborar lo que sucedía. Así, contenta por verla despierta, tomó su mano y comenzó a darle tiernos besos. Pensaban que jamás despertaría, era como si su alma estuviera anclada en un mar de pesadillas.

Ni siquiera Scott, el ahora esposo de su primera hija, o el papa, pudieron localizarla con éxito dentro de su mente. La única persona, con el conocimiento y experiencia necesaria para quizá adentrarse dentro de pesadillas malditas, era la abuela Baba, pero esta aún seguía delicada de salud tras el ataque que sufrió hace más de dos meses.

—¿Mamá?—preguntó débil.

—Tranquila, ya estás a salvo—sonrió colocando su mejilla en su mano—ya estás con mamá.

Mientras su madre intentaba consolarla, Beatrice vio en la esquina la ilusión de la silueta de aquel demonio, y sin poder dilucidar si se trataba de una alucinación o no, comenzó a gritar tan fuerte, que su garganta comenzó a arder y su nariz a sangrar.

—¡Ayuda!—gritó la duquesa Serena—¡Betty! ¡Cálmate!

—¡Él está aquí!—gritó aún más fuerte—¡Vete, mamá! ¡Él te matará! ¡ÉL LOS MATARÁ A TODOS!

La duquesa la abrazaba con fuerza, mientras su segunda hija convulsionaba del miedo. No fue sino hasta que, varios sirvientes entraron y abrieron la cortina, a su vez que otros corrían a ayudarla, que notó que aquello había sido solo una alucinación. Un mal juego de las sombras.

.

.

.

.

El reloj marcaba las cuatro de la tarde, y mientras intentaban controlar el ataque de pánico de la princesa para poder tratar sus heridas, el sultán Murad se encontraba descansando en su habitación.

Había estado preocupado por la princesa Beatrice, le recordaba mucho a su madre y le era imposible no empatizar con ella, en especial cuando ambas han sufrido a manos de un monstruo. Aunque en el caso de su madre, era el maldito anterior sultán, quien fungió por años como su verdugo.

No obstante, también estaba preocupado por el estado de su hermano menor. Para poder hablar con su madre, una carta demoraría hasta el capital de su reino, por lo menos un mes. Por lo que estaba obligado a usar un espejo encantado, a costa de fuertes migrañas debido a este.

No obstante, pese al malestar que le generaba esa forma de comunicación, se había enterado de muchas cosas. Agradecido estaba con los dioses, de que el espíritu guardián hubiera ayudado a escapar a Ibrahim de aquel infernal mundo, aunque su estado de salud era crítico.

Sabía que no moriría por sus heridas, ya que debía cumplir el destino que se le impuso si quería ser el nuevo sultán. También se había enterado, para su gran sorpresa, que su madre había sido designada como reina regente. Sin embargo, también sabía que sus medios hermanos y sobre todo las demás reinas, podrían ser un peligro para ellos dos.

Suspirando con pesadez, observó la hora y viendo que ya era el momento para comunicarse con su madre, se sentó en frente del espejo, al lado de su cama. De inmediato, el objeto comenzó a brillar y tras un resplandor dorado, la cara de la reina Elizaveta apareció.

—¿Madre?—preguntó preocupado—¿Ocurre algo? ¿Estuviste llorando?

—Es tu hermano, hijo mío—respondió cansada—aún no despierta del coma... ¿Cómo estás tú? ¿La princesa ha podido despertar?

—No lo sé—no quiso hablar sobre su propio estado de salud—en un rato saldré a preguntar por ella. Madre, ¿Ha ocurrido algo en el harén?

—No hijo—argumentó—solo hay malestar por tu ausencia, pero he acallado bocas, sobre todo la de las demás reinas, al decir que tú estás en la frontera, junto con el rey Guillermo. Quédate tranquilo y ocúpate de lo que ocurre allá.

Murad asintió y luego de una breve despedida, la comunicación se cortó. Masajeándose la sien, para intentar calmar un poco su dolor de cabeza, esperaba que su periodo de ausencia no fuera motivo para una revuelta.

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Comments

mi vida y razón ser

mi vida y razón ser

veamos quien se atreve si supuestamente fue una orden del espíritu del aguila que consideran un Dios

2024-09-15

1

Dulce Cira

Dulce Cira

pobre chica la que más ha sufrido es ella hasta ahora 🤬🥺👊🏻👊🏻👊🏻👊🏻👏🏻

2024-08-12

0

Mitsuki G

Mitsuki G

Pobre Beatrice está vez él daño es peor que su hermana mayor ya que ella solo fue una vez que no fue brusco y la pobre de Beatrice sufrió la furia de ese demonio por la perdida de su hermano y ella sufrió de abusos golpizas y de todo le costará trabajo estar con alguien por miedo al daño pero deberia ver a su hermana que rompió la maldición abriéndose al amor de su vida que espero que al saber del hermano de Murad lo ayuden mandando la cura de Scott para quemaduras que le pusieron a la duquesa

2024-08-12

2

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