Calidez

El día era fresco pero, no tuve ganas de salir al jardín y menos de ponerme un pomposo vestido, incómodo sobre todo. Me quedé con un vestido suave y de tela lisa, que marcaba las curvas de mi cuerpo. Realmente, me sorprendí al verme al espejo, mi figura era hermosa.

Mi pelo estaba suelto cayendo sobre mi espalda. Desde hacía unos minutos estaba acostada en la cama como un trapo sucio, no sentía ganas de hacer nada. No era como si hubiera algo para hacer.

Escuché el sonido de la puerta abriéndose.

—Katelyn. ¿Encontraste las pinturas y los marcos para dibujar?

No recibí respuesta. Levanté la cabeza con confusión y casi me dio un infarto al ver al duque parado en la puerta. Él me veía con una mirada molesta.

—Duque…

No salieron más palabras de mi boca, quedé en blanco.

—¿Por qué estás en telas suaves a estas horas?

Su pregunta me hizo volver a la realidad. Me di cuenta que mis pezones se notaban a través de la delgada tela. Su mirada examinó mi cuerpo y eso hizo que sintiera vergüenza, por lo tanto, me metí bajo las sábanas tapando mi cuerpo.

—Es incómodo llevar un vestido muy ajustado y también me dio algo de calor. —El duque seguía viéndome. Me sentía nerviosa y quería taparme la cara con las sábanas.

—Tengo unos asuntos que resolver con tu padre mañana, ¿Quieres venir conmigo?

Yo solamente asentí y el duque se giró alejándose de mi habitación. Qué interacción más incómoda.

Al poco tiempo llegó Katelyn con el mandado y me pasé casi todo el día haciendo bocetos de todo lo que veía en mi habitación. Los jarrones, las flores, los muebles, el armario y demás.

Katelyn se sentó a mí lado observando lo que hacía y me contó momentos de su pasado, relatando un poco sobre lo que recordaba antes de comenzar a trabajar en la residencia de los Bernade. Katelyn dijo que ella había nacido en un pueblo muy pobre, sus padres tenían muchos hijos y cuando tuvo la edad de cinco años la vendieron a un señor que era muy rico pero, ella escapó y terminó en la casa de mi padre.

La puesta del sol era hermosa, la brisa fluía suavemente en el ambiente. Las ventanas estaban abiertas, los sonidos de la noche se aproximaban.

No cené. Me acosté viendo el techo como si fuera una distracción divertida. Y así me quedé dormida.

Como había comentado el duque, cuando llegó la hora el carruaje esperaba afuera para llevarnos a la residencia del marqués Bernade. Iría solamente con el duque y los soldados que conducían el carruaje. Eso me entristeció, pues dejaría a Katelyn atrás.

Ese día llevaba un vestido rosado y con algunos adornos adorables, mi cabello estaba suelto y llevaba conmigo un abanico debido al calor.

Fue muy extraño estar en el carruaje con el duque , él permaneció en silencio todo el viaje y tuve tantos nervios que no pude ventilarme. Realmente, su presencia imponía demasiado. En el silencioso trayecto aproveché para observarlo tímidamente. Su mandíbula era muy marcada, sus ojos violetas eran atrayentes y a la vez transmitían algo de soledad o aburrimiento.

Fuimos recibidos con mucha alegría, bueno, el duque fue recibido de esa manera. Pues yo había sido completamente ignorada.

¿Por qué había regresado?

Elena, mi hermana, observaba desde la puerta principal. Sonriendo se acercó a saludar, el duque la miraba de una manera extraña, parecía contento de verla. Y mientras ella le entregaba su mano al duque, me mostró una sonrisa victoriosa.

Luego apareció la marquesa en escena. Ella llevaba un vestido azul turquesa que combinaba perfectamente con su cabello rubio y ojos azules. La marquesa saludó con respeto al duque y me miró con grandeza, su mirada reflejaba orgullo y superioridad.

Bajé la mirada al suelo, sintiéndome indefensa en ese ambiente tan tenso. Las sirvientas también me miraban con desagrado, ya me comenzaba a arrepentir de haber vuelto.

—Oh… Emilia. —Era la voz de mi padre. Levanté la vista y lo miré unos segundos, luego lo saludé haciendo una media reverencia. —¿Está yendo bien su matrimonio?

Esa pregunta iba dirigida al duque, quien parecía molesto por ella, debido a que su mandíbula se había tensado.

—Sabe porque estoy aquí. —Ambos hombres se miraron de una manera que no podía descifrar.

El marqués asintió. Dio una señal y los caballeros abrieron la puerta principal, el duque le siguió hasta adentro.

—Sigues viéndote exactamente igual. —Elena dijo y entró. Esperé a que la marquesa entrara y luego yo también lo hice.

Me quedé observando el cuadro de la sala principal mientras esperaba al duque, quien estaba hablando en privado con el marqués en el despacho.

