El día transcurría con calma cuando Celia caminaba al lado de su joven maestro, Albert Stronger. La brisa ligera acariciaba sus rostros, y el sonido de las pisadas resonaba suavemente en el pavimento de la ciudad. Sin embargo, aquella tranquilidad se rompió en un instante.
Albert chocó con alguien por accidente.
—Disculpen, no era mi intención —dijo Albert con cortesía.
Frente a ellos, tres hombres de aspecto hostil lo miraron con burla y desprecio. Uno de ellos, con una sonrisa torva, dio un paso adelante.
—¿Disculparte? Tienes que pagar por los daños —su voz era áspera y desafiante.
"¿Daños? ¿Qué daños?" pensó Celia, frunciendo el ceño.
La situación era absurda, y mientras observaba, algo oscuro comenzó a revolverse en su interior. Una furia silenciosa pero abrasadora brotó en ella, y antes de que pudiera contenerlo, el aire a su alrededor se volvió pesado. Uno de los hombres abrió la boca para hablar, pero se detuvo abruptamente. Su rostro palideció.
Los tres sujetos estaban congelados en el lugar, con miradas cargadas de terror.
Los ojos de Celia, normalmente cálidos, se habían transformado en dos pozos fríos e implacables. Pero algo ocurrió. Todo a su alrededor se oscureció de repente, y al abrir los ojos nuevamente, Celia se encontró en un campo. El lugar era amplio y familiar, con praderas suaves y el susurro del viento llevándose los ecos de algún recuerdo lejano.
Pero no estaba sola.
Una pantalla etérea flotaba en el cielo sobre ella, mostrando con nitidez a los tres hombres inmóviles y a Albert, quien, desconcertado, miraba la escena con evidente preocupación.
"¿Qué es esto...?" Celia apenas podía comprender la situación.
—Oh, querida, cuánto tiempo sin verte~ —dijo una voz melosa y burlona a sus espaldas.
Celia se giró de inmediato y su expresión se endureció. Allí estaba Elizabeth Scarlett, su otro yo. Parecía su reflejo distorsionado, un espejo cruel que mostraba lo que ella no quería ser. La joven irradiaba una madurez oscura y una sensualidad que parecía envolverte como un veneno dulce. Su vestido rojo ondeaba como llamas bajo el viento; su cabello, largo y carmesí, caía en suaves cascadas, y sus ojos, del mismo tono, brillaban con un poder que rozaba lo inhumano.
—¿Qué sucede, querida? ¿Por qué esa cara? —Elizabeth avanzó con elegancia, sus tacones resonando suavemente en la tierra—. ¿Acaso no me extrañaste?~
Celia apretó los puños. Su sola presencia la llenaba de frustración.
—T-tú... —murmuró con desprecio.
—Oh, querida, ¿eres tan fría? Soy la única que te extraña, fufufu~ —Elizabeth sonrió con burla, saboreando la irritación de Celia.
Celia apartó la mirada. Sus ojos se dirigieron de nuevo a la pantalla, donde Albert parecía murmurar algo, acercándose a la versión congelada de Celia.
Elizabeth notó su reacción y su sonrisa se ensanchó.
—¿Te gusta ese humano? Qué interesante~. ¿Entonces puedo tenerlo como mi juguete, verdad?~ —dijo en tono burlón, inclinándose cerca del rostro de Celia, sus palabras impregnadas de veneno.
—¡No te atrevas! —espetó Celia, su voz baja y llena de ira contenida. Sus ojos fríos reflejaron un fuego peligroso.
La burla de Elizabeth no cesó, pero en ese instante, algo cálido tocó la mejilla de Celia. Su corazón dio un vuelco.
"¿Qué es esto...?"
La calidez familiar disipó la furia oscura que estaba a punto de consumirla. Al girarse hacia la pantalla, vio a Albert, su joven maestro, acariciando suavemente la mejilla de su otra yo con una expresión serena y afectuosa. Celia sintió cómo su rostro comenzaba a arder.
