CUANDO SE SABE LA VERDAD

No faltaba mucho para poder llegar al pueblo. Ernesto venía conduciendo, sonaba una canción y la preocupación por poder verla, eso me consumía.

—¡Tranquila! Todo va a estar bien —mi hermano apartó la vista durante algunos segundos del frente para poder reconfortarme.

—Eso espero. No me gustaría perderla.

La ventanilla de mi lado estaba abajo y el viento causaba que algunos mechones de mi cabello revolotearan.

—¿Cómo están nuestros padres? —Porque en realidad no había preguntado por ellos.

—Están bien. Papá ha estado bebiendo más de lo normal y mamá está en casa, como siempre.

¡Canijo padre mío!

Vi la entrada del pueblo. Había un letrero muy oxidado que daba la bienvenida a San Francisco. En ese instante, muchos recuerdos y sentimientos comenzaron a invadirme. ¡Me daba gusto estar de vuelta! Pero también, me daba miedo saber que está vida no es la que yo quería para mí y sin embargo esto era mi hogar.

Estar cuidando de Nicolas me había cambiado un poco.

—¡Hemos llegado! —Ernesto estacionó el auto justo al lado de la casa de mi abuelita.

Sin dudarlo y aún a pesar de tener miedo, bajé del vehículo a toda velocidad y corrí adentro de la casa. Cruce la puerta principal con mucha rapidez y preocupación.

—¡Janet! ¿Eres tú? —Sofia estaba sorprendida de verme allí—. ¡Te ves diferente!

—Hola Sofi. ¿Dónde está la abuelita? ¡Necesito verla! —Tenía prisa por poder abrazarla.

—Estaba en su habitación, pero, creo que ha salido a caminar con los niños.

—¿A dónde?

—No lo sé. La verdad es que acabo de llegar. Salí a comprar unas cosas.

Gil entró y se detuvo detrás de mí.

—Sofi, ¿Dónde está la abuelita? —Preguntó mi hermano.

—Creo que salió a caminar.

Pero no importó lo que ella nos había dicho y decidí buscarla en su habitación. Había un ramo de flores secas sostenidas por un viejo florero de cerámica. Olía a jazmín recién cortada, una ramita estaba al lado de sus medicinas y ella no estaba aquí. ¿A dónde estaba ella? ¿Por qué me había mandado a traer? ¡Tanta inquietud!

Salí de la habitación y me dirigí a la cocina. No estaba allí.

Salí al patio, quise examinar si entre las milpas estaba ella, pero tampoco encontré nada. Entonces, vi que una columna de humo salía de la cocina rústica. ¡Seguro que allí estaría ella!

Corrí a toda velocidad, debía comprobar con mis propios ojos que ya se encontraba fuera de peligro.

—¡Abuelita! —Exclamé cuando logré percibirla.

Sus ojos se enfocaron en mí.

Con sus manos sostenía una tortilla cruda y por la emoción de verme, se le rompió.

—¡Hija! ¡Ya estás aquí! ¡Me da mucho gusto verte!

Me acerqué a su lado y la abracé con mucha necesidad.

—¡La extrañé tanto! Quería venir a despedirme ese día, pero mi papá no me dejó.

—Yo lo sé. ¡Tu papá es bien canijo!

Asentí.

—¿Tienes hambre? Agarra una tortilla y ponle salsa.

Me causo felicidad, sonreí ampliamente.

—¿Tiene manteca?

—Y queso también.

Ya podía sentirme mucho mejor. ¡Esto también lo extrañaba! Agarrar una tortilla inflada del comal, embarrarle manteca, ponerle queso, un poco de salsa y hacerla en taco. ¡Delicioso!

—Gil me dijo que usted se puso muy grave.

Una sonrisa le iluminó el rostro. Echo una tortilla recién aplastada y volteo dos en el comal. Ya le faltaba poquita masa para poder terminar.

Los niños —que son bisnietos de mi querida Mari— estaban jugando con tierra y hierbas a que hacían su comidita

—Estuve grave.

—¿Qué le pasó? Mi hermano no me quiso decir. Lo único que me dijo es que usted se había puesto mal, pero que ahora ya estaba de vuelta en casa.

—Yo le pedí que no te dijera nada, no quería alarmarte mucho.

—Pero eso no funciono. Me sentí super preocupada por usted.

Noté que sonreía. Al menos se veía bien, como si nada le hubiese pasado.

—Perdóname si te cause un susto. Pero gracias a Dios, ahora ya estoy mejor.

—¡Me da gusto saber que está bien!

Machuco una bola de masa en su tortilladora. Levantó la plancha y desenvolvió una tortilla cruda. La acomodo en el comal.

—Pues es que, ¿tú crees que me atropellaron? —Lo preguntó con mucha tranquilidad.

—¡¿La atropellaron?! —No esperaba escuchar algo así.

—Sí. Me atropello el hijo de don Chuy.

—¿Cuándo?

—El sábado pasado.

—¡Ay abuelita! Y hasta apenas me vengo enterando.

—Te digo que, gracias a Dios, solo estuve en cama hasta el día de ayer. ¡Afortunadamente no me lastime ni un hueso!

—Pero eso también la puso en peligro de haber muerto.

—¡Exactamente! Y eso es lo grave de todo esto que me sucedió. Los doctores me dijeron que de milagro no me paso nada, porque dicen las vecinas que me vieron, que di como tres vueltas por el impacto y me fui a estampar con un macetero de cemento.

—Estuvo feo entonces, pero usted ya se ve bien despreocupada.

