Ya han pasado cinco días desde que Ernesto llegó a la casa. Justo ahora estoy terminando de guisar mientras Nicolás escucha un audiolibro en la soledad de su habitación. ¿Qué mafioso escucha audiolibros? Supongo que uno muy estudioso.
Porque siendo muy sincera, Nicolás era muchas cosas al mismo tiempo y eso me impresionaba mucho. Era rico. Narcotraficante. Joven. Invidente. Ingeniero. Siempre estaba acompañado. Comía comida que se le antojaba. Estudiaba mucho. Meditaba en su vida. Daba órdenes. Nadie le pedía cuentas. Y bueno, muchas otras cosas también las hacía él. ¡Era increíble!
—¡Huele muy bien! ¿Qué estás cocinando? —Ernesto toma asiento frente a la barra.
—Pipián verde y arroz blanco.
—¡Huele muy rico! Nunca he probado el pipián.
—¿De dónde dices que eres?
—De Coahuila. Exactamente de Saltillo.
—Eso está súper lejos. Bueno, ahora entiendo porque ese acento norteño que tienes y los ojos que te cargas. ¡Están padres!
Sonrió ampliamente.
—¿Te gustan mis ojos?
—Sí. Tienes ojos bonitos.
Termine de menear el guisado con una palita de madera. Apague la hornilla.
—Tú también eres muy bonita. ¿Qué edad tienes?
—Dieciocho. ¿Y tú?
—Veintitrés.
—¿Ya llevas tiempo trabajando en esto?
—Cuatro años.
—¿Y siempre quisiste trabajar para un narco? —No me dio miedo preguntarle.
—Sí. La verdad sí. ¿Y tú?
—Yo no. Estoy aquí porque mi padre me obligó a aceptar el trabajo. Lo bueno que solo es por unas cuantas semanas.
Su mirada estaba enfocada en mí.
—¿Estas de paso en esta casa?
—Así es. Estoy aquí para ayudar a Nicolás hasta que logre recuperarse. Por cierto, tiene consulta médica dentro de cuatro días. Iker me dijo que tú nos llevarías.
Asintió.
—Sí.
—¡Genial! Bueno, es hora de comer. ¿Podrías ayudarme a servir los platos en lo que subo por Nicolás?
—¿Cómo los sirvo?
—Como tú creas que sea mejor. En casa servimos el arroz y el pipián juntos.
Asintió.
Subí las escaleras. Cuando me detuve afuera de la habitación de Nicolás, me recargué contra la puerta, la música sonaba a un volumen moderado. ¿Había terminado el audiolibro? ¿Se cansó de escuchar muchas palabras? ¿Meditaba entre la oscuridad de sus ojos? Toqué una vez y abrí con mucha confianza.
De pie frente a la ventana, el viento le golpeaba en la cara.
Avance lentamente hacia él, mis pasos eran suaves para no distraerlo demasiado. Me detuve a su lado, sus ojos estaban cerrados y la melodía de piano era muy agradable para un momento como este. ¿Gibran Alcocer e Idea 10? Puse mis manos sobre el marco de la ventana, el viento refrescaba bien y el silencio no era incómodo.
De pronto, su mano izquierda encontró mi mano derecha y empezó a acariciarla.
—¿Te molesta si te toco? —Quiso averiguar—. Escuche cuando abriste la puerta y caminaste para acá.
—No hay problema. Puedes tocarme. Yo también te he estado tocando muy seguido.
Dirigí la vista a sus ojos y el contacto visual era genuino. ¡En ese momento no importaba su discapacidad visual! Sentí que a través de sus ojos podía verme, sus pupilas se enfocaron en mí y yo quise que el fuera capaz de distinguir mi rostro.
—Últimamente esté se ha convertido en mi lugar favorito —el tono de su voz irradiaba serenidad—. Me gusta la caricia del viento y la tranquilidad de respirar sin observar. Creo que ahora tengo muchas cosas en la mente y estoy aprendiendo a valorar lo que antes no respetaba.
Sus palabras me pusieron a pensar. ¿Valorar cosas que antes no respetaba?
—Desde este punto se puede ver un enorme árbol, sus ramas se mecen por el viento —pronuncie.
—¡Lo sé! Ese árbol siempre ha estado allí. Pero antes no solía meditar en su existencia.
¿Este era su momento filosófico? Me impacto un poco.
