Elio siguió a Serafín mientras exploraban senderos sinuosos y atravesaban claros llenos de flores de colores vibrantes. Cada paso que daban parecía llevarlos a un lugar más asombroso que el anterior. Los árboles susurraban secretos mientras sus hojas se mecían suavemente en la brisa mágica del Bosque Místico. Elio se sentía como si hubiera entrado en un mundo de cuentos de hadas, donde cada rincón estaba lleno de posibilidades y maravillas.
"¡Mira, allí!" exclamó Serafín, señalando hacia un claro en el que se podían ver conejos saltando en una coreografía perfectamente sincronizada. "Son los Conejitos Saltarines. Les encanta hacer acrobacias y jugar al escondite. ¡Son tan traviesos como tú!"
Elio rió ante la comparación. "Parece que hemos encontrado a mis compañeros de travesuras perfectos."
Los Conejitos Saltarines lo miraron con ojos brillantes y narices temblorosas. Elio se agachó y comenzó a reír a carcajadas mientras los conejos lo rodeaban, saltando y jugando. Sus risas llenaron el aire y resonaron entre los árboles, como una melodía alegre que rompía el silencio mágico del bosque.
De repente, una voz melodiosa se unió al coro de risas. Una figura vestida con una túnica brillante emergió de entre los árboles. Era Luna, la barda apasionada por contar historias. Su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros mientras sostenía un laúd en sus manos.
"¡Oh, la alegría contagiosa de las risas!" exclamó Luna, tocando algunas notas en su laúd. "Me uno a esta melodía feliz."
Elio se puso de pie y saludó alegremente. "¡Luna, qué sorpresa verte aquí! Parece que el Bosque Místico está reuniendo a todos los amantes de la diversión."
Luna sonrió. "El bosque tiene una forma de llamar a aquellos que anhelan algo más allá de la rutina. ¿Te unes a mí en una canción para celebrar esta reunión inusual?"
Elio asintió emocionado y, junto con Luna y Serafín, comenzó a cantar una canción improvisada sobre la alegría y la aventura. Sus voces se entrelazaron en armonía mientras los árboles parecían moverse al ritmo de la música. Incluso los Conejitos Saltarines se unieron a la danza, saltando al compás de la canción.
Después de la música, Luna compartió historias de héroes y heroínas valientes que habían desafiado las expectativas y vivido aventuras épicas. Elio y Serafín escuchaban fascinados mientras Luna tejía sus cuentos con palabras cuidadosamente elegidas. El sol comenzaba a ponerse, bañando el bosque en tonos dorados y rosados mientras la luna emergía en el cielo.
"Ahora, caballeros y damas, es hora de partir", anunció Luna con un toque dramático. "El Bosque Místico guarda sus secretos más profundos en la noche, y es mejor no provocar a las sombras que despiertan."
Elio asintió, aunque una parte de él anhelaba quedarse y explorar más. Pero Luna tenía razón, y había aprendido a confiar en los instintos de los habitantes del bosque. Despidiéndose de los Conejitos Saltarines, Elio y Serafín siguieron a Luna de regreso a la aldea, sus corazones llenos de asombro y gratitud por el día extraordinario que habían experimentado.
Cuando llegaron a Villaselva, las luces de las casas parpadeaban con una bienvenida cálida. Los aldeanos estaban ocupados cenando y compartiendo historias del día. Elio se dio cuenta de que había estado tan absorto en su aventura que había perdido la noción del tiempo.
Luna miró a Elio con una sonrisa. "La magia del Bosque Místico a menudo hace que el tiempo parezca desvanecerse. Pero recuerda, aventurero, que con cada experiencia inusual también debemos recordar las responsabilidades que nos esperan."
Elio asintió, agradecido por las palabras sabias de Luna. Se dio cuenta de que, aunque la aventura y la emoción eran emocionantes, también había valor en las amistades y deberes que tenía en su aldea. Se despidió de Luna y Serafín, prometiendo regresar al Bosque Místico en algún momento.
Mientras caminaba de regreso a su panadería, Elio sabía que había vivido un día que nunca olvidaría. El Bosque Místico le había mostrado un mundo de maravillas y posibilidades, pero también le había recordado el valor de la amistad y la responsabilidad. Con una sonrisa en el rostro, se preparó para enfrentar los desafíos y las risas que le esperaban en el futuro, sabiendo que cada día podía ser una nueva aventura en sí mismo.
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