“…Después que me leyeron el café, me hicieron salir a la sala donde estábamos en un principio, porque La Mama iba a hablar con mi mamá y mis tías a solas. Cuando salí, noté que la señora que nos habíamos encontrado al llegar ya no estaba allí. Miré alrededor y no encontré nada para hacer: ni una revista, periódico o siquiera un pedazo de papel que leer, la ventana que daba hacia la calle estaba cerrada completamente (al igual que la puerta que también daba hacia la calle). Lo único que encontré fue el cuadro que la señora había estado viendo con tanta fijación. Me acerqué a la pared donde estaba el cuadro y me lo quedé viendo detenidamente. Tenía unos trazos elegantes, como si fuese de algún pintor famoso (o al menos lo suficientemente bueno). La escena era de un barco atrapado en mitad de una tormenta. Tenía gran cantidad de detalles cuando lo vi de cerca. Dentro de la cabina del barco se podían ver la cabeza de lo que parecían personas. En la proa del barco había dos personas tiradas, tratando de agarrarse a algunos amarres que estaban desparramados en la cubierta. Esta cubierta parecía hecha de madera y se veían pequeñas hendiduras entre lo que parecían ser tablas. Quien hubiese dibujado el cuadro debió haberse tomado mucho tiempo y esmero para poder cuidar tantos detalles. Vi también que, en el agua, justo debajo del barco, se observaba una sombra grande, como si un animal estuviese debajo y fuese a emerger en cualquier momento. Las olas se veían caóticas, golpeando una contra otra, violentamente. La escena completa era un caos y se veía tan realista que casi se podía ver el barco moviéndose al vaivén de las olas. Estaba tan concentrado que no noté como el tiempo pasaba. Cuando me di cuenta, otra vez estaba la señora sentada en el mecedor, allí en el mismo rincón en que la había visto cuando entré. Cuando la miré ella cruzó su mirada con la mía y me di cuenta de que ella no podía ver porque era ciega. Aún con la leve claridad que había, vi sus ojos y se veían totalmente grises. Nunca había visto una persona ciega con los ojos abiertos así que siempre creí que se verían blancos, como aparecían en las películas. Me dio pena así que, aunque ella no me veía, le di las buenas noches para que notara que estaba allí. En ese momento, escuché que preguntó con voz grave quién más estaba con nosotros a lo que le respondí que no había nadie más, que solo estábamos ella y yo. Ella volvió a preguntar sin importarle lo que había dicho, y aunque creí que hablaba conmigo en realidad estaba haciendo la pregunta al aire. Yo volví a decirle que solo estábamos los dos y fue cuando me dijo que no me estaba preguntando a mí, que a mí ya me había notado. En ese momento, vi que se levantaba la cortina de la habitación donde estaban mi mama y mis tías. Una de mis tías asomó la cabeza y me pidió que me acercara para decime algo al oído. Cuando me acerqué, tanto mi tía como yo vimos con total claridad que una cortina que había en una puerta justo al lado de donde estábamos, se levantó como si alguien hubiese entrado. Ambos nos quedamos mirando hacia la cortina (la verdad, yo creí que era la brisa que la había levantado). Mi tía al parecer como que pensó lo mismo. Hasta alcanzó a bromear diciendo que se había asustado. Ambos íbamos a soltar una risotada, pero no pudimos hacerlo. No lo hicimos porque vimos esa misma cortina, ser levantada por una fuerza invisible, sosteniéndola a una altura considerable, como si esperaba que alguien, o algo, pasara por debajo. Esa habitación estaba sumida en una total oscuridad y mientras, aquella señora ciega sentada en aquel rincón, miraba fijamente hacia esa misma puerta, preguntando al aire nuevamente, que quién más estaba allí con nosotros…”
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