En mi pueblo, al sur de Santiago del Estero, los muertos no siempre descansaban bajo tierra.
Eso decía mi abuelo, un hombre de pocas palabras que había pasado toda su vida trabajando en el campo y que conocía secretos que jamás se atrevió a contar delante de un sacerdote. Decía que algunas noches, cuando el viento dejaba de soplar y el campo quedaba sumido en un silencio imposible, aparecía una luz entre los pastizales. Una esfera pálida, amarillenta, que flotaba a poca altura del suelo y se movía lentamente, como si estuviera buscando algo.
La llamaban la Luz Mala.
Los mayores aseguraban que era el alma de alguien que había muerto sin recibir sepultura cristiana. Otros decían que custodiaba tesoros enterrados junto a cuerpos olvidados. Mi abuelo tenía otra explicación.
—No todas las luces vienen de los muertos —me dijo una tarde, mientras reparaba una tranquera—. Algunas vienen a buscar a los vivos.
Yo tenía diecisiete años cuando escuché aquella advertencia. Me pareció una superstición ridícula, una de esas historias que los viejos inventaban para impedir que los chicos anduvieran de noche por el campo.
Esa misma semana desapareció mi primo Julián.
Y la luz empezó a aparecer detrás de nuestra casa.
Julián tenía veintidós años, una motocicleta destartalada y una afición por meterse donde nadie lo llamaba. Había regresado al pueblo después de trabajar varios meses en una estancia cercana a Añatuya. Volvió distinto: más callado, nervioso, con la mirada perdida y una mancha oscura que le cubría parte de la manga derecha.
Cuando le pregunté qué le había pasado, respondió que se había caído de la moto.
No le creí.
La noche de su desaparición, estábamos cenando en la cocina de mi abuelo. Afuera se escuchaban los grillos y el golpeteo de una rama contra el techo. Julián apenas había probado la comida. Miraba constantemente hacia la ventana que daba al campo.
De pronto dejó caer el tenedor.
—¿La vieron? —preguntó.
Mi abuelo dejó de masticar.
—¿Qué cosa?
Julián señaló la ventana.
Entre los postes del alambrado brillaba una pequeña esfera amarilla.
No iluminaba los árboles ni la tierra que la rodeaba. Su resplandor parecía existir separado del mundo, como una mancha de fuego suspendida en la oscuridad.
La observé fascinado.
La esfera avanzó unos metros hacia la casa.
Julián se levantó tan bruscamente que volcó la silla.
—No puede ser —murmuró—. Yo la enterré.
Mi abuelo se puso de pie.
—Sentate.
—¡La enterré, abuelo!
El anciano lo sujetó del brazo.
—No la mires. No le hables. Y, por lo que más quieras, no salgas de esta casa.
Pero Julián ya estaba caminando hacia la puerta.
Mi abuelo lo golpeó en la cara con la palma abierta. Fue la primera vez que lo vi levantarle la mano a alguien.
—¡No es para vos! —gritó—. ¡Todavía no es para vos!
Julián lo miró con una expresión que jamás olvidaré.
No era miedo.
Era culpa.
Se soltó, abrió la puerta y corrió hacia el campo.
Mi abuelo fue detrás de él, pero yo lo sujeté antes de que cruzara el umbral. El anciano forcejeó conmigo hasta que ambos caímos al suelo.
Cuando conseguí levantarme, Julián había desaparecido.
La luz permanecía junto al alambrado.
Y, por un instante, me pareció que había adoptado la forma de una persona arrodillada.
Buscamos a Julián durante dos días.
Recorrimos los caminos rurales, revisamos los canales de riego y preguntamos en las estancias cercanas. La policía encontró su motocicleta junto a un molino abandonado, a varios kilómetros de casa. La llave seguía puesta. En el barro había huellas que se internaban en un campo de maíz.
Las huellas terminaban en seco.
No había marcas de regreso, ni señales de lucha, ni rastros de que hubiese subido a un vehículo.
Solo encontramos una cosa: un botón de camisa cubierto de tierra negra.
Mi abuelo lo reconoció inmediatamente.
Pertenecía a una camisa que había enterrado treinta años atrás.
Aquella noche, mientras la policía continuaba la búsqueda, enfrenté al anciano en la cocina.
—¿Qué quiso decir Julián con eso de que la había enterrado?
Mi abuelo permaneció inmóvil, con las manos apoyadas sobre la mesa.
—Hay cosas que es mejor dejar bajo tierra.
—Es mi primo.
—Por eso mismo.
