A las veintidós horas y cuarenta minutos, la sala de deliberaciones del Automobile Club de Monaco olía a café amargo recalentado, papel timbrado y esa cobardía burocrática que suele preceder a las decisiones que involucran millones de euros en derechos televisivos.
La iluminación de tubos fluorescentes desnudaba una mesa ovalada de roble barnizado en torno a la cual aguardaban los tres comisarios técnicos de la FIA, ataviados con sus chaquetas azul marino reglamentarias y semblantes exhaustos. A la izquierda, flanqueado por dos abogados británicos con peluca figurada en sus miradas y el director técnico de Aston Martin, Christian Vance permanecía recostado en su silla con las piernas cruzadas. Vestía una camisa de cuello italiano en tono lino crudo bajo una chaqueta informal de lana; su habitual displicencia de lord se mantenía intacta, pero la rapidez con la que tamborileaba los dedos sobre la superficie de madera delataba que la maniobra era su último recurso desesperado.
En el rincón opuesto, sentado junto a Thomas Davenport como una esfinge de obsidiana impermeable al cansancio, Arthur Hayes no despegaba los ojos de su reloj de bolsillo.
La puerta de doble hoja se abrió sin previo aviso.
Gabriela Hayes entró primero.
Se había cambiado en tiempo récord: vestía unos pantalones de corte recto en crepé negro mate de talle impecable, una blusa de seda cerrada hasta el cuello en un tono gris mercurio y una americana entallada sin solapas que le otorgaba el porte de un halcón de presa entrando en un palomar. Llevaba el cabello azabache recogido en una coleta baja, tirante y geométrica; sus facciones aristocráticas estaban limpias de cualquier artificio y sus ojos verde esmeralda, libres de las gafas que durante meses habían adormecido a sus rivales, barrieron la mesa con un desdén clínico.
Medio paso por detrás, Matteo Castelli completaba la invasión.
Llevaba un traje negro sin corbata, con el cuello de la camisa abierto sobre el inicio del pecho y la chaqueta desaboto…
Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones
Capítulo 41: Veredicto a medianoche
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