Capítulo 4: El regreso a casa

Estábamos en el auto, de camino a mi casa. Mi papá conducía, mientras que Alessandro iba sentado en el asiento de atrás, mirando por la ventana. Yo iba sentado al lado de mi papá, mirando a Alessandro de vez en cuando.

—¿Querés ir a comer a mi casa hoy? — Le pregunté, aunque casi fue como una invitación u orden. Tenía miedo de dejarlo solo con la basura de padre que tenía él. No recibí respuesta de él.

—Alessandro, escucháme, vamos a casa a comer, después te llevo a tu casa, ¿sí? — le dije otra vez. Miré a mi papá para que me ayudara y entendió lo que quise decirle con la mirada.

—Sí, Alessandro, cierto? Vamos a comer a casa y después te acompañamos a tu casa. Mi esposa estará más que feliz cuando se entere de que alguien más va a comer en nuestra mesa — dijo mi papá.

Me miró y me sonrió débilmente. Le agradecí con la cabeza.

—Sería un gusto ir, pero estoy sucio. Necesito bañarme primero — dijo Alessandro.

No pude evitar reírme y mi papá también se reía.

—Puedes ducharte en mi casa, te voy a prestar ropa — estaba sonriendo.

—Entonces, sí voy — dijo él y pude notar una sonrisa débil.

Le envié un mensaje a mi mamá y ella aceptó feliz. Llegamos a la casa y ya había agua caliente en la ducha para que se bañe.

—Arriba está el baño — le dijo mi mamá.

Le señalé el lugar a Alessandro y le seguí. Le di una camisa, pantalón, medias y un suéter ya que hacía frío.

Cuando salió de la ducha, su cabello todavía estaba húmedo.

—Sentate acá — le señalé mi cama.

Él se sentó y le sequé mejor el cabello.

—Qué lindos rulos tenés. ¿Te gusta la comida casera? — le pregunté.

—Sí, aunque hace ya ocho años que no como comida casera. Solo comía cosas en bolsas — dijo Alessandro.

—¿Puedo saber el porqué? — le dije con intriga.

—Mi mamá falleció hace ocho años, cuando yo tenía diez años. Desde ese entonces, mi papá cayó en el alcohol y... bueno... _hizo una pausa_... ya sabés lo que viste — dijo Alessandro, con una mirada triste.

—¿Y no tenés a ningún otro familiar? — le pregunté, pude notar su tristeza y sentía tristeza por él.

—No, los familiares de mi mamá viven en Tierra del Fuego y estamos en Buenos Aires, es muy lejos ir hasta allá — dijo sin ninguna molestia.

—Listo — su cabello estaba seco.

—Vamos a comer — le di un empujón jugando y él rió.

Bajamos y la comida estaba ya hecha, era milanesa a la napolitana.

Mi hermano nos dijo que nos laváramos las manos y eso hicimos, nos sentamos y comimos, mi mamá le sirvió a Alessandro que agarraba por vergüenza.

—Comé, mi corazón. Aprovechá hasta lo último, y comé tranquilo, acá nadie te va a decir nada — le dijo mi mamá.

Alessandro agradeció y agarró el plato. Pude notar como contenía el llanto y le di un poco de jugo. Mi hermano le dio un pañuelo.

"Aunque mi hermano sea malo conmigo a veces, con los demás es amable", pensé.

La cena transcurrió con normalidad. Después, cuando juntamos los platos y cubiertos sucios para lavarlos, vimos como Alessandro buscó en su pantalón su billetera y sacó plata. Se la dio a mi mamá y ella lo miró con rareza.

—Pero no, hijo, esto es tuyo. Nadie dijo que tenías que pagar por la comida — dijo mi mamá y le devolvió la plata.

Alessandro no sabía qué hacer y me acerqué a él.

—Sos más que bienvenido a comer o a pasar el día aquí cuando quieras, y como dijo mi mamá, el dinero es tuyo, guardálo y gastálo en vos — le sujeté del hombro.

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