La ceremonia y la desaparición.

El día finalmente ha llegado. Estoy de pie frente al espejo, vestido con una túnica ceremonial que brilla como la plata bajo la luz de las velas. Todo en mí parece ajeno. Mi reflejo no se siente mío, ni la sonrisa ensayada que los sirvientes me han recordado mantener. Mi madre insiste en que este es el deber de un príncipe Omega: sacrificarse por el bien del reino. Pero mientras miro mi propio rostro, lo único que siento es una opresión en el pecho que me corta la respiración.

Un golpe suave en la puerta me saca de mis pensamientos.

—Adelante —digo, aunque mi voz tiembla.

Einar entra en la habitación, y por un momento todo mi mundo se reduce a él. Su armadura ceremonial brilla bajo la misma luz que parece apocar mi reflejo. Su cabello negro desordenado cae sobre su frente, y sus ojos azules me miran con una intensidad que siempre me ha desarmado. Con él, no necesito sonreír ni fingir.

—¿Estás listo? —me pregunta, su voz baja y seria.

Niego con la cabeza, sintiendo que todo en mí se quiebra.

—No puedo hacerlo, Einar.

El caballero cierra la puerta detrás de él, asegurándose de que nadie nos interrumpa. Se acerca a mí, y su mera presencia llena la habitación con algo que no puedo describir, pero que me calma y me atormenta al mismo tiempo.

—Leif, este es tu destino. Sabes lo que está en juego.

Me río, un sonido amargo que no se parece a mí.

—¿Mi destino? ¿Unirme a alguien que no amo? ¿Vivir una vida que no quiero? ¿Eso es lo que todos esperan de mí?

—Es lo que el reino necesita —responde, pero hay algo en su voz que titubea, como si quisiera creerlo pero no pudiera.

Lo miro, incapaz de contenerme más. Me acerco a él y tomo sus manos entre las mías. Las siento cálidas, firmes, el ancla que siempre ha sido para mí.

—¿Y qué hay de lo que yo necesito? —mi voz es un susurro, apenas audible. Sus ojos me buscan, confundidos, pero no lo dejo apartarse—. ¿Qué hay de lo que siento, Einar?

—Leif… —dice mi nombre como una advertencia, pero no me detengo.

—Dime, Einar. ¿Estás dispuesto a acompañarme en este camino de espinas? ¿A caminar conmigo, aunque eso signifique desafiar a todos?

Por un instante, el tiempo parece detenerse. Einar me mira como si estuviera buscando algo en mi alma, y cuando finalmente asiente, siento que el aire vuelve a llenar mis pulmones.

—Siempre estaré contigo —responde, su voz tan baja que casi no la escucho—. Hasta el final.

No necesito más. Antes de pensarlo, me inclino hacia él y lo beso. Al principio es un roce tímido, como si temiera que pudiera romperse, pero cuando siento su respuesta, todo en mí se desmorona. Su mano sube hasta mi rostro, y yo me aferro a su cuello, como si soltarlo fuera imposible.

Algo dentro de mí se libera, un instinto que había estado enterrado pero que ahora toma control. Siento el calor recorrer mi cuerpo, y sin darme cuenta, mis orejas de lobo Omega emergen, suaves y temblorosas. Me aparto apenas un momento, lo suficiente para verlo abrir los ojos.

—¿Leif?

—No puedo evitarlo —admito, mi voz temblando. Puedo sentir el rubor subir por mi cuello—. Es… es mi instinto.

Einar me mira fijamente, y algo cambia en su expresión. Su mano se mueve hasta mis orejas, acariciándolas con una suavidad que me deja sin aliento.

—Eres hermoso —murmura, y su voz está cargada de algo que nunca había escuchado antes.

De repente, su propio cuerpo reacciona. Sus orejas de lobo Alfa emergen, negras como la noche, erguidas con fuerza, mientras su aroma me envuelve. Es un olor cálido, protector, que me hace sentir seguro.

—Einar… ¿estás…?

—Sí —responde, casi sin aire—. Esto no es algo que puedo controlar. Es porque…

—Nos estamos impregnando —susurro, completando sus palabras.

El silencio que sigue no es incómodo, sino lleno de algo poderoso. Mis manos se aferran a su pecho, y siento cómo su corazón late tan rápido como el mío. Nuestros aromas se mezclan, creando un lazo invisible pero irrompible.

—No quiero que te cases con Astrid —dice finalmente, su voz cargada de emoción.

—No voy a hacerlo —respondo, mi decisión más clara que nunca.

—Entonces, vámonos de aquí —propone, y aunque sugiere algo tan descabellado, yo simplemente asiento.

Nos quedamos unos momentos más, enredados en el aroma del otro, antes de que tomemos nuestra decisión final. Lo que viene será peligroso, pero por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo. Tengo a Einar. Y eso es todo lo que necesito.

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