Miguel estaba frente al espejo. Iba a salir temprano al día siguiente por lo que se estaba afeitando. Aprovechando que estaba solo podía tomarse todo el tiempo del mundo en el baño frente al espejo. Pensaba en la chica con que saldría al día siguiente y en los planes que tenía para esa salida: ir a cine, después a comer, quizás a bailar después y esperaba que terminaran en su casa ya que sus papas estaban de viaje, su hermana igual y su tía solo iba al mediodía a llevarle almuerzo y luego en la tarde se asomaba a la ventana y lo saludaba desde allí. Él tenía todo fríamente calculado. Naufragó tanto en su imaginación que no notó que las luces bajaron y se volvieron mucho más tenues. No solamente en el baño, sino en toda la casa. Un bajón de luz había pensado él al poco tiempo después, cuando se percató que las luces estaban bajas. Sin embargo, no se desvió de su objetivo y siguió afeitando la poca vellosidad que tenía en la cara. Cuando hubo terminado se quedó mirando fijamente su imagen, buscando cualquier vellosidad rebelde que no hubiese sido erradicada. Fue entonces cuando recordó algo que había leído alguna vez acerca de mirarse fijamente a un espejo. Había leído que algunas personas habían tenido experiencias que podían catalogar como paranormales en donde al mirar con detenimiento y prolongadamente su imagen en el espejo en la oscuridad habían visto cosas que no pertenecían a este plano astral. No sabía porque había llegado ese pensamiento a su cabeza así que se concentró nuevamente en lo que estaba haciendo: encontrar cualquier imperfección que tuviese por no afeitarse bien. Aunque trataba de concentrarse en su búsqueda, no podía sacar el otro tema de sus pensamientos. Regularmente, miraba hacia detrás de él por el espejo para evitar ser sorprendido. Después de unos minutos serenó su mente y pensó que no era de alguien racional tener tales pensamientos sobre cuestiones paranormales por un simple reflejo en el espejo. Justo en ese momento retumbó un fuerte sonido y el fluido eléctrico desapareció en su totalidad quedando sumido en una total oscuridad. Miguel buscó a ciegas su celular encima del tazón del inodoro y una vez lo hubo encontrado encendió la linterna. No era muy tarde y la luna brillaba, pero por su ausencia y la noche distaba mucho de ser una noche estrellada. Miguel salió a la sala, miró por la ventana y vio que el problema no era solo en el edificio sino en toda la cuadra. Esperó unos minutos por si volvía la luz. Después de una larga espera, tuvo que resignarse: tomó su celular, entró al baño y se dispuso a terminar lo que había empezado y tenia a medio hacer. Una vez hubo estado frente a su reflejo en el espejo vinieron nuevamente sus pensamientos sobre lo que había leído al frente. Y si en realidad el espejo podía ayudar a canalizar energías que usualmente no podrían verse a simple vista fue lo primero que pensó. Por unos cuantos segundos que Miguel consideró eternos no pudo apartar la vista de su propio reflejo, con esa tenue luz emitida por la linterna de su celular, en aquel cuarto pequeño que era el baño de su casa y en medio de una inmensa y solitaria oscuridad. Sus vellos se erizaron al pensar que podría activarse algún fenómeno paranormal que lo llevara a ver espectros o alguna aparición justo a su espalda o al lado de él. Esperaba no tener que darse cuenta de que el “Juancho” del que hablaba Pablo era un ser real y no un ente imaginario como había creído hasta ese momento, producto de la mente de un niño pequeño y que de alguna forma había resonado en ese propio niño ahora adolescente. Pensaba en no tener que “ver” a ese lo que fuera salir por el espejo e ir en dirección a él. Sin embargo, no pudo apartar la vista de su propio reflejo. Estaba totalmente embelesado con su propio reflejo, como si de un narcisista se tratara. Fue entonces cuando su percepción de disoció de la realidad. Fue cuando empezó a notar cosas que no había notado antes al mirarse al espejo. Pudo ver como su reflejo lo miraba fijamente a él tratando de encontrar cualquier rasgo. Lo miraba de arriba a abajo, como tratando de buscar en el verdadero Miguel alguna imperfección que quizás en su “otro yo” no había. Pudo ver como después de un momento su reflejo en el espejo tenía expresiones diferentes a las que él hacía en el momento: cuando por ejemplo Miguel sonreía la imagen en el espejo fruncía el ceño o cuando Miguel ponía cara de seriedad a su reflejo se le veía un poco más relajado. Miguel estaba totalmente desconcertado, pero no podía apartar la vista de tan extraño suceso. Eso hasta que vio a su propio reflejo hacerle una seña de que mirara por encima de su hombro. Al Miguel hacerlo, pudo ver una ligera sombra que se extendía por detrás de él, como si alguien pasara un brazo sobre sus hombros, tratando de abrazarlo…
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