Miguel miraba atentamente la pantalla que estaba frente a él mientras peleaba contra el sueño. Eran las 10:30 pm de un domingo como cualquier otro. A esa hora ya debería estar durmiendo en su cama, pero no era así; en cambio, estaba sentado mirando fijamente un monitor mientras celaba en el edificio donde vivía. Como cualquier otro domingo, había muy poco movimiento ya que la mayoría de los vecinos estaban en sus apartamentos desde temprano y eran pocos los que estaban por fuera. Revisó el monitor del parqueadero y notó que sólo hacía falta uno de los carros. Faltaba el carro de un vecino del mismo piso de él y que acostumbraba a llegar siempre tarde. Lo primero que pasó por su mente fue la idea de que no lograría descansar temprano por quedarse esperando el carro faltante. Se recostó sobre la silla donde estaba sentado y tomó un vaso de jugo que le habían bajado de su casa. A los pocos minutos, sintió la bocina de un carro frente al portón metálico del edificio. Abrió la puerta y el carro se deslizó por el parqueadero hasta encontrar su puesto. Minutos después su vecino lo saludaba mientras subía las escaleras. Escuchó cuando el señor Mateo, su vecino, le dio las buenas noches. Justo después de eso, después de unos minutos del más absoluto silencio, Miguel escuchó los tanques de la basura moviéndose de un lado a otro, cómo si alguien los estuviera arrastrando por el piso del parqueadero. Miró las cámaras, pero no vio ningún movimiento por lo que lo dejó pasar, creyendo que el cansancio y su imaginación le estaban jugando una mala pasada. Minutos después, cuando ya sus ojos comenzaban a cerrarse producto del sueño, volvió a escuchar el mismo sonido, aunque esta vez lo escuchó con mayor claridad. Miró las cámaras nuevamente y todo estaba en normalidad, tal como había sucedido tan solo un rato atrás. Esta vez, sin embargo, decidió bajar al parqueadero y dar una ojeada por sí mismo. Bajó por los escaleras al parqueadero y rodeó la base de estas, para ir a la zona de limpieza dónde estaban los tanques. Para su sorpresa, ambos tanques estaban allí, sin ninguna señal de haber sido movidos de sus puestos. Esto lo extrañó aún más, tanto al punto que no notó la sombra cercana a él. Tampoco notó aquella sombra pequeña que se movió en uno de los rincones, agazapada como estuviese escondiéndose para no ser vista. Lo que sí notó fue el descenso de la temperatura. Era una noche algo calurosa pero cuando hubo llegado al parqueadero, corría por este una ligera ráfaga de viento. Lo raro es que era un viento algo frío, sumamente inusual para la época del año en qué estaban. Algo inquieto, decidió volver a la zona de vigilancia, no sin antes dar un vistazo rápido a su alrededor. Una vez volvió, miró las cámaras nuevamente y pudo ver qué había un balón en mitad del parqueadero. Lo extraño es que, cuando él estuvo allí, no vió ningún balón. Bajó nuevamente, pero no encontró rastro de dicho balón, ni nada parecido. Había caminado tan solo unos pasos de vuelta cuando escuchó un golpe seco, aunque no muy fuerte, en una de las paredes. Dirigió su vista hacia donde creía haber escuchado dicho golpe. Lo que vió a continuación le sorprendió: en una de las paredes, se encontró con el reflejo de un niño pequeño, rebotando un balón contra el suelo. Extrañado, avanzó hacia dónde se generaba la sombra y, aunque seguía viendo el reflejo sobre la pared, no vio a ningún niño al llegar a la zona donde se escuchaba el sonido. Un corrientazo atravesó su cuerpo de pies a cabeza y mientras se llevaba la mano al pantalón, buscando un arma que no tenía, vio como un balón de color azul claro atravesaba el parqueadero desde la zona contraria a donde estaba y directamente hacia él acompañado de una frase casi inaudible que decía: "Oye, tú si quieres jugar conmigo?"...
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