Capitulo 15

Eliza sabía que debía actuar con astucia para lidiar con Alexander. Aunque

era el hijo mayor, su padre nunca lo había nombrado sucesor oficialmente. Sin

el reconocimiento del emperador, Alexander no tenía derecho legítimo al ducado.

Si jugaba inteligentemente, Thomas podría obtener el reconocimiento necesario

para despojar a Alexander de cualquier pretensión.

Durante los días siguientes, Eliza y Sofía se volvieron más cercanas,

desarrollando una notable complicidad. Sofía comenzó a seguir a Alexander e

informar sobre todos sus movimientos. Para sorpresa de Eliza, Alexander no

hacía nada sospechoso, al menos en la superficie.

—Es como si supiera que lo estamos vigilando —comentó Sofía una noche

mientras compartían un té en la habitación de Eliza—. No baja la guardia ni por

un momento.

—Eso lo hace aún más peligroso —respondió Eliza, pensativa—. No podemos

confiarnos. Hay que seguir observándolo.

Eliza sabía que Alexander no era el único problema. El ducado estaba lleno

de personas con ambiciones propias, y una noche, este hecho se hizo

dolorosamente claro.

Eliza y Anne estaban en su habitación, leyendo un cuento antes de dormir,

cuando la ventana se abrió de golpe. Un hombre encapuchado saltó dentro,

empuñando un cuchillo.

—¡Cuidado! —gritó Eliza, empujando a Anne detrás de ella.

El atacante se lanzó hacia ellas, pero Sofía, siempre vigilante, irrumpió en

la habitación. Con una habilidad impresionante, desarmó al intruso y lo redujo

al suelo. Los guardias, alertados por el ruido, llegaron rápidamente y

comenzaron una investigación inmediata.

—¿Están bien, mi señora? —preguntó Sofía, con la respiración agitada pero el

rostro firme.

—Sí, gracias a ti —respondió Eliza, todavía temblando—. Anne, ¿estás bien?

Anne asintió, aferrándose a Eliza con fuerza. —Sí, mamá…

Eliza se unió a la investigación, decidida a descubrir quién estaba detrás

del intento de asesinato. Mientras interrogaba a los guardias y examinaba las

pruebas, Alexander apareció, su expresión fría y calculadora.

—Veo que has sobrevivido, Eliza —dijo Alexander con una voz que goteaba

veneno.

Eliza lo miró con desdén. —¿Qué haces aquí, Alexander?

—Solo vine a lamentar tu suerte. Es una pena que sigas viva —dijo,

acercándose un paso más.

Eliza se dio cuenta de que Alexander no jugaba con las palabras. Realmente

tiraba a matar. —No permitiré que te salgas con la tuya.

Alexander sonrió de manera inquietante. —Veremos cuánto tiempo puedes

mantener esa resolución.

La conversación se interrumpió abruptamente cuando uno de los guardias

irrumpió en la sala.

—Mi señora, tenemos noticias urgentes. El carruaje del joven Thomas, que

regresaba de la academia, ha sido saqueado. Él está desaparecido.

Eliza sintió que el mundo se detenía. Sus peores temores se materializaban.

—¡No! ¿Qué... qué pasó?

El guardia bajó la cabeza. —Lo encontramos en el camino, vacío y destrozado.

No hay rastro de Thomas.

Alexander miró a Eliza.

—Parece que tus problemas solo empeoran, Eliza. ¿Qué harás ahora?

Eliza se giró hacia Sofía, su voz llena de desesperación y determinación.

—Sofía, tenemos que encontrar a Thomas. No podemos dejar que se salga con la

suya.

Sofía asintió, su expresión decidida. —Haré todo lo posible, mi señora. Lo

encontraremos.

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