A las once y cuarenta y cinco de la noche, el autobús de la ruta siete salía de la terminal casi vacío.
Gabriel conocía el recorrido de memoria. Desde la terminal, cruzaba el centro, bordeaba el parque, pasaba frente al cine cerrado y seguía hasta el puente viejo. Después regresaba por la avenida del río. Cuarenta y dos minutos de ida; cuarenta y dos de vuelta.
Lo hacía seis noches a la semana. Siempre el mismo autobús azul, siempre el mismo reloj redondo sobre el tablero, atrasado tres minutos.
Junto al reloj llevaba una fotografía pequeña, desteñida por el sol. Mostraba a un niño de unos seis años, serio y flaco, con una mochila azul adornada con una estrella. Gabriel no recordaba quién se la había dado. Sin embargo, nunca la quitaba de allí. A veces, antes de arrancar, le parecía que el niño de la foto estaba a punto de sonreír.
—Algún día vas a llegar a tiempo —le decía Marta, la despachadora.
Gabriel sonreía.
—Llevo veinte años llegando a tiempo.
No sabía por qué había dicho veinte. Al pensarlo, le pareció exagerado. Hacía unos meses que conducía, quizá un año. Pero Marta no lo corrigió. Solo le entregó la planilla y volvió a su oficina.
A las doce en punto, al pasar frente al cine, la vio por primera vez.
Una mujer esperaba bajo el techo de la parada, con un abrigo amarillo abrochado hasta el cuello. Sostenía un bolso pequeño y miraba el autobús como si llevara mucho tiempo aguardando.
Gabriel frenó.
La mujer subió despacio. No llevaba paraguas, aunque llovía. Tampoco parecía mojada.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenas noches, Gabriel.
La pasajera ya estaba sentada detrás de él. Gabriel la miró por el espejo.
—¿A dónde va?
—Al puente.
—Esta ruta no cruza el puente.
—Sí lo cruza.
—El puente está cerrado hace años.
La mujer apoyó el bolso sobre sus rodillas.
—Entonces, esta noche no tendrás que desviarte.
Gabriel no supo qué contestar. Miró otra vez por el espejo. La pasajera observaba la calle con la calma de quien conoce el final de una historia.
Sacó una moneda del bolso y la dejó en la caja. Gabriel la recogió al arrancar. Era oscura, pesada y tenía un agujero en el centro. Nunca había visto una igual.
La mujer se bajó dos paradas después, justo antes del puente. Al descender, se volvió hacia él.
—No dejes que se apague la luz, Gabriel.
—¿Qué luz?
Pero las puertas ya se estaban cerrando.
Al llegar a la terminal, Gabriel le mostró la moneda a Marta.
—¿Tú sabes de dónde salió esto?
La mujer la examinó y frunció el ceño.
—¿Quién te la dio?
—La pasajera del abrigo amarillo.
Marta dejó la moneda sobre el escritorio.
—No subió nadie.
—La viste.
—Estaba en la oficina.
Gabriel soltó una risa breve.
—Entonces fue una fantasma.
Marta no se rio.
—No vuelvas a parar frente al cine.
—¿Por qué?
—Porque esa parada ya no se usa.
—La señal sigue ahí.
—La señal también lleva años ahí.
A la noche siguiente, Gabriel llegó antes de su turno. Quiso revisar la ruta en los archivos de la empresa, pero no encontró una carpeta para la siete. En el plano nuevo, el recorrido terminaba en el parque. El puente aparecía tachado con una línea roja.
Buscó un plano viejo. Encontró uno amarillento, doblado en cuatro. La ruta siete llegaba hasta el otro lado del río y regresaba por la avenida. Al pie, una nota escrita a mano decía: «Servicio suspendido después del accidente del 14 de octubre de 1998».
Gabriel dobló el papel y lo guardó.
Esa noche, la mujer volvió a subir. El abrigo amarillo parecía más gastado que la noche anterior. Se sentó en el mismo asiento y puso el bolso sobre sus rodillas.
—Pensé que no volverías —dijo Gabriel.
—Yo también.
—¿Cómo te llamas?
La mujer bajó la mirada hacia sus manos.
—Elena.
—¿Por qué quieres llegar al puente?
—Porque allí fue donde nos separamos.
Gabriel mantuvo la vista en la carretera.
—¿De quién?
—De ti.
La mujer se bajó antes de que él pudiera preguntarle algo más.
A la noche siguiente, la parada frente al cine estaba vacía. Sin embargo, en el asiento delantero encontró un botón amarillo. Lo guardó en el bolsillo. Al tocarlo, le pareció recordar una mano que lo cosía a un abrigo, aunque no pudo saber de quién.
La cuarta noche, Elena volvió a subir. Esta vez llevaba el pelo recogido y Gabriel notó una pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda.
—¿Nos conocemos? —preguntó él.
—Sí.
—¿De dónde?
—De antes.
—No te recuerdo.
—Ya lo sé.
Una llovizna fina cubría el parabrisas. Los limpiadores no hacían falta: las gotas parecían quedarse quietas en el vidrio, suspendidas en el mismo lugar.
—Marta dice que la ruta no pasa por el puente —dijo Gabriel.
—Marta no sabe nada de esta ruta.
—Trabaja en la terminal.
—Trabajaba.
Gabriel miró el espejo.
—¿Qué quieres decir?
—Que ya no trabaja allí.
Elena abrió el bolso y sacó una fotografía. Se la entregó por encima del pasillo.
En la imagen había un autobús azul detenido junto al río. Junto a la puerta del conductor, un hombre joven sonreía a la cámara. Gabriel reconoció su cara, aunque más delgada y con el pelo oscuro. A su lado estaba Elena, sin la cicatriz y con una sonrisa amplia.
