La velocidad a la que va este taxi es una ofensa para cualquier tortuga.
Incluso las montañas parecen ir más rápido.
—¿Podrías acelerar, Velma?
Le digo a mi amiga, quien, al parecer, le tiene miedo al pedal del acelerador.
—Voy a una velocidad segura para el motor.
Replica al tiempo que aumenta un poco la velocidad.
Yo me hundo en el asiento trasero.
Esto es incómodo.
—Acelera a fondo, yo pagaré al mecánico luego. Mierda, incluso puedo comprar la agencia de taxis entera, solo acelera.
Si sigo atrapado aquí, voy a implosionar.
Velma responde alguna incoherencia y, al fin, acelera este cacharro.
Unos veinte minutos después, los edificios de Green Valley se alzan frente a nuestros ojos.
—Bienvenido de regreso, Hunter.
El tono cantarín de Velma resuena en este pequeño pedazo de latón que se hace llamar taxi.
—Llévame directo al mejor hotel de la ciudad, Vel.
Ella asiente con una sonrisa.
Una vez en el hotel, me bajo como si fuera un marinero que no ha visto tierra en diez años.
—Te juro por los mil demonios que jamás vuelvo a contratar tu servicio, Velma.
Velma se acerca y me abraza.
—Yo también te extrañé, Ryan.
Le devuelvo el abrazo.
—Lo sé, mi vida.
Luego de un minuto de abrazos y algunas lágrimas ocasionales de Velma, nos despedimos con la promesa de que mañana la visitaré.
El hotel «Green Palace», un coloso de unos sesenta pisos, me recibe de forma opulenta, con su exuberante decoración.
Ignoro cualquier detalle visual del lobby, yendo directo a la recepción.
—Bienvenido al Green Palace, un placer.
La recepcionista me sonríe de forma robótica, aunque sus ojos no tienen pudor ninguno al recorrerme de arriba abajo.
—Solo dame una habitación, la que sea.
Le tiendo los documentos. Ni siquiera hago el intento de ser amable; en estos momentos no me soporto ni a mí mismo.
—Por supuesto.
Se pone a trabajar mientras me lanza miradas ocasionales.
—Habitación 235, señor Hunter.
Tomo la llave y salgo directamente al ascensor.
Tres minutos y cincuenta segundos hasta mi habitación.
Entro en la 235 y voy directamente a la cama.
Me desnudo y me acuesto sin más.
«¡Ryan! ¡Atrápame si puedes!»
Corro por la colina, persiguiendo su cabellera negra.
El viento sopla fuerte, el aire está impregnado con el olor de las flores silvestres y de ella.
«¡Eres muy lento, Ryan!»
Sus entusiastas gritos solo me animan a perseguirla.
Entonces todo cambia.
El aire deja de tener olor a flores; en cambio, un pesado olor a hierro lo cubre todo.
Miro hacia abajo y lo que veo me horroriza.
Mis manos están cubiertas de sangre, y su cabeza, con su larga cabellera negra extendida a su alrededor, me mira, susurrando:
«Todo es tu culpa, Ryan, tú me mataste...»
La luz invasora del sol me despierta, como si se estuviera apiadando de mí.
—Odio dormir.
Estiro mis músculos, hago algunas flexiones y voy al baño.
Me detengo para mirar el reloj: cinco y media.
Perfecto.
Saco ropa de mi maleta.
—Hoy no soportaré un traje.
Elijo una chaqueta de cuero marrón y unos jeans desgastados.
Mientras organizo la ropa, rozo accidentalmente una bolsita que produce un ruido metálico.
—Mis anillos...
Saco la pequeña bolsa y vacío su contenido sobre la cama.
Cinco anillos de algún material que definitivamente no es plata, un poco envejecidos y de aspecto «rústico» o «rudo». Sí, esas son las palabras que los describen.
Me los coloco en los dedos, en los lugares a los que antaño pertenecían.