Le exigí una explicación. Le dije que, si sabía algo, tenía que contarlo. El anciano cerró los ojos y respiró profundamente.
Después fue hasta su dormitorio y regresó con una caja de lata.
Dentro había una fotografía vieja, una medalla oxidada y varias hojas amarillentas escritas con una letra que no reconocí.
La fotografía mostraba a tres hombres frente a un rancho. Uno era mi abuelo, mucho más joven. A su lado había un hombre alto, de bigote espeso, y un tercero cuyo rostro había sido raspado con algo afilado.
En el reverso figuraba una fecha: 1978.
—Ese hombre —dijo mi abuelo, señalando al que tenía el rostro borrado— era Anselmo Rivas. Trabajaba conmigo en la estancia. Una noche encontramos algo enterrado cerca del molino.
—¿Un tesoro?
Mi abuelo me miró con tristeza.
—Un hombre.
Anselmo había desaparecido semanas antes. Nadie preguntó demasiado porque era un trabajador temporario, sin familia conocida en la zona. Pero mi abuelo y el otro peón sabían que no se había marchado.
Lo habían matado durante una discusión por dinero y habían ocultado su cuerpo en una zanja, lejos del camino.
—¿Y la Luz Mala? —pregunté.
El anciano tardó en contestar.
—Apareció la noche en que lo enterramos. Creímos que era una señal. Después empezó a seguirnos.
El tercer hombre había muerto en un accidente de caballo. Mi abuelo había perdido dos dedos en una máquina y, desde entonces, cada aniversario del crimen veía una luz junto a la tranquera.
—¿Por qué nunca denunciaste lo que pasó?
Mi abuelo bajó la cabeza.
—Porque tuve miedo de la cárcel. Después tuve miedo de la luz. Y al final tuve miedo de que nadie me creyera.
Miré nuevamente la fotografía.
—¿Qué tiene que ver Julián con todo esto?
Mi abuelo se pasó las manos por la cara.
—Hace un mes me confesó que había encontrado los restos de Anselmo mientras trabajaba cerca del molino. No sé qué hizo después. Solo sé que empezó a recibir visitas durante la noche.
—¿De quién?
—De una luz que se detenía frente a su ventana.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Y qué quería?
Mi abuelo no respondió.
No necesitaba hacerlo.
La tercera noche después de la desaparición de Julián, desperté por el sonido de algo arrastrándose bajo mi ventana.
Pensé que sería un perro, hasta que escuché mi nombre.
No era una voz humana. Era un susurro áspero, como el ruido del viento pasando por una garganta llena de tierra.
Me incorporé en la cama.
A través de la cortina vi el resplandor amarillo.
Estaba más cerca que nunca.
La luz flotaba a la altura del alféizar. Su superficie palpitaba lentamente, como si algo respirara en su interior. Alrededor de ella, los insectos habían dejado de cantar.
Entonces escuché la voz de Julián.
—Abrime.
Retrocedí hasta chocar contra la pared.
—Julián…
—Hace frío.
La voz sonaba idéntica a la suya, pero había algo equivocado en la manera en que pronunciaba las palabras. Cada sílaba llegaba acompañada de un leve chasquido, como si alguien estuviera intentando imitar el habla humana sin comprender del todo cómo funcionaba.
—¿Dónde estás? —pregunté.
La luz se elevó unos centímetros.
En su interior distinguí una silueta.
Una persona encorvada, con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Acá —respondió Julián—. Vení a buscarme.
Corrí hasta la cocina, donde mi abuelo ya estaba despierto. Sostenía una escopeta descargada, porque nunca había confiado en las armas de fuego para enfrentarse a aquello.
—No le contestes —me ordenó—. No importa a quién escuches.
La voz de Julián volvió a sonar desde el exterior.
Esta vez no estaba junto a mi ventana.
Estaba en la puerta principal.
—Abuelo, por favor. Me duele.
El anciano comenzó a temblar.
—No es él —susurró.
Entonces la voz cambió.
Escuchamos a mi abuela, muerta hacía seis años. Después a mi madre, que vivía en la ciudad. Finalmente, a un niño que lloraba y golpeaba la puerta con las manos pequeñas.
Mi abuelo se arrodilló y comenzó a rezar.
Los golpes cesaron.
Durante unos segundos creímos que se había marchado.
Entonces alguien habló desde el techo.
—Vos también estabas ahí, viejo.
Mi abuelo dejó de rezar.
La luz apareció detrás de la ventana de la cocina, suspendida en el aire. Esta vez no era amarilla. Tenía un centro blanco, casi transparente, rodeado de un halo rojizo.
Y dentro de ella vi un rostro.
