Cuando el Alfa más tenido incluso por el rey se encuentra con su mate ya siendo una beba de tan solo 2 meses de edad.
Cuando antes tenía a todas mujeres de rodillas. Sus fantasías mas sexuales se vencen porque con tan solo mirarla es la descripción correcta del poder y el latido que siente de su pequeño cuerpo.
El los escucha todos los días cuando duerme con su pareja.
Su cachorra, su posesión.
Llegamos a la casa.
cachorra:
Mi espalda choca fuertemente con la pared casi quitando todo mi oxígeno.
-¡que te pasa! -grito quejante.
Su cercanía es mucho peor de lo que pensaba no ahí ni una pizca de distancia.
-¡¿que me pasa?! ¡Lo que pasa es que casi te revuelcas con varios perros! -gruñe sobre mi boca.
- Tu eres un perro también, no vengas a quejarte conmigo.
-¡Pero conmigo es diferente! -mierda, me está gruñendo y esto no me está gustando nada...
- Yo solo hice lo que tenía que hacer, eres mi padre, no tienes derecho a prohibirme lo que quiero hacer!.
- Lo...¡ Te recuerdo, aún ...
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Carla
Narrado por Carla
Los días sin él, sin el Alfa en la casa, siempre eran grises.
Esa mansión era tan grande que parecía un laberinto; los pasillos nunca acababan, los guardias nunca dejaban de vigilar, y la niñera nunca dejaba de repetirme lo mismo: “Carla, no corras”, “Carla, no te ensucies”, “Carla, no te acerques allá”.
Era como vivir en una jaula de oro.
Yo no quería juguetes nuevos ni vestidos elegantes.
Yo quería un amigo.
Alguien con quien reírme hasta dolerme la panza, alguien que no me mirara como si fuera un secreto o un problema.
Ese día me escondí detrás del invernadero, entre los arbustos húmedos. La niñera estaba buscándome otra vez, y yo me agaché tapándome la boca para no reír. Pero entonces… lo vi.
Un niño.
Parecía más grande que yo, tal vez once años.
Tenía la ropa un poco sucia, como si hubiera estado corriendo o trepando árboles, y el cabello despeinado como si el viento jugara siempre con él.
Me miró como si hubiera descubierto un tesoro escondido.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, cruzándose de brazos.
Yo me encogí de hombros, medio asustada, medio curiosa.
—Soy Carla…
Él sonrió de una forma traviesa.
—Yo soy León.
Silencio. Lo miré, me miró.
Y de pronto gritó a propósito:
—¡Oye, niñera, aquí está!
—¡Shhh! —le tapé la boca rápido. Mi corazón se aceleró, pensé que me había delatado.
Pero él solo empezó a reírse bajito hasta que yo también reí con él.
Ese fue el primer momento en que sentí… libertad.
Nos escondimos juntos hasta que la niñera pasó de largo. Luego salimos corriendo hacia los árboles, riéndonos como dos cómplices.
Jugamos toda la tarde. Trepamos a un muro bajo, inventamos historias de piratas, nos tiramos en la hierba y hasta juntamos piedritas que brillaban como si fueran tesoros mágicos. Yo no recordaba la última vez que había reído así.
Después, mientras descansábamos en el pasto, él me miró muy serio.
—Eres rara.
—¡¿Rara yo?! —me senté indignada.
—Sí, rara. No sabes nada de lo que eres.
Fruncí el ceño.
—Soy humana. ¿Qué más tengo que saber?
Él negó con la cabeza, divertido.
—No. Eres más que eso. Somos licántropos.
Me quedé muda. Lo miré con los ojos grandes, sin saber si reír o correr.
—Estás inventando.
—No. —Su voz bajó, como un secreto—. Yo tengo oído fuerte.
—¿Oído fuerte?
Él asintió, cerrando los ojos.
De repente, giró la cabeza hacia un lado.
—Allá atrás, detrás del muro… dos guardias. Están diciendo tu nombre. Uno acaba de decir que tienes que volver antes de que caiga la noche.
Me quedé helada.
—¿Cómo sabes eso?
Él me repitió palabra por palabra lo que habían dicho. Exacto.
Yo no podía creerlo.
—Estás jugando conmigo.
—No —respondió con seguridad—. Cuando cumplimos dieciocho nos transformamos en lobos. Pero antes… antes aparecen habilidades. Yo ya escucho más fuerte. Tú también tendrás algo.
Un escalofrío recorrió mi piel.
Yo no quería creerle, porque si lo hacía… significaba que todo lo que yo pensaba de mi vida era mentira.
Así que me crucé de brazos y bufé.
—Bah, fantasías tuyas.
Él se encogió de hombros como si no le importara.
Pero en su sonrisa había algo, una certeza que me dejó pensando mientras el cielo se pintaba de morado con la llegada de la noche.
Era tarde. Tenía que volver.
Él lo supo, porque caminó conmigo hasta el límite del jardín.
Nos quedamos ahí, callados. Yo no quería irme, y él no parecía querer dejarme.
Al final, me abrazó.
Su abrazo era tibio, suave, como el de un amigo de verdad.
Sentí que mi corazón se tranquilizaba al latir contra el suyo.
—Nos vemos mañana, Carla.
—Mañana… —susurré con una sonrisa chiquita.
Me escabullí de regreso, con sigilo. Caminé despacito por los pasillos oscuros, evadiendo a los guardias como si fuera invisible. Llegué a mi habitación y me dejé caer en la cama, tapándome con la manta.
Cerré los ojos y pensé en León.
Por fin tenía un amigo.
Por fin no estaba sola.
Me dormí feliz.
Pero esa felicidad duró poco.
En medio de la madrugada, un portazo retumbó en la casa.
Me desperté sobresaltada, el corazón latiendo rápido.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe.
Y ahí estaba él.
El Alfa.
Su presencia llenaba todo el espacio. Sus ojos ardían como fuego, su respiración era un gruñido contenido. Avanzó un paso, y el suelo parecía temblar con él.
—¡Carla! —rugió con voz grave, retumbante.
—¿Por qué tienes el olor de otro hombre?
Me quedé helada.
No podía moverme.
No podía respirar.
Sentí que la sombra del Alfa se alargaba hasta atraparme, hasta envolverme. Su mirada me atravesaba, dura, peligrosa.
No entendía cómo lo sabía.
No entendía cómo podía sentir incluso eso.
Y entonces lo supe: León y yo ya no teníamos un secreto seguro.
La tormenta apenas estaba comenzando.
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