...Al día siguiente, después de la boda…...
Abro mis ojos, veo sus ojos cerrados y abraza la almohada con mucho afecto. Me siento en la cama, su espalda está desnuda y no quiero despertarlo. Me levanto, camino al baño y me encierro allí. Me libero de todos los residuos de la noche, mi boca sabe a alcohol amargo y tengo sed. Cepillo mis dientes, mi reflejo en el espejo tiene rastros de haberse divertido ayer en la fiesta. ¿Qué sucedió?
Lo último que recuerdo es que me la pase todo el tiempo bailando y gritando de emoción. Hiram se debió encargar de mí. Enjuago mi boca, término de acicalarme y salgo del baño.
Me cambio la ropa. Dormí con la camisa y el pantalón del traje. ¡Necesitaré enviarlos a la tintorería! Tomo mi celular y salgo de mi habitación. ¡No manches! Ya son las doce del medio día.
Voy a la cocina y no hay nadie. En el comedor tampoco. ¿A dónde se habrán ido todos? Decido marcarle a mi papá.
—¿Ya despertaste? —Me pregunta él.
—Sí, ya desperté. ¿Dónde están?
—Estamos en casa de mi consuegra, ven almorzar.
—Voy para allá.
Le escribo un mensaje a Hiram para que sepa donde estamos. Bebo dos vasos de agua antes de salir. Me toma diez minutos llegar a la casa de la suegra de Jimena. Se escucha un alboroto desde afuera. Entro sin miedo.
—Que bueno que llegaste, justo mi tío estaba preguntando por ti —dice Marcos.
—¿Dónde está él?
—En la cocina.
Me dirijo a la cocina, huele a carnitas recalentadas y chile verde. ¡Mi estómago chilla! Israel está bajando unos platos de la alacena.
—¡Hola! —Me animo a saludarlo.
Se gira a mirarme, sonríe.
—¡Hola dormilón! ¿Descansaste bien?
—Sí, dormí bien. Creo que caí como piedra.
Se ríe. Se acerca a mí y sacude por algunos minutos mi cabello. ¡Mi corazón empieza a latir muy fuerte!
—Ayer te caíste encima de mí cuando estabas bailando. ¿Te acuerdas?
—La neta no, no me acuerdo bien.
—Estabas bien tomado anoche.
—¿Hice el ridículo?
—No. Te volvió a sangrar la nariz porque te caíste encima de mí y te pegaste en la nariz con mi frente.
—¡No inventes! ¿Es neta?
—Sí. Y con la nariz sangrando tomaste mi rostro con tus manos y me dijiste que era muy guapo.
Escuchar esos detalles me hicieron sentir un poco de vergüenza. ¡Me ruboricé al instante! Él me miraba con atención.
—Perdóname, no estaba muy consiente de lo que decía o hacía.
—No te preocupes. Después de que se detuvo tu hemorragia, te quedaste dormido y entonces te lleve a tu casa.
—¿Tú me llevaste?
—Es correcto, te subí a tu habitación y te acosté en tu cama. No te pude cambiar la ropa porque tenía una urgencia, pero me alegra ver que descansaste bien.
—¡Gracias por cuidarme anoche!
Asiente.
—Ahora, deberías almorzar, te serviré un plato.
...🩵🩵🩵...
A las tres de la tarde, sacaron una baraja y mis padres estaban jugando con su consuegra y algunos amigos de la familia.
—¿Anoche te emborrachaste? —Le pregunto a Hium.
—No, pero tú lo gozaste al máximo.
—Sí, ya me contaron un poco de lo que paso anoche.
—¿Israel se portó bien contigo?
—¿Por qué se portaría mal conmigo?
—Pues porque te llevo a tu casa.
—No estoy entendiendo.
—Mira, cuando estábamos regresando de haber ido a caminar por el bosque, Israel nos encontró en el jardín, platicamos un poco y cuando se fue de allí, te empezaste a reír como bobo y me dijiste que él era muy guapo. Después, durante el baile y los excesos, me confesaste que querías un beso de él.
