La primera vez que Elena vio la puerta, estaba segura de que siempre había estado allí.
Era una puerta pequeña, blanca, al fondo del pasillo.
No tenía pomo.
No tenía cerradura.
Y, sobre todo, no aparecía en el plano de la casa.
—¿Esa puerta lleva al sótano? —preguntó.
Su esposo levantó la mirada del periódico.
—Aquí no hay ninguna puerta.
Elena sonrió.
Pensó que estaba bromeando.
La casa era antigua. La habían comprado hacía apenas tres días, después de que el dueño anterior muriera. Según el agente inmobiliario, llevaba más de veinte años vacía.
Elena no le creyó.
Una casa abandonada durante veinte años no olía a café recién hecho.
Pero eso era lo que había encontrado aquella mañana.
Café.
Caliente.
Sobre la mesa de la cocina.
Había dos tazas.
Una para ella.
Otra para alguien que no recordaba haber invitado.
---
Aquella noche volvió a mirar la puerta.
Seguía allí.
Su esposo dormía.
Elena caminó descalza hasta el fondo del pasillo.
La puerta parecía más pequeña de cerca.
Pegó el oído.
Nada.
Entonces escuchó tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Elena retrocedió.
Los golpes volvieron.
Toc.
Toc.
Toc.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Se acercó otra vez.
—¿Hay alguien?
Esta vez oyó una voz.
Muy baja.
Muy lejos.
—Mamá.
Elena dejó de respirar.
No tenía hijos.
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A la mañana siguiente, la puerta había desaparecido.
Elena buscó durante casi una hora.
Revisó el pasillo.
El armario.
El baño.
Incluso arrancó un cuadro de la pared porque estaba convencida de que la puerta había estado detrás.
Nada.
Su esposo la encontró sentada en el suelo.
—¿Qué haces?
—Había una puerta.
Él suspiró.
—Otra vez con eso.
—La vi.
—Estabas cansada.
—Escuché a alguien.
Él se quedó quieto.
—¿Qué escuchaste?
—Una niña.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después él dijo:
—No vuelvas a hablar de eso.
Elena lo miró.
—¿De qué?
Su esposo no respondió.
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Esa tarde encontró una fotografía dentro de una caja que habían dejado los antiguos propietarios.
Era una fotografía familiar.
Un hombre.
Una mujer.
Y una niña.
La mujer era joven.
El hombre también.
La niña tenía unos seis años.
Elena reconoció inmediatamente al hombre.
Era su esposo.
Pero no reconoció a la mujer.
Ni a la niña.
En el reverso había una fecha.
17 de octubre de 1998.
Debajo, escrito con tinta azul:
“Elena, seis años.”
La fotografía cayó de sus manos.
Su esposo llegó diez minutos después.
La encontró llorando.
—¿Quién es ella?
Él vio la fotografía.
Su rostro cambió.
No pareció sorprendido.
Pareció cansado.
—¿Dónde encontraste eso?
—¿Quién es la niña?
Él se acercó y tomó la fotografía.
—No importa.
—Tiene mi nombre.
—No.
—Aquí dice Elena.
—No eres tú.
—¿Entonces quién es?
Él guardó silencio.
Elena sintió un frío lento en la espalda.
—¿Quién era esa niña?
Su esposo miró hacia el pasillo.
—No abras la puerta.
—¿Qué puerta?
Él no respondió.
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Esa noche Elena no durmió.
A las 3:17 de la madrugada escuchó pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Los pasos avanzaban por el pasillo.
Se detuvieron frente a su habitación.
Elena cerró los ojos.
La puerta del dormitorio comenzó a abrirse.
Muy despacio.
Esperó.
Nada.
Abrió los ojos.
No había nadie.
Entonces vio algo debajo de la cama.
Una mano.
Pequeña.
Pálida.
Elena gritó.
Su esposo encendió la luz.
—¡¿Qué pasó?!
—¡Hay alguien debajo de la cama!
Él no se movió.
Miró hacia el suelo.
Después la miró a ella.
—No mires.
Pero Elena ya estaba mirando.
La mano desapareció.
En su lugar había una hoja de papel.
Su esposo la recogió.
Elena se la arrancó.
Solo tenía una frase.
“Él dijo que me olvidaría.”
—¿Quién? —preguntó Elena.