No era el de Julián.
Era el del hombre de la fotografía cuyo rostro había sido borrado.
Anselmo Rivas abrió la boca.
De sus labios no salió ningún sonido, pero escuché las palabras dentro de mi cabeza.
Me dejaste solo.
Mi abuelo soltó un grito.
La luz se apagó.
Y el anciano comenzó a llorar como un niño.
Al amanecer, mi abuelo me entregó las llaves de su camioneta.
—Tenés que ir al molino.
—La policía ya fue.
—No encontraron lo que buscaban.
—¿Qué cosa?
El anciano me miró con una expresión de resignación.
—La verdad.
Antes de partir, me hizo prometer que regresaría antes de la puesta del sol. Me advirtió que, si veía la luz, no intentara acercarme ni seguirla, por más que escuchara una voz conocida.
Conduje hasta el molino por un camino de tierra que atravesaba campos secos y alambrados oxidados. El cielo estaba cubierto y el viento arrastraba hojas muertas sobre la ruta.
Encontré la construcción abandonada poco antes del mediodía.
El molino giraba lentamente, aunque no había viento.
Junto a la base había una abertura en la tierra, oculta por unas chapas viejas. Aparté los objetos y descendí con una linterna.
El olor me hizo retroceder.
No voy a describir lo que encontré allí. Bastó una mirada para comprender que mi abuelo no había exagerado. Bajo aquella tierra descansaban los restos de Anselmo Rivas, junto a objetos personales y fragmentos de ropa que habían permanecido ocultos durante décadas.
Pero había algo más.
Junto a la pared encontré una pequeña libreta perteneciente a Julián.
Las primeras páginas contenían anotaciones sobre el campo y algunos números. Las últimas estaban escritas con tanta prisa que apenas podía entenderlas.
Una frase aparecía repetida varias veces:
No es un alma. No es un alma. No es un alma.
En la última página había un dibujo de una esfera luminosa y, debajo, unas palabras:
La luz no busca que lo encuentren. Busca que alguien ocupe su lugar.
Escuché un ruido detrás de mí.
Me di vuelta.
Julián estaba al pie de la escalera.
Tenía la ropa cubierta de barro y el rostro tan pálido que parecía enfermo. No había cambiado demasiado, salvo por sus ojos: estaban abiertos de una manera extraña, fijos en mí, sin el menor rastro de reconocimiento.
—Te estaba esperando —dijo.
Corrí hacia él.
Quise abrazarlo, pero Julián retrocedió.
—No me toques.
Su voz tembló.
—Tenés que salir de acá. Ahora.
—¿Qué pasó?
Miró hacia la abertura del techo.
—Yo encontré los restos. Quise llevármelos. Pensé que podía demostrar lo que había sucedido y obligar al viejo a confesar.
—¿Y la luz?
Julián cerró los ojos.
—No era una luz cuando la vi por primera vez.
Me contó que, la noche en que encontró los restos, había visto una figura de pie junto al molino. Creyó que era un hombre, hasta que la figura se deshizo en un resplandor amarillo y desapareció entre los pastizales.
Después comenzó a seguirlo.
Al principio solo aparecía a la distancia. Luego se acercó a su casa y adoptó la voz de su madre. Finalmente, una noche, le habló con su propia voz.
—Me dijo que alguien tenía que pagar por lo que le hicieron a Anselmo —susurró—. Me dijo que el culpable seguía vivo.
—Mi abuelo.
Julián asintió.
—Pero también me dijo que la culpa no se hereda. Se elige.
Se apartó de mí y señaló la salida.
—Andate. No vuelvas a mirar atrás.
—Vení conmigo.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.
—Yo ya volví, primo.
Entonces comprendí.
No había desaparecido durante aquellos días.
Había muerto.
Y lo que estaba frente a mí era lo que la luz había aprendido a imitar.
Intenté escapar, pero el pasillo se había vuelto oscuro. La linterna parpadeó y se apagó. A mis espaldas, Julián comenzó a llorar.
Después escuché otro sonido.
Un zumbido grave, profundo, que parecía surgir desde debajo de la tierra.
La Luz Mala apareció al final del corredor.
Ya no era una esfera pequeña. Llenaba la abertura de pared a pared, iluminando los restos enterrados y las piedras húmedas. Dentro de su resplandor se distinguían decenas de rostros, algunos desconocidos, otros demasiado familiares.
Vi a mi abuela.
Vi a mi madre.
Vi a Julián.
Y, en el centro, vi a Anselmo Rivas.
No tenía ojos. Solo dos cavidades oscuras que parecían mirar directamente dentro de mí.
