Tenía muchas cosas en mente, pero el pensamiento que más rondaba en mi cabeza eran mis hijos.
¿Qué iba a pasar con ellos?
Kian, aunque tenía 9 años, era un niño inteligente y podía darse cuenta de las cosas; sin embargo, mi pequeña Karina tenía solo 7 añitos y siempre se había considerado la princesa de papá. Tenía miedo de que ellos no quisieran venir conmigo.
Con el corazón en una mano y un maremoto de emociones en la otra, caminé rumbo a la escuela de los niños, que estaba cerca; caminando me tomaría cerca de una media hora llegar, justo a la hora de la salida.
Intenté parar un taxi, pero por más que esperé, ninguno pasó. Resignada, emprendí mi camino mientras pensaba en cómo hacer que toda esta situación no sonara tan trágica para los niños.
Después de todo, su padre me había echado de la casa sin importarle nada, ni siquiera ellos. Para Armando era fácil decir que los niños lo iban a elegir a él. Sin embargo, ¿qué pasa si no lo hacían?, ¿qué pasa si ellos me elegían a mí?, ¿acaso los iba a mandar a la calle a ellos también?
—Pero ni crea que esto se va a quedar así. Debo consultar con un abogado —murmuré para mí misma.
Pronto llegué a la escuela de los niños. El sol, arriba en el cielo, se mantenía oculto por nubes oscuras, como si pudiera augurar una tormenta. Observé con sentimientos encontrados a los niños que iban de la mano de sus padres.
—Buenas tardes —saludé al conserje con la intención de preguntar por mis hijos, ya que no los veía y ellos eran puntuales, siempre estaban esperando en la entrada por alguno de nosotros, por lo que el conserje los tenía identificados—: Soy la mamá de Karina y Kian, Karla. ¿Sabe por si acaso si ellos ya salieron?
—Buenas tardes, señora Karla —me saludó con una sonrisa antes de colocar una expresión seria—. Me temo que ellos ya se fueron. Hace unos diez minutos llegó el señor Armando y se llevó a los niños.
Me quedé congelada ante lo que dijo; incluso pensé en decirle que me repitiera sus palabras, mas no lo hice en cuanto vislumbré el carro de Armando a unas dos cuadras. Podía ver que dentro iba Karina junto con Kian. Sin pensarlo dos veces, corrí detrás de él.
— ¡Espera! ¡Mis hijos! ¡No puedes llevarte a mis hijos! —gritaba desesperada.
Sentía mis pulmones arder, mi respiración estaba agitada, incluso mis piernas parecían que iban a desfallecer en algún momento; sin embargo, nada de eso me importaba.
— ¡Devuélveme a mis hijos! ¡Devuélvelos! —grité hasta que mis pasos fueron detenidos por el impacto de un auto.
El estallido ocurrió en un segundo; sabía que fue por mi imprudencia, después de todo había estado corriendo detrás de un auto sin siquiera mirar el camino. Estaba agradecida de que el impacto no fuera tan grave; al analizar mi cuerpo, a lo mucho solo me saldrían algunos moretones. Mientras intentaba levantarme del suelo, la puerta del auto negro que acababa de colisionar conmigo se abrió.
Lo primero que mis ojos vieron fueron unas botas de cuero algo pasadas de moda; luego le siguió un pantalón de cuero muy pegado a las piernas del sujeto, en el que incluso pude ver el contorno de su entrepierna. Rápidamente subí mi mirada hacia unos ojos oscuros como los de un cuervo.
El hombre era guapo, pero muy intimidante.
Me sentí intimidada.
— Yo… lo siento, no vi el auto y crucé sin pensar, lamento si le causé daño —dije poniéndome de pie—. No tiene que preocuparse, sé que es mi culpa, por lo que no presentaré una queja…
Mi voz se hizo cada vez más pequeña ante su mirada penetrante.
¿Por qué no decía nada? ¿Acaso quería que lo compensara por el rayón en su auto?
— No tengo dinero en este momento, yo… mejor me voy, tengo una urgencia.
El hombre metió la mano en su bolsillo.
¿No me digan que iba a sacar un arma? ¿Y si era un matón?
Dios.
Sin esperar a que el hombre, del que ni siquiera sabía su nombre, hablara, me eché a correr. Cuando miré hacia atrás para ver si me seguía, me di cuenta de que el hombre sostenía en su mano un pañuelo.
¿Acaso me planeaba secuestrar?
Me mordí el labio y luego seguí corriendo hacia mi casa en busca de mis hijos.
Estaba desesperada; no sabía, pero presentía que Armando podría estar en este momento hablándoles mal de mí, llenando sus cabezas de mentiras tal como lo había hecho con los vecinos. No podía permitir que eso sucediera. Intenté buscar mi celular, pero recordé que lo dejé en el taller mecánico.
Como sabía muy bien que no podía hacer esto sola, no ante alguien que era capaz de torcer la verdad a su conveniencia, fui directo hacia el lugar de mi trabajo.
Mis piernas dolían, mi respiración se mostraba cada vez más errática, incluso mi corazón quemaba dentro de mi pecho. En este preciso momento, al caminar por las calles desoladas de mi barrio, viendo cada grieta y bache en mi camino, las envejecidas casas que ni habían cambiado aún con el paso del tiempo hicieron que me sintiera tan cansada.
¿Por qué sus sentimientos habían cambiado?
¿Por qué no podían permanecer como estas viejas casas inamovibles?
¿Por qué?
La respuesta la obtuve rápidamente cuando en un charco con agua opaca vi mi reflejo.
— Tan fea —susurré al ver a la mujer de mirada agitada y rostro manchado que me devolvía la mirada.
Mis ojos eran de un color avellana tan común como las piedras del camino; mi cabello era una maraña, se veía opaco y sin vida. Mi cara estaba quemada por el sol abrasador y, aunque aún no se me notaban las arrugas, delgadas líneas de expresión adornaban las esquinas de mis ojos, que me hacían ver agitada y melancólica. Aunque era delgada, ciertamente no era una supermodelo; después de todo, había dado a luz a dos niños, y parte de mi cadera y mi estómago tenían estrías que no resultaban nada agradables a la vista. Y aunque había visto a muchas mujeres amar sus cuerpos aún con estos defectos y realmente las admiraba, yo no podía ser igual a ellas aunque quisiera. La mirada de desaprobación de Armando cada vez que teníamos intimidad solo me hacía sentir miserable y culpable por no cuidar mi cuerpo. No podía hacerlo, incluso mis pechos, que ya no tenían la rigidez de mi juventud, me hacían sentir enferma.
Cuando pensaba en sexo, lo único que se me venía a la mente era la imagen llena de desagrado de Armando al notar los defectos en mi cuerpo, por lo que evitaba tener relaciones con él.
Quizás él tenía razón. Tal vez debí cuidar mejor mi apariencia, quizás…
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Comments
mariela
Ella misma se sabotea no queriendo tener sexo con Armando por sentirse el cuerpo feo lleno de estrías y el descuido de su cabello y cutis el autoestima bien bajo lo tiene.
2026-08-23
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