Estaba sola, no había ni una sirvienta cerca. Y tampoco tenía las ganas de caminar por la residencia, conociendo el trato que ellos me daban. Me sentía aburrida y poco a poco sentí como mis párpados se comenzaron a cerrar.

Me sorprendí cuando sentí una mano fría tocando mi rostro. Abrí los ojos, el duque me miraba confuso, también parecía sorprendido.

Apartó su mano.

—Nos vamos.

Me levanté rápidamente. El duque caminó despacio, parecía pensativo pero, como siempre no habló mucho. Sin embargo, fue una sorpresa pasar por el mercado. Era la primera vez que lo veía, los comerciantes, los puestos y… ¿Enanos?

—¿Qué son esos? —Pregunté señalando por la ventanilla.

—Enanos, ¿Nunca viste uno? —El duque me preguntó. Él estaba con una mano apoyada debajo de su mandíbula.

—No, ¿Los están vendiendo?

—Obviamente, son una raza inferior. —Esa respuesta me dejó callada por unos minutos. —¿Sientes lástima? No deberías, son seres igual de malvados que los demonios.

Después de esa breve conversación volvió el silencio y de esa manera hasta llegar a la mansión del duque. Lo primero que hice fue darme una ducha y vestirme con algo más cómodo, luego permanecí en la habitación hasta la hora de la cena.

—Mi señora, la cena está lista. —Ian avisó luego de que le diera el permiso de entrar. El vestía un pantalón oscuro y una camisa blanca, traía su espada consigo y unos guantes blancos en las manos.

Katelyn había salido anteriormente por algunas cosas, miré el reloj antes de salir. El comedor se sentía solitario, era la única sentada en esa larga mesa en donde podría caber doce personas o más. Corté con el cuchillo el filete, estaba delicioso, saboreé con emoción cada mordisco.

Después regresé a la habitación, me acosté y aunque me costó dormirme, luego de una hora pude hacerlo.

Nuevamente me levantaba sintiéndome aburrida, era la misma rutina. Bañarme, peinarme y vestirme. Decidí salir de la habitación, yendo al jardín. Allí había más viento y no hacía mucho calor. Me quedé observando las hojas moverse, escuchando el sonido de la brisa y los pájaros que posaban en las ramas.

Pasé horas sentada ahí, cuando Ian me avisó que el almuerzo estaba listo, entré y comencé a comer lo preparado. La mesa estaba llena de comida, pero, solo yo me encontraba en ella, nadie más. Debería pedir permiso para que Katelyn pudiera hacerme compañía en las comidas o yo misma debería ir a comer a la cocina, vaya soledad. Además, sería bueno conocer a la mayoría de sirvientes que trabajaban en la mansión.

Me levanté decidida, cuando abrí las puertas Ian se sorprendió; él se había quedado afuera a hacer guardia. Le mostré una sonrisa mientras me acercaba un poco más, él me miró arrugando las cejas.

—¿Puedes llevarme a la cocina?

—¿No fue de su agrado la comida? —Me preguntó con mucho respeto, negué rápidamente. —La cocina no es un sitio en el que deba entrar, sería mal visto y las sirvientas podrían faltarle el respeto.

—No te preocupes por eso, puedo manejarlo. Llévame, por favor. —Ian dudó unos segundos pero, finalmente asintió. Él caminó al frente mientras yo seguía sus pasos.

La cocina era enorme, hermosa y con un aroma agradable. Katelyn corrió a abrazarme al verme y yo correspondí contenta. Conocí a la chef principal, era una mujer amable y rápidamente pude sentirme bien mientras conversábamos, Ian también se sentó en la pequeña mesa siendo invitado por Martha, la encargada de la cocina en general. Martha tenía a otras sirvientas ayudándola pero, ese día habían regresado a sus habitaciones más temprano.

—Pensé que usted sería como las demás doncellas, pero, es bastante agradable —sonreí al ser halagada por Martha.

—La señorita Emilia, es la mejor persona que ha existido, crea en mi palabra. —Katelyn comenzó a hablar sobre mi, hasta a mí me sorprendía; ya que, no sabía de tales hazañas. Katelyn relató de las incontables veces donde salvaba a los animales de peligros, especialmente a los gatos. De que era muy buena y obediente, sin importar que la marquesa era un malvado demonio, eso último me causó gracia. Mientras observaba a todos sonrientes dialogando, me dio la impresión de sentir el calor de la «familia».

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Comments

Inoelia Lantigua Garcia

Inoelia Lantigua Garcia

No me agrada esa prota tan insulsa y débil no pega con la reencarnación

2024-12-01

0

Nancy Narvaez Banda

Nancy Narvaez Banda

Hermosa historia gracias autora interesante me fascinan las historias de renacimiento

2025-02-28

1

Rosa Huachaca Mejia

Rosa Huachaca Mejia

es muy sumisa.../Frown/

2024-12-09

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