Asintió. Echo otra tortilla en el comal.

—Pues es que ya estoy mejor. Si me dio miedo quedar paralitica.

—O imagínese, se hubiese muerto. ¡Ay no!

—Por eso mande a traerte. Tan pronto me puse de pie, le pedí a tu hermano que fuera a buscarte a la ciudad. Averigüe donde estabas trabajando.

—¿Cómo supo?

—Ya ves que en el pueblo todo se sabe. Un alfil que es compañero de tu papá me dijo.

—Ah, bueno.

—¿Y qué tal te va en la ciudad? Te ves muy guapa y luces diferente con esa ropa nueva de señorita citadina.

Sus halagos me hicieron sonreír.

—Estoy bien. Estoy cuidando a un muchacho que está recuperándose de una operación de los ojos.

—¿Un muchacho?

—Resulta que es hijo de los patrones de mi jefe.

Echo otra tortilla y saco tres del comal.

—¿Hijo de los jefes? Ese muchacho seguro es Nicolás.

—¿Lo conoce?

—Lo conozco. Es muy educado, siempre que viene y nos vemos en la calle, me saluda de forma cortes.

No sabía que ella lo ubicaba.

—Pues estoy en la casa con él.

—¿Es bueno contigo?

Sonreí, me chivié al recordarlo.

—Al principio era un poco engreído, pero después lo conocí mejor y nos volvimos buenos amigos, supongo.

—¿Buenos amigos?

—Sí. Aunque, últimamente me ha confesado que me quiere y yo... —me quede callada, pensado en él.

—¿Y tú? —Ella me miro de forma curiosa —. ¿Tú también le quieres?

Sonreí con rubor. Era la primera vez que yo hablaba de enamoramiento con mi abuelita.

—Sí. También le quiero.

—¿Te pidió que fueras su novia?

—Si, ya me lo pidió.

—¿Y lo aceptaste?

Echo otra tortilla sobre el comal.

—No. Aun no le doy una respuesta. Me he estado haciendo la difícil.

Note que sonreía.

—Pues ese muchacho parece ser buen prospecto. Aunque su familia es narco, él tiene ideas diferentes. Todas las flores anónimas que te he dado son porque él me ha encargado entregártelas.

—Lo sé. Ya me lo contó.

¿A qué se refería con ideas diferentes? Me dejo pensando esto último que ella me dijo.

Termino de aplastar las últimas bolas de masa que le quedaban, yo le ayude a voltear.

—Niños lleven el canasto a la cocina y no vuelvan. Vayan a comer —les ordeno ella.

Los chiquitos le obedecieron y así nos quedamos a solas.

—¡Ya crecieron esos niños! —Pronuncie maravillada por lo rápido que pasa el tiempo.

Note que sonreía.

—El tiempo no pasa en vano.

—Me acuerdo cuando yo era una chiquilla como ellos.

Me entro un poco de nostalgia.

—¿Te gusto la infancia que tuviste?

Su pregunta era muy profunda. Se trataba de pensar a fondo en mis recuerdos del pasado. ¿Cuál era mi respuesta?

—Sí. Creo que tuve una buena infancia. Usted me enseñó muchas cosas y me cuidaba mucho más que mis padres.

Asintió. Percibí que sus ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Alguna vez te he fallado, hija?

El momento se estaba sensibilizando, era evidente que este momento era necesario para ambas.

—No. Usted nunca me ha fallado. Al contrario, siempre ha sido mi sostén en todos estos años. Quizá yo si le he fallado en algunas ocasiones —fui sincera.

—¡Ay, hija! Solo Dios sabe porque permite que pasen las cosas.

Intento sonreír, pero sus mejillas se le inundaron completamente con las lágrimas. ¡Yo también me sentía frágil!

—Y me da mucho gusto que no le haya pasado nada grave. Tenerla con vida es un regalo y me da tranquilidad verla repuesta.

Sonreí para asegurarle mis palabras.

—La verdad es que me preocupé mucho cuando me vi en el suelo. Todos me ayudaron, y aunque me decían que no me preocupara, siempre pensé en ti. ¡Quería verte! Necesitaba verte hija.

Le di un abrazo. Me nació dárselo. ¡No era su culpa lo que le pasó!

—Y aquí estoy abuelita. ¡Ya estoy contigo! No te angusties por mí, estamos juntas de nuevo.

Su llanto me llegó al corazón y yo también me puse a llorar. ¡Nuestros corazones estaban muy sensibles!

—Janet, tú sabes que te quiero mucho y que eres mi única nieta mujer.

—Yo sé abuelita.

Calmó su respiración y se obligó a aparentar tranquilidad.

—Pero hija, hay algo importante que debo decirte y sé que mereces saberlo —hizo una pausa, en sus ojos se irradiaba todo el amor que ella sentía por mí—. No es tu culpa el haber tenido que soportar toda la crueldad a la que te sometieron.

—¿La crueldad? Pero abuelita, yo…

—Hija —interrumpió—. Yo no soy tu abuela de sangre. Tú no llevas la sangre de mi hijo y tampoco tienes parentesco con la mujer a la que sueles llamar madre. ¡Tú no eres de aquí!

Sus palabras me dejaron sin aliento. No esperaba escuchar algo cómo eso.

—Abuelita, yo… ¡no sé qué decir! —Empecé a procesar sus palabras—. ¿Es cierto lo que me está me diciendo?

—Es cierto. Y me dio mucho miedo morirme sin poder decirte la verdad. ¡Por eso te mande a llamar! Porque sé que mereces saber la verdad.

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