Uno en el pulgar izquierdo, otro en el anular del mismo lado y, en la derecha, uno en el meñique y otro en el dedo corazón.
—¡Qué recuerdos...! Oh, mis pulseras.
Tomo la bolsita y, efectivamente, ahí están todas: dos pulseras de cuero y una pulsera gruesa de plata en forma de cadena.
—Me siento como en la secundaria.
Luego de colocarme todas mis gangarrias y ponerme algo de mi perfume favorito, me siento como un adolescente otra vez.
—Parezco un adolescente sin empleo... Me encanta.
Con mi look de paria social, me dispongo a salir.
Entonces, el reloj secuestra mi mirada: son las seis y diez minutos.
Perdí casi una hora.
Un poco molesto conmigo mismo, bajo y tomo el ascensor hacia el lobby.
Exactamente cuatro minutos. No es lo mismo que ayer, cuando subí.
¿Eso es normal?
Dejo de lado mis pensamientos por un rato.
Cruzo el lobby, directo a la calle.
Treinta minutos después, estoy en mi viejo vecindario.
Free Lake es bastante agradable, aunque no tiene ningún lago.
Las pequeñas casas con paredes blancas y techos rojizos siguen como siempre.
En una esquina empieza la vieja verja de la zona de construcción.
Un proyecto de expansión que está en pausa desde que mi abuela tenía quince años.
En el centro de la zona se alza El Roble.
Un enorme árbol que, en realidad, no es un roble y que siempre fue el centro de todos los niños de Free Lake.
—¡Franklin! ¡Te he dicho que ya no estás en edad para beber!
Los gritos vienen de la casa de Franklin Holmes. Según él, es descendiente de Sherlock Holmes, aunque solo es un borracho.
Cuando llego al tronco del roble, me detengo en seco.
El suelo bajo mis pies tiembla, el aire huye de mis pulmones y mis músculos se paralizan.
La corteza del árbol todavía lo recuerda.
—Ryan y Nyx, 4 ever. Es realmente romántico.
Habla Velma a mi espalda.
Yo solo sigo mirando la corteza, esa misma corteza que Nyx y yo cortamos con la navaja de mi padre hace años.
—Ryan, ¿qué te pasa?
Velma me abraza por la espalda y me sacude.
—¡Ryyyyaaannn! ¡Hazle caso a tu mejor amiga!
Cuando por fin logro salir de mi entumecimiento, me volteo y la aparto, fingiendo asco.
—Uf, no me toques, pueblerina.
Ambos nos echamos a reír.
—Te ves bien.
Me dice ella con una sonrisa.
Yo me siento en un viejo neumático del suelo.
—No lo sé, intenté usar mi viejo estilo.
Velma me mira y me analiza.
—En la preparatoria y en secundaria no te veías tan sexy. Pareces uno de esos chicos que solo rompen corazones.
Yo me echo a reír.
—El único corazón que he roto es el mío.
Ella se sienta a mi lado.
—En serio te extrañé...
Esa frase fue el inicio de una larga charla de tres horas sobre todo lo que no nos habíamos contado en estos años.
Entonces, un olor muy familiar llegó a mi nariz.
Flores silvestres.
Mi mente volvió a ella.
No, imposible, ella no está.
Además, este olor es diferente; también huele a jazmín.
Mi mundo colapsó cuando la vi.
Es increíble cómo el tiempo parece detenerse en ciertos momentos.
Esos momentos en los que dudas incluso de tus ojos y de todos tus otros sentidos.
Pero ahí estaba.
Ella.
El fantasma de mis pesadillas.
Pero no estaba tan muerta como debería estarlo.
¿Eso es bueno o es malo?
¿Cómo puedo pensar tantas cosas al mismo tiempo?
Nyx...
¡Nyx!
—Hola, Vel... Ryan...
Su voz.
Su rostro, aunque más maduro, mucho más.
Su olor.
Su presencia.
—Se supone que tú estés muerta.
Ella me mira con el ceño fruncido.
—Mira qué coincidencia, tú también deberías estarlo.