—¿Qué es lo que más extrañas de poder ver? —Quise averiguar.
Medito en su respuesta.
—Te diría que extraño mi independencia, pero llegaste tú.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso de tu independencia? —Pregunté sin miedo.
Me pareció escuchar que suspiraba y sus palabras me causaron cierta incertidumbre.
—¿Tienes idea de quién soy en realidad?
Su pregunta me saco de onda.
—Yo sé algunas cosas de ti. Tu nombre es Nicolás, tienes veintiocho años. Eres ingeniero. Te gusta fumar mucho. Y también sé que eres hijo de los jefes mi padre.
—¿Y qué más?
¿Qué más debía saber? Tragué saliva.
—No sé qué más.
Su sonrisa. Una curva perfecta en sus labios, brillando para mí. ¿Qué significado tenía esa sonrisa?
—Tú me estás ayudando a ser feliz.
—¡¿Qué?! No te estoy entendiendo.
—Fue una buena idea haberte mandado a traer. ¡Me gustas!
¿Gustarle? ¿Haberme mandado a traer? ¡Nicolás estaba súper chiflado!
—¿Te gusta cómo te cuido?
—Eres muy buena conmigo. ¡Me gusta! Hace tiempo que no experimentaba el cariño de alguien.
¿Experimentar cariño? ¿Cuándo fue la última vez que sintió lo mismo que dice sentir conmigo?
—¿Te refieres a cuando dejaste de ver a tu mamá? ¿O tuviste una novia? No te estoy entendiendo mucho.
Asintió.
—Te estoy hablando de este cariño tan inocente que me das. Cuidarme sin siquiera haberme conocido antes, eso no cualquiera lo hace. ¡Y tú me cuidas más de lo que yo esperaba!
¿Qué clase de cuidado esperaba de mí? Con esta conversación, comencé a darme cuenta de que algo estaba escondido en todo este trabajo al que mi padre me había obligado a venir.
—Bueno, es que si me preocupas.
Su sonrisa volvió a resplandecer.
—Mamá murió cuando yo era niño y después, mi papá también.
Y entonces, ¿sus padres que yo conozco no son sus verdaderos padres? ¿Lo adoptaron? ¡Seguro que Nicolás me tenía confianza! Estaba hablando conmigo de cosas y sentimientos importantes. ¡Qué bello!
Me dio pena preguntar sobre “sus padres” que yo conozco
—¡Que mal! ¡Lo siento mucho!
—Ya ha pasado el tiempo. Lo he superado.
—Me da gusto saberlo.
—Pero no puedo negar que muchas veces extrañé eso, la sensación de tenerlos a mi lado y de poder abrazarlos. ¡Su afecto me hace falta!
Yo no había perdido a ningún ser querido en la muerte, pero, imagino que debe ser una etapa con sentimientos y sensaciones inexplicables. ¡Doler por la ausencia de alguien!
—Creo que eso es normal. Extrañar a las personas que amas te ayuda a esforzarte por tratar al mundo como si ellos sí siguieran a tu lado.
Su mano seguía unida a la mía y ya no era incomodo estar así. ¡Él era un hombre que tenía momentos frágiles! Un narco sensible y engreído también.
—¿Me puedes abrazar? Me gustaría sentir más de cerca tu cariño.
¿Mi cariño? ¿Cómo era? ¿Si quiera yo era cariñosa para con él?
Sin dejar que el tiempo avanzara demasiado, me acerqué más a su cuerpo y usé mis brazos para rodearle la espalda. ¿Esto estaba bien? Hundí mi rostro en su pecho, justamente donde su corazón se resguarda y me sentí súper bien. ¡Nunca me habían pedido un abrazo! Ni siquiera mis padres. Y estar así, resguardando sus latidos, me hizo pensar en la fragilidad que todos poseemos. ¡Fuimos creados con la necesidad de dar y recibir afecto!
—¡Gracias por cuidar de mí!
Después de ser un chico engreído y solitario, me di cuenta de que él también tenía necesidad de expresar sus ideales. ¡Así como yo! Ambos cargábamos con sentimientos normales de dolor.
—Yo, espero que mi trato esté siendo lo mejor para tu recuperación.
—¡Lo es!
Sonreí entre la tela de su playera y sus latidos.
—¿Tienes hambre? La comida está lista.
—Sí. ¿Qué preparaste?
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