¿Qué es la felicidad? Qué pregunta tan irónica. Cualquiera diría que es obvio, que todos conocemos el concepto. Pero yo no busco una definición de diccionario; yo quiero saber qué se siente.
Para alguien que ha pasado toda su vida sobreviviendo en un entorno donde ser uno mismo está prohibido, la respuesta es una incógnita. He usado tantas máscaras para encajar que terminaron fusionándose con mi piel. Son tantas y tan contradictorias que ya no sé quién soy. Soy lo que los demás ven, pero por dentro solo habita un vacío agobiante y desgastador que me derrumba poco a poco. Cuando la marea baja y miro mi reflejo, no me reconozco. Lo que fui parece un sueño difuminado, una silueta sin rostro. Pero el mundo no se detiene a esperar mis crisis: toca salir, actuar y arrastrar la rutina.
El colapso llega en privado. Regresas a casa tras cumplir con el deber, entras al baño y las piernas simplemente dejan de responderte. Te sostienes de lo que puedes, temblando, y te miras al espejo. "Patética", te dices, con una voz rota que mezcla la burla y el cansancio absoluto. La mente se desconecta y, antes de que alcances a procesar el pensamiento, ya estás llorando.
Te lavas la cara, te relajas y sales a encontrarte con la familia. No hay afinidad, pero aprendes a sobrellevarlos. Y entonces aparece ella: mi madre. La persona que sostiene el hilo de mi esfuerzo. No quiero decepcionarla. Por ella doy mi mejor versión, persiguiendo esa gloria que la familia siempre ha cargado como un estandarte. Le muestro mis triunfos y, aunque ella sonría, yo no siento felicidad. Tampoco tristeza ni enojo. Es una extraña anestesia. Pero sé que si llego a fallarle, el alma me quema. ¿Qué pasaría si me viera derrumbada? Ella odia las lágrimas; desde que tengo uso de razón, me enseñó que los sentimientos son sinónimo de debilidad.
Un logro, dos, tres... hasta llenar una pared. Qué bonito se ve desde fuera. Pero para mí ya es solo costumbre. Nunca hubo felicidad en esas medallas, solo el alivio momentáneo de haber cumplido lo que se debe.
¿La carrera? Jamás me presionaron directamente, pero el mandato implícito siempre fue el mismo: debía ser algo que trajera prestigio. Y aquí estoy. ¿Voy bien? Sí. ¿Me gusta? No. Si me preguntaran qué me apasiona, no sabría responder; nada me llama, nada me enciende. Puedo ejecutarlo a la perfección, claro, pero es pura inercia. Un ciclo heredado: ya pasó con mi hermano, ahora lo vivo yo y mi hermana menor sigue el mismo camino. Es triste, pero salirse del sistema cuesta demasiado caro.
Y aunque lograra rebelarme, el tiempo ya está cobrando la factura. Dicen que soy joven, pero mi mente y mi alma están envejecidas, y mi cuerpo ha empezado a manifestarlo. Se ha defendido a través de enfermedades, algunas de ellas terminales. ¿Tratarme con desesperación? Me niego. Aferrarme a la vida en este estado mental es solo prolongar la mortificación,tanto para mí como para quienes quiero. Llegaré hasta donde Dios me lo permita.
Quizás me tachen de cobarde o de orgullosa. Lo acepto. Fui educada bajo el imperio de la razón y el orgullo, nunca de la emoción. Lo único que realmente lamento es la gente que me rodea y que tiene una imagen maravillosa de mí. Han sido personas excepcionales y han entregado todo por este lazo. Sé que seré egoísta con ellos y que no merecen sufrir por mis silencios. Por eso, mi único deseo es que no estén tristes, que entiendan que esta fue mi decisión y que sigan adelante, sin que mi ausencia les afecte la vida...