El sol se derramaba por la única ventana de la habitación, al fondo del pasillo, acondicionada para al menos tres pacientes. Postura, mirando fijamente en el destello de luz, buscando algo, la bella muerte, quizás, ahí te encontrabas, perdida, «lo que sea», no respondías, ni siquiera al ardor de nuestra estrella cayendo sobre tu rostro. Era comprensible, varias pruebas postquimio y el ambiente social formado por la desesperación... Me alegra que no hayas despertado en esos instantes de mezcolanza absoluta. Empero, todo el embrollo tenía razón de ser; no dabas señales de mejoría. Horacio y yo lo escuchamos en el séptimo café de la tarde, al salir junto a tus padres, con las cabezas hundidas en el dolor y el recuerdo. Casualmente resultaban lo mismo en este caso; el doctor fue directo, como lo había sido los tres días de mi estancia. No había nada que hacer, más que ofrecerle el gusto de ver a todos los que alguna vez juramos lealtad en el momento de tu primer diagnóstico. Por eso, ¿qué hacía yo ahí?
Recuerdo ese día de un mes que no quiero evocar, de hace unos cuantos años, insultos por la apatía general de mi vida. La neblina nos cae a todos como una manta de dolores, como el primer llamado de tu madre que no atendí por situaciones procesales de la bolsa estúpida de viaje. La villa y Corte me esperaba, toda una vida me esperó, qué oportunidad, tonta, tú me hubieras comprendido. A la segunda timbrada sí contesté, vi el nombre del contacto. Sabía que el golpe iba a ser tan duro como el bloque donde me lloraba. Lo que fue alguna vez un desorden alimenticio pasó a una anemia y a la leucopenia. Paulatinamente me fui desentendiendo de lo real, de una manera tan eficiente y natural, y no sé si arrepentirme o cómo prestarme al respecto. La culpa natural está; la puedo sentir esparciéndose hasta ahora.
A los perdidos años, a escribir le puse la misma importancia que respirar. Es en ese tiempo,según las fechas de las cartas, donde te sentenciaron con leucemia, no me enteré tal cual unos meses después, cuando volví a La Capital. En el momento exacto donde yo tuve que recibir tu encargo, estaba en las praderas de algún sitio remoto al norte de Francia, durmiendo en paja, aventurado con una caja de zapatos llena de lápices, hojas y tijeras, estaba perdido, si eso no quedaba claro ya, empero, lo estaba aún más en la novela que me haría ganar el Cervantes. En la designada locura en que me bañaba, las sombras de siempre, mi enemigo acérrimo se presentaba en ciento setenta y cinco cartas escondidas y amarradas. Sabrá Dios quién llegó a esconderlas de tal manera, seguro tú, tonta, o la vida que tan veleidosa es. Ciento setenta y cinco cartas con tu apellido bien corrido de tinta, con letra impresa a mano. Las ordené según las fechas. Las primeras treinta cartas estaban escritas a mano, como te dije que se hacían, con el pulso del mensaje y la ferocidad de su cometido, encantadas por la avaricia del sentir del emisor. El contenido, bueno, la evolución de tu maligno era cautelosa, pero se notaba al pasar de las cartas. En la carta treinta y seis, lo inevitable, tu sincera confesión del tumor que te acompañaría a partir de ese momento, junto a la experiencia con el quimioterapeuta. Recuerdo el último párrafo: «No me dieron un tiempo exacto, porque creen que responderé al tratamiento, ¿cuándo volveré a saber de ti, tonto? » Carta cincuenta y ocho, casi ni se entiende lo que expresa; en los garabatos puedo descifrar: dolor, debes, nuevo, granadilla, fugaz. Carta ochenta: era su madre, pedía dinero. Carta ochenta y cinco: su hermano, pidiendo lo mismo. Carta ciento treinta, tres meses de vida. De ahí en adelante todo fue redactado a máquina. Carta ciento setenta y cuatro: «¿Dónde estás?» Hecha a mano. Tú, tonta, no escribas por mí. Fue lo primero que pensé al terminar todo el volcán con erupciones de noticias malas, miré el calendario cercano, imaginándome una agenda que no tenía: conferencias, charlas, festivales, ferias, y alguna entrevista de cualquier medio. Pero, era una responsabilidad irrechazable. «Dime el hospital y el horario de visita; dinero ya no tengo, lo siento», fue lo único que respondí.