—¡¿Qué?! ¿Yo te dije todo eso?
—Sí, eso me dijiste.
Me siento chiveado, me muerdo los labios.
—¡Pues qué intenso me puse!
—Solo un poco.
Israel, que está jugando cartas, hace contacto visual conmigo y yo, me siento apenado. Desvío la mirada de él. ¡No puedo creer que hice tanta pendejada anoche!
—¿Quieres ir a comprar papas fritas? Se me antojaron —Le propongo a Hium.
—Bueno, vamos.
Nos levantamos del sillón, no volteo a mirar a Israel y quiero que nadie note que estamos por salir. ¡Quiero pasar desapercibido!
—¿A dónde van? —Pregunta Lea.
¡Maldita! Siempre es inoportuna conmigo.
—Saldremos a caminar por el pueblo —miento.
Porque si hubiese dicho que iba a comprar papas fritas, todos hubiesen querido y yo no me sentía con ganas de ser su mandadero.
—Ah, bueno —se limitó a decir.
¡La libramos! Salimos de la casa, empezamos a caminar y de pronto, él grita mi nombre.
—¡Ariel! —Israel estaba caminando en nuestra dirección.
Mi corazón se aceleró y no entendía por qué me estaba sintiendo tan extraño.
—¿Quieres acompañarlo a comprar papas fritas? —Le pregunta Hium—. Justo me empecé a sentir mal del estómago.
Obvio que Hium estaba mintiendo y yo no podía creer que estuviera conspirando contra mí.
—No te preocupes, yo lo acompaño —dice Israel.
Mi goma de mascar perdió todo el sabor y ahora no tenía otra opción que aceptar la compañía del hombre con el que ayer perdí la vergüenza. ¡Cómo pude ser tan tonto y embriagarme sin control!
—Los veo más tarde —dice Hium y se ríe sutilmente de mí.
—¡Espero que te arda cuando estés en el baño! —Le digo para demostrarle mi enojo por su abandono.
Y solo se ríe de mí, más fuerte que antes.
Continuo caminando, Israel viene a mi lado y siento que no tengo un buen tema de conversación para romper el hielo.
—¿Cómo te sientes al ver que tu hermana ya se casó?
—Me siento bien, normal, supongo —le respondo—. ¡Emocionado!
—¿A qué edad te piensas casar?
Su pregunta me presiona emocionalmente. ¡Me obligo a no mirarlo! No quiero sentir cosas por él.
—No he pensado en casarme.
—¿Te conté que soy viudo?
—¡¿Eres viudo?! —Ay, no, cómo pude empezar a sentirme así con un viudo.
—Sí. Me casé a los veintitrés y a los veinticinco enviudé. Ella murió en un accidente.
—¿Sufriste mucho?
—Sí, y desde ese momento no había sentido nada por nadie, hasta ahora que algo ha cambiado en mí.
—¿Qué cambio en ti?
—Mi forma de sentir cambio.
—¿Cómo es eso posible?
El viento sopla con fuerza, veo un insecto caminar en mi lente derecho y por querer espantarlo, se mete en mí ojos. ¡Mierda!
—¡Ay! Un insecto se me metió al ojo —le digo.
No puedo evitar tallarme el parpado.
—Espera, déjame ayudarte.
Se para enfrente de mí, se encorva un poco, aparta mi mano de mi parpado y sube su mano para examinar. Acerca su rostro a mí y el contacto visual que yo hago con él me hace sentir chispas. ¡Este hombre es muy guapo y sí, si me gusta!
—Ya salió —dice y su aliento huele a alcohol.
¡Me gusta su aroma! ¡Ojalá pudiera embriagarme de él! Pero no está bien lo que estoy pensando. ¿Qué me está pasando? ¡Estoy loqueando!
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