11

Kain, paralizado en lo alto de las escaleras, observó cómo los guardias comenzaban a mover los cuerpos, limpiando la escena de la masacre. El horror de la situación se le clavaba en el alma, pero sabía que no podía mostrar debilidad. Su padre no lo permitiría.

Finalmente, reunió el valor suficiente para descender las escaleras. Sus pasos resonaban en el vacío que había dejado la violencia. Se acercó a su padre, quien ahora supervisaba la limpieza con una calma inquietante.

—Papá... —comenzó Kain, su voz apenas un susurro.

Daniel lo miró de reojo, un destello de reconocimiento en sus ojos. Pero su expresión no cambió.

—No es momento para preguntas, Kain. Vuelve a tu habitación y cuida de tu hermano. Yo me encargaré de esto.

Kain asintió lentamente, sabiendo que discutir con su padre era inútil. Sin embargo, algo dentro de él se revolvía, una mezcla de ira y miedo que no podía ignorar. Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras de nuevo, cada paso más pesado que el anterior.

Al llegar a su habitación, encontró a Javier aún escondido bajo las sábanas. Se sentó a su lado y lo abrazó con fuerza, sintiendo el temblor de su hermano contra su propio cuerpo. No sabían qué les depararía el futuro, pero Kain estaba decidido a proteger a Javier, sin importar el costo.

Luego de que la mansión se apoderara de un silencio profundo, Kain le pidió a su hermano que no saliera de la habitación por nada del mundo si él no lo venía a buscar. Javier, con el rostro aún pálido de miedo, asintió y se escondió debajo de las sábanas, su pequeño cuerpo temblando.

Durante la noche, la cena estaba lista y Hana fue a buscarlos a su habitación. Kain estaba tan centrado en cuidar de su hermano que no había pensado en ella. Al verla entrar, su preocupación se hizo evidente.

—¿Dónde estabas, Hana? —preguntó con voz tensa, mirándola fijamente.

Hana, con una expresión de agotamiento y miedo, respondió:

—Tu padre me dejó encerrada en el sótano. Sabía que algo iba a pasar.

Kain frunció el ceño, tratando de asimilar esa información. La ira y la confusión se mezclaban en su mente.

—¿Quiénes eran esos hombres? —insistió Kain, queriendo entender más.

—Ellos robaron su mercancía. No me hagas más preguntas, Kain. Sabes cómo se pone Daniel —respondió Hana, visiblemente nerviosa—. Bajemos a cenar, todo está listo.

Kain asintió lentamente, aún procesando la información. Se levantó y miró a su hermano, que estaba acurrucado en la cama.

—La casa está limpia —dijo Hana, tratando de sonar tranquilizadora—. Vamos.

Kain tomó una respiración profunda y se dirigió hacia la puerta, ayudando a su hermano a levantarse. Al bajar las escaleras, los tres se encontraron con un ambiente extrañamente normal, como si los eventos de la tarde no hubieran sucedido. El contraste era perturbador.

La mesa estaba impecablemente puesta, y el olor de la comida llenaba el aire, intentando ocultar el hedor de la violencia reciente. Daniel ya estaba sentado, con una expresión impasible en su rostro. Al ver a Kain, Javier y Hana acercarse, levantó la vista y habló en un tono frío y autoritario.

—Siéntense. Tenemos mucho de qué hablar.

Kain intercambió una mirada con Hana antes de tomar asiento, sintiendo el peso de la tensión en la sala. Javier, aún temblando, se sentó a su lado, aferrándose a la mano de su hermano mayor.

Mientras comenzaban a cenar, Daniel los observaba detenidamente, cada palabra y cada movimiento cargado de una amenaza implícita. Kain sabía que esta era solo una tregua temporal, y que el verdadero peligro aún acechaba en las sombras de su propia casa.

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