Su esposo comenzó a llorar.
Era la primera vez que ella lo veía hacerlo.
—Tú.
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A la mañana siguiente, Elena encontró una segunda fotografía.
Esta vez no estaba dentro de una caja.
Estaba pegada en el espejo del baño.
La misma niña.
La misma casa.
Pero había algo diferente.
En el fondo aparecía la puerta.
Y detrás de ella, una mujer.
Elena.
La fotografía estaba fechada en 1998.
Elena tenía veintinueve años.
Pero en 1998 ella tenía seis.
O eso creía.
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Comenzó a buscar documentos.
Actas.
Fotografías.
Certificados.
Cualquier cosa.
Encontró una caja escondida detrás de un falso fondo del armario.
Dentro había documentos que no recordaba haber visto nunca.
Una partida de nacimiento.
Nombre: Elena Vargas.
Fecha de nacimiento: 17 de octubre de 1992.
Se quedó mirando el documento.
Después encontró otro.
Certificado de defunción.
Mismo nombre.
Misma fecha de nacimiento.
Fecha de muerte:
17 de octubre de 1998.
Elena dejó caer el papel.
Seis años.
Exactamente seis años.
Entonces recordó la fotografía.
La niña.
El nombre.
La puerta.
Y aquella voz.
“Mamá.”
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Su esposo estaba en la cocina.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto?
Él no respondió.
—¡¿Cuánto?!
—Desde el principio.
Elena sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Quién soy?
Él levantó la mirada.
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—¡Entonces explícame!
Él respiró profundamente.
—La niña murió hace veintiocho años.
—¿Cómo?
—Un incendio.
—¿Y yo?
—Tú apareciste tres días después.
Elena sintió náuseas.
—¿Dónde?
Su esposo señaló el pasillo.
—Detrás de esa puerta.
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La puerta apareció nuevamente esa noche.
Esta vez estaba abierta.
Elena no llamó a su esposo.
No gritó.
No huyó.
Simplemente caminó hacia ella.
Al otro lado había un dormitorio infantil.
Paredes rosadas.
Una cama pequeña.
Muñecas.
Dibujos.
Y un espejo.
Sobre la cama había una niña sentada.
De espaldas.
Elena avanzó.
—¿Eres tú?
La niña no respondió.
—¿Me conoces?
La niña levantó lentamente una mano.
Señaló el espejo.
Elena miró.
Su reflejo estaba allí.
Pero no era ella.
Era una niña de seis años.
Elena retrocedió.
La niña del espejo levantó la mano.
Elena no.
La niña sonrió.
Entonces habló.
—Llegaste tarde.
Elena quiso correr.
La puerta se cerró detrás de ella.
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Golpeó.
Gritó.
Arañó la madera.
—¡Ábreme!
Su esposo no contestó.
—¡Por favor!
Silencio.
Después escuchó su voz.
Del otro lado.
—Perdóname.
Elena sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué hiciste?
—Lo mismo que hicieron conmigo.
—¿Qué hiciste?
—Te prometí que nunca te olvidaría.
La niña comenzó a reír.
Una risa pequeña.
Casi dulce.
Elena miró hacia la cama.
Ya no había una niña.
Había una mujer.
Una mujer idéntica a ella.
Pero quemada.
La piel colgaba de su rostro.
Los ojos eran negros.
Y sonreía.
—No soy yo —susurró Elena.
La mujer inclinó la cabeza.
—Claro que no.
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Entonces Elena comprendió.
La fotografía.
La partida de nacimiento.
El certificado de muerte.
La casa.
Su esposo.
La puerta.
Todo.
No había sido comprada hacía tres días.
Había sido comprada hacía veintiocho años.
Por sus padres.
Ella había vivido allí.
Hasta aquella noche.
Hasta el incendio.
Pero alguien había sobrevivido.
No ella.
La otra.
La niña.
Su esposo había conocido a la verdadera Elena.
Había crecido con ella.
Había amado a la niña que murió.
Y cuando años después encontró a una mujer idéntica...
La llevó de regreso a la casa.
No para vivir con ella.
Para devolverla.
---
Elena corrió hacia la puerta.
La mujer quemada permaneció junto a la cama.
—¿Adónde vas?
—¡Déjame salir!
—No puedes.
—¡¿Por qué?!
La mujer sonrió.
