Las semanas siguientes trajeron una calma tensa a la capital. El pacto de caballerosidad entre Lysandra y Gideon fortaleció su vínculo de una forma sólida y madura. Se veían a diario, compartían lecturas, paseos a caballo y largas conversaciones sobre historia, arquitectura y botánica. Sin embargo, la creciente e innegable cercanía entre la heredera de los Ashford y el inmensamente rico Duque del norte no pasó desapercibida para los ojos maliciosos de Mayfair.
En particular, para Lord Lucian Prescott.
Para Lucian, la visión de Lysandra floreciendo, sonriente y del brazo del hombre más codiciado de la temporada era una espina clavada profundamente en su orgullo golpeado. Sus acreedores comenzaban a presionarlo y su compromiso con Lady Clarissa no avanzaba con la rapidez financiera que él necesitaba.
Una tarde, en el exclusivo Salón de Cigarros del Club Carlton, Lucian se rodeó de varios caballeros influenciables de la aristocracia para sembrar su veneno.
—Es patético, verdaderamente patético —decía Lucian con tono despectivo mientras hacía girar el brandy en su copa—. Ver a un hombre del norte, un salvaje que apenas sabe sostener un tenedor de pescado, ser manipulado de esa forma. Lady Lysandra lo lleva atado del cuello como a un perro de caza.
—Bueno, Prescott, el Duque posee una fortuna impresionante —comentó Lord Etienne, encendiendo un puro—. Y hay que admitir que Lady Lysandra parece haberlo educado bastante bien. Anoche en la ópera, Lord Ravenscroft se comportó como un verdadero par del reino.
—¡Educado! —se burló Lucian con amargura—. Lo que ha hecho esa mujer es aprovecharse de la torpeza mental y la inexperiencia social de Ravenscroft. El pobre hombre no sabe cómo librarse de ella. Lysandra perdió su reputación al romper nuestro compromiso y ahora está usando todas sus artimañas para cazar a un Duque distraído antes de que él se dé cuenta de la arpía con la que se está metiendo.
Lo que Lucian no sospechaba era que el Conde de Ashford, el padre de Lysandra, se encontraba al otro lado de la mampara de caoba, escuchando cada infamia.
Esa misma noche, el Conde recibió a Gideon en el despacho de la residencia Ashford. Tras servir dos vasos de whisky añejo, el anciano aristócrata miró fijamente al joven Duque.
—Lord Ravenscroft —comenzó el Conde con voz grave—. Sé que las costumbres de Mayfair le resultan ajenas, pero los rumores que corren sobre la honra de mi hija y las intenciones de usted están alcanzando un punto crítico. Lucian Prescott está intentando manchar el nombre de Lysandra para justificarse a sí mismo.
Gideon no mostró enojo impulsivo. En su lugar, sus ojos grises se volvieron fríos y precisos como el acero pulido.
—Señor Conde —respondió Gideon con una calma majestuosa que impresionó al anciano—. Conozco la bajeza de Prescott. Pero le aseguro que las palabras de un cobarde no afectan la estima en que tengo a su hija. Si me lo permite, demostraré a toda esta ciudad de qué está hecho el honor de un Ravenscroft.
El Eco Detrás De La Cortina
Rumores y la sombra de la venganza
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