Mi primo me empujó hacia la escalera.
—¡Corré!
Subí sin mirar atrás. Trepé por la abertura y caí sobre la tierra seca, raspándome las manos. El cielo se había oscurecido, aunque todavía faltaban horas para el anochecer.
Corrí hasta la camioneta.
Cuando llegué, encontré a mi abuelo sentado en el asiento del conductor.
Tenía la camisa manchada de barro y la mirada perdida.
—¿Dónde está Julián? —preguntó.
No supe qué responder.
El anciano comenzó a llorar.
—Me lo llevé yo —dijo—. Fui al molino antes que vos. Pensé que podía terminar con esto.
—¿Qué hiciste?
Me mostró las manos.
Tenía tierra negra bajo las uñas.
—Le pedí que me llevara a mí.
Lo miré sin comprender.
—¿A quién?
Mi abuelo señaló el campo.
La Luz Mala flotaba junto al alambrado, inmóvil, esperando.
—A Anselmo —susurró—. Le dije que yo era el culpable. Que siempre lo había sido. Que no tenía derecho a llevarse a nadie más.
La luz comenzó a acercarse.
Mi abuelo abrió la puerta y bajó de la camioneta.
Intenté detenerlo, pero me apartó con una fuerza que no le conocía.
—Volvé a casa —me ordenó—. Y si alguna vez ves una luz en el campo, acordate de esto: no todo lo que brilla está perdido.
Caminó hacia el resplandor.
Cuando estuvo a pocos metros, la luz se contrajo hasta convertirse en una pequeña esfera amarilla.
Mi abuelo extendió la mano.
Y desapareció.
No hubo gritos. No hubo explosión. Ni siquiera quedó una sombra sobre la tierra.
Solo un silencio absoluto.
Me fui del pueblo esa misma tarde.
La policía nunca encontró a mi abuelo ni a Julián. El caso quedó archivado, y los vecinos dejaron de hablar del molino. Algunos decían que mi familia había tenido una desgracia. Otros aseguraban que yo había perdido la razón.
Nunca regresé.
Durante años intenté convencerme de que la Luz Mala era un fenómeno natural, una ilusión producida por gases del suelo o algún efecto de la oscuridad sobre una mente asustada.
Pero hay noches en que vuelvo a escuchar la voz de Julián.
A veces aparece en mis sueños. Otras, cuando estoy solo, la escucho desde el pasillo de mi casa.
Siempre dice lo mismo:
—Primo, vení a buscarme.
La semana pasada recibí una carta sin remitente.
Dentro había una fotografía del molino, tomada desde el camino de tierra. En el reverso alguien había escrito la fecha de aquella noche y una frase con la letra temblorosa de mi abuelo:
La tierra no guarda secretos. Solo espera el momento de devolverlos.
Esa noche no pude dormir.
A las tres de la madrugada, una luz amarilla apareció al otro lado de mi ventana, suspendida en el aire, varios metros por encima del suelo.
Pensé que era un reflejo.
Hasta que se movió.
Lentamente, recorrió la fachada del edificio y se detuvo frente a mi dormitorio.
Dentro de su resplandor distinguí una figura pequeña.
Julián.
Levantó una mano y apoyó la palma contra el vidrio.
Yo no me moví.
Entonces sonrió.
Y comprendí que no había venido a buscarme.
Había venido a avisarme.
Porque, detrás de él, en la oscuridad, se estaban reuniendo otras luces.
Decenas.
Cientos.
Avanzaban desde todas las direcciones, flotando sobre los tejados, cruzando las calles y deteniéndose frente a las ventanas de quienes dormían sin saber que alguien los estaba llamando.
Y, por primera vez en mi vida, entendí lo que mi abuelo había querido decir.
La Luz Mala no era el alma de un muerto buscando descanso.
Era una puerta.
Y cada vez que alguien seguía su resplandor, algo del otro lado aprendía a regresar.
A la mañana siguiente, las noticias informaron que varias personas habían desaparecido durante la noche en distintos puntos de Santiago del Estero.
Ninguna dejó rastros.
Ninguna dejó una nota.
Pero todos los vecinos coincidieron en un detalle.
Antes de desaparecer, habían visto una pequeña luz amarilla junto a sus ventanas.
Y habían escuchado una voz conocida que les pedía que salieran a buscarla.
Porque la Luz Mala no necesita arrastrarte al monte.
No necesita tocarte.
No necesita siquiera entrar en tu casa.
Solo necesita que, por un instante, creas que alguien a quien amás está esperándote del otro lado.