Elizabeth tuvo la esperanza hasta el último instante de que su padre se retracte, pero fue todo lo contrario, los invitados la miran con desprecio y murmuran todo tipo de cosas. Perdiendo la poca dignidad que le queda baja la cabeza y guarda silencio. Apenas tuvo la oportunidad de salir del salón sin que lo notaran, encontró un pasillo oscuro que la llevó a un lugar desolado. "Debo encontrar una salida", se repitió, con determinación. Su mirada se posó en una cerca lejana del jardín, donde un pequeño hoyo parecía la única vía de escape. Detrás, el bosque se extendía como un abismo misterioso.
Con un impulso desesperado, se tiró al suelo y intentó pasar por el hoyo, pero era demasiado estrecho. No se rindió. Con las manos desnudas, comenzó a cavar, desgarrando su vestido en el proceso. Una vez al otro lado, corrió sin mirar atrás, alejándose del castillo y su dolor. La noche la envolvía como un sudario, fría y oscura. Pero Elizabeth siguió adelante, impulsada por la adrenalina y el miedo.
Finalmente, exhausta, se refugió bajo un árbol, esperando el amanecer. Los ruidos nocturnos la rodeaban, bestias salvajes que parecían acecharla. Aterrorizada, se acurrucó, contando los minutos hasta que el sol asomara, trayendo consigo una nueva esperanza.
Elizabeth se despertó con un sobresalto, el grito de "¡Busquen más allá, vamos!" resonando en sus oídos. El rocío la había empapado, y el frío calaba hasta los huesos. Se levantó con dificultad, su corazón latiendo como un tambor.
"¡Allí, está por allí!", gritaron las voces.
Elizabeth corrió desesperada, pero cada paso era un esfuerzo sobrehumano. Su aliento se agotaba, y el miedo la consumía. ¡Sigan que no escape!, ordenaron.
Un golpe brutal en el pie la derribó. El dolor era insoportable, como cuchillos clavados en su piel. Gritó, pero no se rindió. Se arrastró por el suelo, buscando escapar.
"¡Te tengo!", exclamó una voz.
Elizabeth miró hacia arriba y vio una figura cubierta de negro. Sujetó su capa y suplicó ayuda. Todo se oscureció.
Una luz intensa la despertó, mareada y confundida. "¿Qué me pasó? ¿Qué hago aquí? ¡Mi pie me duele mucho!", gritó.
La cama familiar la recibió como un regreso al infierno." ¡Otra vez aquí!", se lamentó.
La lluvia caía por la ventana, el único consuelo en su desolación. Desde que Henry se fue, todos sus días eran grises.
"Por qué me dejaste, no aguanto esta pena, duele demasiado… Si estuvieras tendría por qué luchar", sollozó.
Lágrimas caían sobre sus manos." Si tú no te hubieras ido, todo sería diferente, no estaría aquí, sino contigo." Pero ya nada queda, solo el vacío y la agonía.
La puerta se abrió y su padre entró con pasos lentos y deliberados, su mirada arrogante y glacial. Elizabeth se sintió atrapada, sin escapatoria.
"¿Cómo pudiste hacerle esto al futuro rey, Elizabeth?", preguntó con voz venenosa. "¿No piensas en tu familia? Él podría destruirnos con un gesto, y tú lo estás arriesgando todo."
Una bofetada la derribó al suelo. Elizabeth se sintió mareada y confundida.
"¿Acaso tu hermano y yo no merecemos una vida mejor?", continuó su padre. "Eres una ingrata. Después de todo lo que te di, te alimenté y te brindé un hogar, ahora debes pagarme."
Elizabeth se quedó en silencio, sabiendo que nada de lo que dijera cambiaría la situación.
"¡Espero que no lo hayas arruinado!", gritó su padre. "Narón no se quedará de brazos cruzados."
Elizabeth levantó la mirada, buscando algo de humanidad en los ojos de su padre, pero solo encontró frialdad.
"Espero que hayas entendido", dijo su padre con voz firme. "No habrá una próxima vez."
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Veronica Orea
Elizabeth se aferra a buscar l a libertad, pero es como si ella no lo tuviste permitido y mucho menos soñarlo, su padre no será clemente con ella
2025-01-21
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