En el norte de Corrientes, donde el monte parece tragarse los caminos y los perros dejan de ladrar cuando cae el sol, mi abuela siempre decía que al Pombero no había que nombrarlo después de la medianoche.
—Si escuchás un silbido cerca, no mires por la ventana. Y si escuchás tres golpes en la puerta, no abras. El Pombero no necesita que lo invites para entrar.
Yo tenía diecinueve años cuando me reí de ella por última vez.
Volví al pueblo para el entierro de mi abuelo, que había aparecido muerto junto al gallinero, con los ojos abiertos y una expresión de espanto tan profunda que ni el médico quiso explicar qué le había sucedido. Los vecinos hablaban de un ataque al corazón. Otros murmuraban que el viejo había cometido una imprudencia.
Mi abuela no dijo nada durante el velorio. Permaneció sentada junto al ataúd, apretando un rosario entre los dedos, con la mirada fija en la puerta de la casa.
Antes de irme a dormir, la escuché susurrar:
—Esta vez se llevó al equivocado.
A la mañana siguiente, mi abuela había desaparecido.
La encontramos tres días después, aunque decir que la encontramos no es del todo cierto. Fue el comisario quien llegó a casa con la noticia de que habían hallado sus huellas junto al arroyo, internándose en el monte. No había huellas de regreso.
Los hombres del pueblo organizaron una búsqueda. Yo participé, armado con una linterna y una escopeta que había pertenecido a mi abuelo. Caminamos durante horas entre los árboles, apartando ramas, hundiendo las botas en el barro y llamándola a gritos.
Al caer la tarde, encontramos algo junto a un lapacho.
Era su pañuelo.
Estaba cuidadosamente doblado sobre una piedra, limpio a pesar del barro que lo rodeaba. Encima habían dejado tres plumas negras y un pequeño mechón de cabello blanco.
El comisario palideció.
—Nos vamos —ordenó.
—¿Por qué?
No me contestó. Se limitó a persignarse y a caminar de regreso sin mirar atrás.
Esa noche descubrí por qué.
Estaba solo en la casa. Había cerrado las ventanas, asegurado las puertas y encendido todas las luces. Sobre la mesa descansaba el cuaderno de mi abuela, un viejo libro de tapas gastadas que había encontrado escondido debajo de su colchón.
Sus primeras páginas contenían recetas, oraciones y anotaciones sobre las plantas del monte. Pero hacia el final, la letra cambiaba. Se volvía temblorosa, irregular, como si hubiese escrito aquellas palabras mientras alguien la observaba.
En la última página había una fecha: la misma noche en que desapareció mi abuelo.
Debajo, una sola frase:
El Pombero ya no acepta tabaco.
Sentí una corriente helada en la nuca.
Entonces escuché el primer silbido.
Llegó desde el fondo del terreno, donde comenzaba el monte. Era agudo y breve, casi alegre. Me quedé inmóvil, escuchando.
El segundo sonó junto a la ventana de la cocina.
Me levanté despacio. Recordé las advertencias de mi abuela, pero la curiosidad pudo más que el miedo. Aparté apenas la cortina.
No vi nada.
Solo el patio, la tierra húmeda y el gallinero vacío.
Estaba a punto de soltar una carcajada cuando distinguí algo junto al pozo.
Una figura pequeña permanecía inmóvil bajo la lluvia. Tenía el cuerpo encorvado, los brazos demasiado largos y una cabeza cubierta por una maraña de pelo oscuro. No podía verle la cara, pero supe que me estaba mirando.
Retrocedí.
La figura levantó lentamente una mano.
Y golpeó el vidrio desde afuera.
Una vez.
Dos veces.
Al tercer golpe, todas las luces se apagaron.
Corrí hacia mi habitación y me encerré. Me senté en el suelo, con la escopeta sobre las piernas, escuchando la lluvia golpear el techo de chapa.
Entonces oí pasos en el pasillo.
Eran lentos. Descalzos. Arrastraban algo pesado.
—Abuelo —susurró una voz desde el otro lado de la puerta.
Se me heló la sangre.
Era su voz. La reconocería entre mil.
—Abrime, hijo.
Apunté hacia la puerta, temblando.
—No sos él.
Hubo un silencio.
Después, una risita infantil.
—Tu abuela también dijo eso.
La manija comenzó a girar.
Disparé.
El estruendo sacudió la casa. La puerta se estremeció, pero no se abrió. Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Después, algo cayó al otro lado.
Escuché un ruido húmedo, como si una bolsa pesada hubiese golpeado el suelo.
Me quedé esperando hasta que amaneció.
Cuando reuní valor para abrir, no encontré ningún cuerpo. Solo una pequeña huella embarrada en el pasillo.
La huella terminaba frente a mi cama.
Esa misma mañana me fui del pueblo. No regresé ni siquiera cuando pusieron la casa en venta. Cambié de número, de trabajo y de ciudad. Durante meses me convencí de que todo había sido una mezcla de sugestión, duelo y miedo.
Hasta que una noche, casi un año después, recibí un paquete sin remitente.
Dentro había una fotografía vieja de mi familia. Mi abuelo, mi abuela y yo aparecíamos frente a la casa, muchos años antes.
Alguien había marcado una figura al fondo de la imagen.
Una silueta pequeña, oculta entre los árboles.
En el reverso, con la letra de mi abuela, había un mensaje:
No debiste dispararle.
Debajo, otra frase, escrita con una tinta más oscura:
Ahora sabe dónde vivís.
Esa noche no dormí.
A las doce y diecisiete escuché un silbido en el balcón de mi departamento, en un sexto piso.
Me quedé quieto.
El silbido volvió a sonar, esta vez desde el interior de mi habitación.
No encendí la luz. No respiré. No me moví.
Entonces alguien golpeó la puerta del dormitorio.
Una vez.
Dos veces.
Y una tercera.
—Hijo —susurró la voz de mi abuela—. Abrime. Tengo frío.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Quise correr hacia ella. Quise abrazarla, pedirle perdón, preguntarle dónde había estado todos esos meses.
Pero recordé el cuaderno.
El Pombero ya no acepta tabaco.
Y comprendí, demasiado tarde, que no se refería a una ofrenda.
Mi abuela llevaba toda la vida alimentándolo para mantenerlo lejos de nuestra familia.
Y mi abuelo había dejado de hacerlo.
La puerta se abrió unos centímetros.
Por la rendija apareció una mano pequeña, cubierta de pelos negros, con uñas largas y tierra bajo ellas.
Después asomó una sonrisa.
—Tu abuela me debía una vida —susurró la criatura—. Y vos me diste la mía.
A la mañana siguiente, los vecinos encontraron mi departamento vacío.
No había señales de violencia, ni muebles rotos, ni rastros de que alguien hubiese entrado por la fuerza.
Solo quedaron tres cosas sobre mi cama: una fotografía familiar, un puñado de tabaco húmedo y una pequeña huella embarrada.
Desde entonces, cuando llueve en aquel edificio, los perros del barrio comienzan a aullar mirando hacia el sexto piso.
Y algunos vecinos aseguran haber visto una figura pequeña caminando por los balcones, incluso cuando no hay forma humana de llegar hasta ellos.
Dicen que silba.
Dicen que busca a alguien.
Pero los más viejos, los que conocen las historias del monte correntino, saben algo que los demás ignoran.
El Pombero no golpea dos veces.
Porque la primera vez todavía te está pidiendo permiso.
Y la segunda…
la segunda es para avisarte que ya está adentro.