Capitulo 11

La tensión en el castillo alcanzó su punto álgido con la lectura del

testamento del difunto duque. Todos los familiares se reunieron en el gran

salón, sus rostros expectantes y llenos de avidez. Eliza estaba presente, con

Thomas y Anne a su lado, su corazón palpitando con nerviosismo. Sabía que esta

lectura definiría el futuro de los niños y de ella misma.

El notario, un hombre anciano y serio, se puso de pie y comenzó a leer el

documento en voz alta.

—"Yo, Richard, Duque de Gotha, en pleno uso de mis facultades, declaro

las siguientes disposiciones para mi última voluntad y testamento..." —La

voz del notario resonó en la sala, captando la atención de todos.

Eliza escuchaba atentamente, sus manos aferradas a las de los niños.

Finalmente, el notario llegó a la parte crucial del testamento.

—"En lo que respecta a la tutela de mis hijos menores, Thomas y Anne, y

la administración del ducado, confío plenamente en Lady Eliza de Gotha, mi

esposa, a quien otorgo el título de Duquesa de Gotha y la responsabilidad de

ser la tutora legal de mis hijos. Hasta que mi sucesor cumpla la edad establecida."

Un murmullo de sorpresa y descontento recorrió la sala. Los familiares

intercambiaron miradas indignadas y algunos comenzaron a protestar

abiertamente.

—¡Esto es una farsa! —exclamó un primo lejano—. ¡Ella no tiene derecho a

este título ni a estas tierras!

Eliza mantuvo la calma, aunque por dentro sentía una oleada de miedo y

determinación. Dio un paso adelante, sosteniendo la mirada de los nobles.

—El testamento del duque es claro y vinculante. Soy la Duquesa de Gotha y la

tutora legal de Thomas y Anne. Cualquier disputa sobre este asunto será tratada

con la ley.

Los caballeros presentes, leales al duque y ahora a Eliza, se pusieron de su

lado, mostrando su apoyo. Uno de ellos, el capitán de la guardia habló con

firmeza.

—La voluntad del duque será respetada. Lady Eliza es la duquesa y tiene toda

nuestra lealtad.

Los familiares protestaron aún más fuerte, pero Eliza no se dejó intimidar.

Su voz resonó con autoridad.

—Ordeno a todos los familiares no residentes en este castillo que se retiren

inmediatamente. No se tolerará ninguna insubordinación. Mi responsabilidad es

asegurar la paz y el bienestar de mis hijos y del ducado.

Thomas, con la valentía que había demostrado antes, se puso al lado de

Eliza. —Hagan lo que dice mi madre. Ella es la duquesa y cuidará de nosotros.

Anne también se acercó, asintiendo con la cabeza. —Sí, por favor, váyanse.

Los sirvientes, leales a Eliza, ignoraron cualquier orden de los demás

familiares y se alinearon detrás de la nueva duquesa. Uno a uno, los nobles

fueron obligados a salir del castillo, su furia y resentimiento claros en sus

rostros.

La semana que siguió fue agitada. Eliza trabajó incansablemente para

asegurar que todo estuviera en orden y que los niños se sintieran seguros.

Aunque estaba agotada, se sintió aliviada de haber superado la primera gran

prueba de su nuevo rol.

Una noche, durante una tormenta particularmente fuerte, un acontecimiento

inesperado sacudió el castillo. Eliza estaba en la escalera principal,

observando cómo los truenos y relámpagos iluminaban el cielo, cuando un

sirviente corrió hacia ella.

—Mi señora, un carruaje se acerca.

Eliza frunció el ceño. —¿Un invitado? No he recibido ninguna notificación.

Bajó las escaleras con Thomas y Anne siguiéndola de cerca, ambos curiosos y

un poco asustados. En la entrada del castillo, un hombre de finas vestiduras

estaba de pie, su capa adornada con el escudo del ducado en hilos de fino oro.

Su cabello oscuro y sus ojos azules, tan brillantes como los de la primera

duquesa en el cuadro del pasillo, lo delataban.

Eliza sintió un escalofrío al reconocer a Alexander, el hijo mayor del

difunto duque, y el hermano de Thomas y Anne.

Ciertamente se parecía al duque, pero era tan bello como su madre.

—Alexander —murmuró, sintiendo una mezcla de sorpresa y tensión.

Alexander hizo una reverencia ligera, su expresión seria y evaluativa. —Lady

Eliza, he regresado para reclamar mi lugar en el ducado. Y para ver a mis

hermanos.

Eliza mantuvo su compostura, aunque su mente estaba llena de preguntas y

preocupaciones. La llegada de Alexander podía cambiar muchas cosas, y tenía que

estar preparada para enfrentarse a este nuevo desafío.

—Bienvenido de vuelta, Alexander —dijo finalmente—. Por favor, entra. Hay

mucho que discutir.

Mientras Alexander entraba al castillo, Eliza sabía que las verdaderas

pruebas apenas comenzaban. Con la llegada del heredero legítimo, la dinámica

del ducado estaba a punto de cambiar drásticamente.

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