A la una de la madrugada, el bullicio delirante del puerto de Hércules no era más que un titileo dorado a media milla náutica de distancia.
Fondeado en las aguas oscuras de Cap d’Ail, el superyate Nórdico —un titán de setenta metros en aluminio pulido y teca perteneciente a la división marítima de Hayes Global— cabeceaba sobre el oleaje suave del Mediterráneo. En el salón de la cubierta superior, los televisores de plasma empotrados entre paneles de nogal estaban silenciados, pero proyectaban en bucle la misma imagen que llevaba nueve horas saturando las cabeceras de los diarios de Tokio a Nueva York: el beso en el palco principesco de Montecarlo, congelado bajo titulares que oscilaban entre el escándalo dinástico y la euforia bursátil.
En la parte inferior de la pantalla, el teletipo financiero de la apertura de los mercados asiáticos marcaba una subida histórica del dieciocho por ciento para los bonos de Castelli-Hayes Racing Technologies.
Gabriela Hayes estaba descalza sobre la teca fría de la terraza de popa, apoyada contra la barandilla con una copa de cristal fino que contenía tres dedos de bourbon puro, sin hielo.
Había dejado atrás el uniforme de Savile Row. Vestía un slip dress de satén de seda en tono bronce oscuro, sostenido apenas por dos tirantes finos como cordeles que caían por su espalda descubierta hasta la cintura, acariciando la línea elástica de sus caderas en cada brisa marina. Tenía el cabello azabache suelto, secándose al aire salado en ondas que le rozaban los omóplatos, y la mirada verde esmeralda fija en el perfil iluminado del Casino sobre el acantilado.
La puerta corredera de cristal templado se deslizó a sus espaldas con un soplido hermético.
El aroma a cedro, salitre y calor vivo anunció la llegada de Matteo Castelli antes de que sus pisadas tocaran la madera.
El piloto salía de la ducha del camarote de armador. Vestía únicamente unos pantalones de lino crudo ajustados con un cordón a la cadera, descalzo, con el torso desnudo todavía hú…
Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones
Capítulo 43: Aguas territoriales
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