En el reverso había una fecha: 14 de octubre de 1998.
—¿Quién tomó esta foto? —preguntó Gabriel.
—La tomamos antes de salir.
—¿Antes de qué?
—De nuestro último viaje.
Gabriel volvió a mirar la imagen. En el fondo se veía el cartel de la ruta siete. En una esquina, un reloj marcaba las once y cuarenta y cinco.
—Esto no puede ser mío.
—Pero lo es.
—Yo no recuerdo esa noche.
—Lo sé.
—¿Qué pasó?
Elena miró por la ventana. El cine cerrado pasó lentamente a su lado, aunque el autobús seguía detenido.
—Llovía mucho. El río había crecido. El puente llevaba dos días cerrado, pero recibiste una llamada. Un niño se había quedado atrapado al otro lado. Dijiste que podías cruzar.
—No.
—Me pediste que te esperara en la terminal.
—No.
—Subí en la parada del cine porque no quería que fueras solo.
Gabriel apretó el volante. El cuero estaba frío.
—¿Quién era el niño?
—No había ningún niño.
—Entonces, ¿por qué crucé?
—A veces uno necesita una razón para hacer algo que ya decidió hacer.
El autobús volvió a moverse.
Gabriel no recordaba el puente, la lluvia ni haber visto a Elena subir. Pero una imagen empezó a abrirse paso en su cabeza: el río negro, el agua golpeando las columnas, las manos de Elena aferradas a la baranda del asiento. Y una luz roja parpadeando al otro lado del puente.
—¿Qué era esa luz? —preguntó.
Elena cerró los ojos.
—La señal de peligro.
—¿Y por qué dijiste que no dejara que se apagara?
—Porque la luz de emergencia seguía encendida cuando te encontré.
—¿Me encontraste?
La mujer no contestó.
Al llegar a la terminal, Gabriel buscó a Marta. La oficina estaba vacía. Sobre el escritorio había una taza, un lápiz y un calendario detenido en octubre de 1998.
En la pared colgaba una fotografía de los empleados. Gabriel reconoció a Marta, mucho más joven, junto a un grupo de conductores. Él aparecía en la fila de atrás. A su lado, Elena sostenía el abrigo amarillo.
Debajo de la fotografía había una placa:
«En memoria de los pasajeros y el conductor de la ruta 7. Accidente del 14 de octubre de 1998».
Gabriel dio un paso atrás.
La puerta se cerró detrás de él.
A la noche siguiente, no salió de la terminal. Se quedó sentado en la cabina, con el motor apagado y la moneda agujereada en la palma. Afuera, la ciudad estaba quieta. En el reloj del tablero, las agujas marcaban las once y cuarenta y dos. El segundero no se movía.
A las doce menos cuarto, las luces del autobús se encendieron solas.
Gabriel abrió la puerta.
Elena esperaba en la parada del cine.
Subió sin decir palabra. Tenía el abrigo mojado y el rostro pálido. Se sentó detrás de él.
—No tienes que llevarme —dijo.
—¿A dónde vamos?
—Al puente.
Gabriel encendió el motor.
Durante el recorrido, la ciudad fue perdiendo sus luces. Los edificios se volvieron manchas negras. Las calles conocidas desaparecieron bajo una niebla baja que se pegaba al asfalto.
Al acercarse al puente, empezó a llover con fuerza.
Gabriel vio el río. El agua corría alta, marrón y veloz. Las luces rojas de la señal parpadeaban al otro lado. A un costado, entre la espuma, algo azul chocaba contra una columna.
Era un autobús.
Gabriel detuvo el suyo antes del primer tramo del puente.
—No puedo cruzar —dijo.
Elena se levantó.
—Ya lo cruzaste.
—Nos caímos.
—Sí.
—Tú también…
—Sí.
Gabriel miró el río. En una de las ventanas rotas del autobús hundido brillaba una luz roja.
Entonces recordó el golpe, el vidrio quebrándose y el agua entrando por las ventanas. Recordó haber intentado abrir la puerta. Recordó a Elena sujetándole la mano.
Y recordó el silencio que vino después.
—¿Por qué seguimos aquí? —preguntó.
—Porque nunca terminaste el recorrido.
—¿Y tú?
—Te esperé.
La puerta del autobús se abrió. Del otro lado no estaba el puente, sino una calle tranquila, iluminada por faroles. Al final se veía una casa pequeña con una ventana encendida.
Gabriel reconoció la fachada. Era la casa donde había crecido. La lámpara del comedor seguía prendida, tal como su madre la dejaba cuando él volvía tarde.
—¿Vas a venir? —preguntó Elena.
Gabriel miró la fotografía junto al reloj. El niño de la mochila azul seguía allí.
Desde el primer asiento llegó un sonido: el timbre de parada.
Gabriel volvió la cabeza. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a la ventana. Abrazaba una mochila azul con una estrella cosida en el bolsillo.
Gabriel lo reconoció.
Era el niño de la foto.
Era él mismo.
—¿Por qué está aquí? —preguntó.
Elena le tomó la mano.
—Porque llevas años intentando llevarlo a casa.
Gabriel comprendió entonces que no había sobrevivido al accidente. Él y Elena habían muerto aquella noche, y la ruta siete era el último recuerdo que lo mantenía dando vueltas. La casa, la luz de la ventana y la parada del cine eran partes de una memoria que nunca había logrado completar.
Subió al autobús y se sentó junto al niño.
—¿Adónde vamos? —preguntó el pequeño.
Gabriel miró a Elena. Ella ya estaba detrás del volante.
—A casa.
El autobús arrancó. Esta vez no se dirigió al puente ni regresó a la terminal: avanzó hacia la luz del amanecer.
Por primera vez, el reloj del tablero marcó la hora correcta.
Y la ruta siete, por fin, terminó.