En un bosque escondido entre montañas cubiertas de flores, vivían cientos de mariposas.
Todas tenían alas parecidas.
Unas eran completamente amarillas.
Otras, azules.
Algunas tenían pequeñas manchas blancas.
Pero había una mariposa diferente.
Se llamaba Aurelia.
Sus alas tenían todos los colores del arcoíris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, violeta y un pequeño destello rosado que aparecía cuando la luz del amanecer las tocaba.
Aurelia amaba sus colores.
Volaba entre las flores, dejaba pequeñas gotas de polvo brillante en el aire y se quedaba contemplando los atardeceres.
Pero las demás mariposas no la entendían.
—Tus alas son demasiado llamativas —decían.
—Deberías parecerte a nosotras.
—Aquí nadie tiene tantos colores.
Aurelia intentó ignorarlas.
Pero las palabras comenzaron a pesarle.
Un día dejó de volar tan alto.
Otro día dejó de acercarse a las flores más grandes.
Y poco a poco comenzó a esconder sus alas.
Hasta que las mariposas que se creían dueñas del bosque decidieron hacer algo peor.
La encontraron descansando sobre una hoja y la llevaron hasta un viejo árbol.
—Si quieres quedarte con nosotras —le dijeron— tendrás que ser igual.
Entonces ataron suavemente sus alas con unas enredaderas.
Aurelia intentó moverse.
No podía.
—Cuando aprendas a ser como las demás, te soltaremos.
Durante días permaneció allí.
Veía pasar a otras mariposas mientras ella seguía inmóvil.
Al principio lloró.
Después sintió tristeza.
Y finalmente comenzó a preguntarse:
"¿Y si tienen razón?"
Miró sus alas.
Seguían siendo diferentes.
Pero entonces una pequeña luciérnaga se acercó durante la noche.
—¿Por qué escondes tus colores? —preguntó.
—Porque nadie quiere una mariposa como yo.
La luciérnaga guardó silencio durante unos segundos.
Luego respondió:
—Eso no significa que haya algo malo en ti. Quizás simplemente estás intentando florecer en un lugar que no sabe apreciar tus colores.
Aurelia miró sus alas.
Por primera vez en mucho tiempo no sintió vergüenza.
Sintió algo diferente.
Valor.
Comenzó a mover lentamente sus alas.
Las enredaderas se tensaron.
Aurelia volvió a intentarlo.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Hasta que una de las enredaderas se rompió.
¡Crac!
Después otra.
Y otra.
Hasta que sus alas quedaron libres.
Aurelia cayó al suelo, agotada.
Pero se levantó.
Extendió sus alas.
Y voló.
Voló más alto que nunca.
Las mariposas del bosque levantaron la mirada sorprendidas.
Aurelia atravesó las copas de los árboles y llegó hasta donde el cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Cuando el sol iluminó sus alas, los siete colores brillaron con tanta intensidad que parecían formar un pequeño arcoíris en el cielo.
Las demás mariposas comprendieron entonces algo que jamás habían querido aceptar:
Aurelia nunca había necesitado cambiar.
Habían sido ellas quienes habían intentado apagar algo que no podían comprender.
Aurelia regresó al bosque.
Pero ya no volvió para pedir aceptación.
Volvió porque quería hacerlo.
Y cuando una pequeña mariposa recién nacida se acercó a ella y preguntó:
—¿Por qué tus alas son diferentes?
Aurelia sonrió.
—Porque nacieron para contar mi propia historia.
Desde aquel día, las mariposas del bosque dejaron de hablar de alas iguales.
Y cuando alguna mariposa aparecía con colores diferentes, nadie volvía a atarla.
Aurelia siguió volando.
No porque el mundo finalmente hubiera aprendido a quererla.
Sino porque ella había aprendido a quererse incluso cuando el mundo no lo hacía.
Y cada vez que alguien miraba hacia el cielo y veía un arcoíris después de la lluvia, las mariposas decían:
—Mira…
—Es Aurelia.
Y quizá lo era.
Porque algunas almas no nacen para Encajar.
"Nacen para llenar de color lugares que antes solo conocían el gris. 🦋🌈"