—"Celia, te amo" —dijo Albert con firmeza.
El tiempo pareció detenerse.
Los ojos de Celia se abrieron de par en par. El calor subió rápidamente hasta sus mejillas, y su corazón empezó a latir de manera frenética. Sus pensamientos eran un caos.
—¿Q-qué... está diciendo...? —balbuceó en voz baja, avergonzada y completamente roja.
Elizabeth observaba todo con creciente irritación. Su sonrisa burlona se desvaneció, y una sombra de enojo cruzó su rostro.
—Tsk —chasqueó la lengua.
Mientras tanto, en la pantalla, Albert tomó a Celia de la cintura y la acercó suavemente hacia él. Celia sintió que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho.
—¡N-no, espera un momento! —exclamó, agitando las manos con desesperación.
Pero fue en vano.
Albert la besó apasionadamente.
Celia quedó completamente paralizada. Sus mejillas, orejas y cuello ardían de un rojo profundo. Su mente se nubló y su cuerpo comenzó a desvanecerse poco a poco. Antes de perder la conciencia, escuchó a Elizabeth murmurar algo entre dientes.
—Esto se pone interesante... —dijo Elizabeth, recuperando su calma con una sonrisa peligrosa—. Si ese humano sabe algo, tendré que averiguarlo~.
---
Lejos de aquel extraño suceso, Albert Stronger se encontraba en un restaurante disfrutando de una comida sencilla pero deliciosa. Tras pagar, decidió comprobar algo.
—Estado —murmuró en voz baja.
De inmediato, una ventana transparente azul apareció frente a él.
[Estado]
Nombre: Albert Stronger
Nivel: 1
Clase: Mago
Estadísticas: Agilidad: 2 | Vitalidad: 3 | Fuerza: 3 | Maná: 2 | Suerte: 2 | Inteligencia: 4 | Memoria: 3
—Hmm... es igual que el estado de Celia —reflexionó—. Pero veamos otra cosa. Abrir sistema.
La segunda ventana azul apareció, mucho más detallada.
[Sistema del Mejor del Mundo]
Puntos de habilidades disponibles: 14
Puntos de sistema: 3000
Albert sonrió. La sensación de progresar era tan familiar como los juegos que solía jugar. Distribuyó los puntos sabiamente, priorizando su agilidad, fuerza e inteligencia.
Después, abrió un mensaje.
—¿Paquete de principiante? Claro, vamos allá.
[Felicidades, has obtenido:]
Habilidad: Sigilo (C)
Habilidad: Teletransportación (S)
Talento: Artes Marciales
Habilidad: Infundir Miedo (E)
Talento: Magia Curativa
Albert no pudo evitar reír suavemente.
—Esto es increíble... Teletransportación de clase S. Me será útil —murmuró con emoción.
Sigilosamente, se dirigió a los baños, activó Sigilo y luego murmuró:
—Teletransportación. Ciudad Central, Mercado del Reino de Felia.
Una luz envolvió su cuerpo, y en un abrir y cerrar de ojos, Albert Stronger desapareció sin dejar rastro.
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En el corazón de la Ciudad Central, Albert observaba el bullicio desde un banco bajo la sombra de un árbol. A lo lejos, una multitud vitoreaba una pelea amistosa en un torneo local. En sus manos, Albert sostenía un pergamino.
"Vamos, ahora o nunca."
Canalizando con dificultad su limitado maná, Albert logró activar el pergamino.
[¡Felicidades! Has obtenido la habilidad: Contrato Espiritual.]
Exhausto pero satisfecho, observó que la torre del reloj marcaba la 1:35 de la tarde. Una leve brisa refrescaba el aire, y el bullicio de la gente parecía lejano.
—Bien... —murmuró con una sonrisa.
Sin que nadie lo notara, Albert se desvaneció en el aire, dejando el banco vacío.
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