Me ves aquí ahora; el pedazo de sol de la ventana ya no existía, sentado en la cama vacía del costado, no quedaba nadie. ¿Por qué me has hecho volver? Horacio llama a la puerta, tocaba un café después de diez años, todo se puso un poquito más amargo, más vivo. «¿En qué cueva te metiste? », dice escéptico. «En la del Nobel», respondí al instante, como si hubiera esperado ya la pregunta. Nos reímos, el Nobel, ¿eh? Hubo un instante de paz, pero se rompió con lo ya sabido. «Se va a morir, lo sabes, ¿no?», volvió a decir, dándole un sorbo a su americano. No se me ocurrió nada sarcástico, naturalizado ya en nuestras conversaciones de antaño, así que opté por el silencio, porque la culpa no sentía: es el Nobel, hombre. El día siguiente se llenó de familia: familia no deseada, amigos, profesores, amores, jefes, te conformabas con ellos, tonta. No respetaron horas de ingreso ni de salida, ¿la excusa? Pronto no iba a haber más horas. Al oír esto tus padres, que siempre estaban al otro lado de la cama cuando venían a hablarte, en cada abrazo y lágrimas dadas se les cerraba el alma un grado más. Los dos destrozados por lo poco que quedaba de su hija, una silueta enferma, raquítica y moribunda. Con el único que hablaban era con tu médico encargado. De lejos se notaba su búsqueda de una razón justa para tu muerte prematura, súplicas a Dios, y miradas al cielo, todas golpeadas por el frío responder del doctor. Nada se podía hacer; despídanse bien. La parca lujuriosa se asomaba.
Cuando la presencia del sol se esfumó por completo con la gente pasajera, me volví a situar en la cama de ayer. Sentía gigantes las cuatro paredes. Se revolvían en mi cabeza al soñar con el pasado, razonando en los cabales de la historia mía, de la nuestra, los consejos, las salidas, las conversaciones en clase y cómo yo te disolvía con lo obvio; para ti era suficiente. «¿Estás llorando?», susurraste. «No», dije otra vez inmediato. «¡Qué tonto, ni muriéndome lloras por mí!» Agarré tu mano, no me mirabas, creo que disfrutabas las flores de tu tía, la más cercana a ti. «Están hermosas, mejórate para que las cuides.» «Ciento setenta y cinco cartas, ciento setenta y cinco cartas, carajo y nada», reclamaste. «Pero cuando ella se mató, dormiste tres días en su lápida de mierda; ni las arañas te sacaron, eres un imbécil, un insensible. Ella ya no está, no leerá nada de ti, solo eres basura, un mal amigo». Suspiraste pesadamente. Buscabas aire. Arrebataste tu mano con una fuerza impropia a tu estado, lentamente me miraste, y la muerte pálida se traslucía en tu rostro. Tus párpados morados se deslizaban una por una con odio y ridiculez, niñería. Yo no iba a volver, nunca lo iba a hacer. No sé en qué figura se convirtió el rostro mío; pensé en Borges y Bolaño. ¿Qué harían ellos? Al final, ni la piel muerta soy de los dos, y tú lo sabes.
«Perdón», atiné a corregir a las ciento setenta y cinco puñaladas mortales, como si eso reparara mi ausencia. Al sentir lo inevitable, me acerqué buscando una última imagen de ti, pero no duró mucho. La bocanada de la muerte se presentó, el sonido de caricatura de la máquina de tu pulso. Cerré tus ojos con delicadeza. Los pasos se acercaban. Tuve el tiempo de besarte la frente sudada. La puerta se abría y me perdía en la carrera de los médicos.
Pensé «la vida no vale nada» si personas como tú perecen hablándome, pero ¿de verdad espero cordura de tu parte? Llamé, razoné. «¿Me escuchas? Sí, falleció; mañana supongo que será su entierro. No, no sé si sea bienvenido. Ajá, sí, en 25/08, con esto lo ganó.»