El juguete en el espejo

Debían ser casi las once de la noche y en la calle se escuchaba la misma bulla de casi todos los fines de semana. A Miguel esa bulla no le inquietaba, ya que estaba en la comodidad de su cama, sentado y leyendo un libro que hacía tiempo quería leer y no había podido porque no conocía su nombre exacto ni tampoco quién era su autor.

Fue por pura casualidad que, hablando con un conocido, dio con información del libro. Jorge, un amigo de la infancia de Miguel y allegado a la familia de este, les contó en una visita que sus primas preferían jugar con juguetes de cocinas y demás, antes que jugar con muñecas.

Jorge aseguraba que sus tíos y tías eran muy supersticiosos (tal como lo fueron sus abuelos) y que, en cada generación, asustaban a las niñas de la casa diciendo que las muñecas podían tomar vida si se jugaba demasiado tiempo con ellas y más cuando se jugaban con ellas a altas horas de la noche.

Miguel lo escuchaba atentamente y a su mente volvió esa noticia que alguna vez había escuchado donde había un sitio (supuestamente embrujado) en qué estaban colgadas muchas muñecas. Cuando habló de dicha noticia, Jorge le dio un nombre con el cual podría hallar ese libro que tanto buscaba y no sabía cómo encontrar: La isla de las muñecas.

Una vez ido Jorge y haciendo una rápida búsqueda en Internet logró encontrar la información que necesitaba y que no era sino el nombre del libro que le había sido esquivo, un ejemplar poco común y que tuvo que solicitar online porque no lo encontró en ninguna de la librerías en que buscó: La Isla de las Muñecas; una Historia Concisa de la Isla y Leyenda, de Edmund Breckin.

Entrada la noche y con el libro ya en sus manos comenzó a devorarlo rápidamente, leyendo hoja tras hoja sin apenas descansar. Estaba fascinado de no solo leer toda la mitología detrás de ese sitio sino que había información recogida de diversas fuentes por el autor y que lo hacía muy interesante ya que había una investigación objetiva que apoyaba todo ese aura de mitología del sitio.

A pesar que tenía varias noches de no dormir bien por una gripe que le aquejaba, estaba decidido a terminar de leer el libro y saciar al pleno su curiosidad. Sin embargo, a medida que caía la noche y que sumaba palabras a su lectura, sus párpados empezaron a cerrarse poco a poco, hasta el momento en que se quedó dormido, sentando en su cama, libro en mano y con las luces encendidas.

Pasados unos minutos, una corriente fría de brisa lo obligó a levantarse: al haberlo vencido el sueño había dejado abiertas las ventanas de par en par y la brisa fría de la noche entraba junto con la luz de la luna. Miguel se levantó, cerró cuidadosamente la ventana, no sin dar un leve vistazo fuera y se dispuso a seguir con su lectura (dado que ya se había levantado).

Apenas se hubo acomodado en la cama cuando miró el espejo frente a él y vio una imagen que lo llenó de terror y lo dejó congelado del miedo sin poder mover un solo músculo. Allí, en su cama, justo a su lado, yacía una muñeca, sentada a su lado. En su mente no se explicaba como una muñeca había ido a parar allí y más cuando en la casa no había ninguna niña pequeña que pudiese ser dueña de tal juguete.

Miguel cerró los ojos, entonó un Padre Nuestro (la única oración que vino a su mente) y se quedó inmóvil, sin emitir siquiera sonido alguno y sin siquiera respirar. Pasados unos segundos (él los consideró eternos), se atrevió a abrir sus ojos y, palpando a su lado, notó que no había nada y que quizás todo había sido producto de su imaginación.

Miró nuevamente por el espejo y al no ver nada extraño se tranquilizó, no sin antes cerrar el libro y guardarlo en una mesa de noche que estaba al lado de su cama…

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