—Porque esta siempre fue mi habitación.
Elena se detuvo.
—¿Qué quieres de mí?
La respuesta llegó desde detrás de ella.
La voz de su esposo.
—Nada.
Elena giró.
La puerta se había abierto.
Su esposo estaba allí.
Pero ya no parecía el hombre que conocía.
Parecía mucho más viejo.
Cansado.
Como si hubiera envejecido décadas en unos segundos.
—¿Qué significa esto?
Él la miró.
—Significa que funcionó.
—¿Qué funcionó?
—La memoria.
Elena sintió un fuerte dolor en la cabeza.
Las paredes comenzaron a moverse.
Las fotografías aparecieron una tras otra.
Ella de niña.
Ella de adolescente.
Ella adulta.
Siempre con la misma cara.
Siempre en la misma casa.
Pero en cada fotografía había algo diferente.
En algunas aparecía viva.
En otras, muerta.
En otras...
No aparecía.
—¿Qué soy? —preguntó.
Su esposo se acercó.
—La última copia.
Elena sintió que el suelo desaparecía.
—¿Copia de quién?
Él señaló el espejo.
La niña de seis años estaba allí.
Pero ahora no sonreía.
Lloraba.
—De ella.
---
Elena despertó en la cama.
Era de mañana.
La casa estaba tranquila.
Su esposo preparaba café.
Dos tazas sobre la mesa.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
Elena se sentó.
No recordaba haber regresado a la habitación.
—Tuve una pesadilla.
Él sonrió.
—Solo fue eso.
Elena miró hacia el pasillo.
No había ninguna puerta.
Respiró aliviada.
Se levantó.
Caminó hacia la cocina.
Entonces vio algo sobre la mesa.
Una fotografía.
La tomó.
Era una fotografía familiar.
Un hombre.
Una mujer.
Y una niña.
La niña tenía seis años.
El hombre era su esposo.
La mujer era Elena.
Pero detrás de ellos aparecía una cuarta persona.
Una mujer quemada.
Elena soltó la fotografía.
—¿Quién es ella?
Su esposo dejó de sonreír.
La miró durante unos segundos.
Después respondió:
—¿Quién?
Elena señaló la fotografía.
—Ella.
Su esposo tomó la imagen.
Frunció el ceño.
—Aquí solo estamos nosotros.
Elena volvió a mirar.
La mujer quemada había desaparecido.
Solo estaban los tres.
El hombre.
La mujer.
La niña.
Y entonces Elena escuchó una voz detrás de ella.
Una voz infantil.
Muy cerca de su oído.
—No le digas.
Elena se quedó inmóvil.
Su esposo levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
Ella no respondió.
La niña volvió a susurrar:
—Todavía no sabe que tú eres la que murió.
Elena sintió que alguien le tomaba la mano.
Una mano pequeña.
Helada.
Miró hacia abajo.
No había nadie.
Pero una voz comenzó a contar.
—Uno...
La luz de la cocina parpadeó.
—Dos...
Su esposo se levantó.
—¿Elena?
—Tres...
Elena sintió que algo respiraba detrás de su cuello.
—Cuatro...
La puerta apareció al fondo del pasillo.
Esta vez tenía pomo.
—Cinco...
La niña terminó de contar.
—Seis.
Elena miró a su esposo.
Él estaba llorando.
—Perdóname —susurró.
La puerta se abrió sola.
Dentro había un dormitorio infantil.
Una cama.
Un espejo.
Y una niña sentada en el suelo.
La niña levantó la cabeza.
Era idéntica a Elena.
Solo que tenía seis años.
Y estaba cubierta de cenizas.
—Mamá —dijo.
Elena no pudo moverse.
La niña sonrió.
—Ahora sí podemos irnos.
Y detrás de Elena, su esposo cerró la puerta.
Desde entonces, cada 17 de octubre, alguien deja dos tazas de café sobre la mesa.
Una para la mujer.
Otra para la niña.
Nadie sabe quién las prepara.
Pero quienes han entrado a la casa aseguran haber escuchado una tercera voz en el pasillo.
Una voz adulta.
Golpeando desde dentro de una habitación que, según los planos, nunca existió.
Toc.
Toc.
Toc.
Y siempre dice lo mismo:
—No soy ella.
Pausa
Ella soy yo.