El susurro de las hojas en el jardín y la suave luz de la luna creaban un ambiente íntimo y romántico mientras Genevieve y Thomas caminaban juntos, alejándose del bullicio del baile de la sociedad. Habían encontrado un rincón tranquilo y apartado, lejos de las miradas indiscretas y los oídos curiosos, donde podían estar solos y hablar con libertad.
Genevieve se detuvo bajo un árbol frondoso, mirando a Thomas con una mezcla de emoción y nerviosismo en sus ojos. Habían pasado tanto tiempo desde su última conversación íntima, y ella anhelaba la cercanía de él más de lo que podía admitir.
Thomas la miró con afecto, sintiendo su corazón acelerarse ante la proximidad de Genevieve. Había luchado con sus sentimientos por ella durante tanto tiempo, tratando de resistir la tentación de sucumbir al deseo que lo consumía. Pero en ese momento, con la luna brillando sobre ellos y el suave murmullo de la brisa en sus oídos, ya no podía negar lo que su corazón anhelaba más que nada en el mundo.
Sin decir una palabra, Genevieve se acercó a él, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras se perdía en sus ojos oscuros. Había una electricidad en el aire entre ellos, una tensión palpable que los envolvía y los acercaba más de lo que nunca habían estado.
Y luego, en un instante de pura rendición, Thomas se inclinó hacia adelante y capturó los labios de Genevieve en un beso apasionado y ardiente. Fue como si el mundo entero se detuviera en ese momento, con solo ellos dos existiendo en una burbuja de pura emoción y deseo.
Los labios de Genevieve respondieron con urgencia, sus manos aferrándose a los hombros de Thomas mientras se dejaba llevar por la ola de sensaciones abrumadoras que la envolvían. Había soñado con este momento durante tanto tiempo, imaginando cómo sería sentir los labios de Thomas contra los suyos, y ahora que finalmente estaba aquí, no quería que terminara nunca.
El beso fue un torbellino de emociones, un baile de pasión y anhelo que los consumió por completo. Se aferraron el uno al otro como si sus vidas dependieran de ello, perdidos en el éxtasis del momento y la promesa de lo que estaba por venir.
Pero incluso mientras se dejaban llevar por la intensidad del beso, una pequeña voz en el fondo de sus mentes les recordaba que lo que estaban haciendo era peligroso y prohibido. Thomas era un sacerdote, comprometido con su fe y su deber hacia la iglesia, y Genevieve era una dama de la alta sociedad, cuyo comportamiento estaba sujeto a escrutinio y juicio por parte de los demás.
A pesar de esas advertencias silenciosas, ninguno de los dos podía detenerse. Estaban demasiado atrapados en el calor del momento, en la urgencia y el deseo que los consumía por completo.
Y así, se quedaron allí bajo la luz de la luna, compartiendo un beso robado que los unía de una manera que nunca habían experimentado antes. Era un momento de pura felicidad y éxtasis, un recuerdo que guardarían en sus corazones para siempre, incluso cuando las realidades de sus vidas separadas los llevaran por caminos diferentes.
Finalmente, se separaron, con sus labios húmedos y sus corazones latiendo con fuerza en sus pechos. Se miraron el uno al otro con una mezcla de asombro y alegría, incapaces de creer lo que acababan de compartir.
—Genevieve... —murmuró Thomas, apenas en la noche—. No puedo... no puedo creer que acabamos de hacer eso.
Genevieve sonrió, su corazón estaba lleno de una alegría radiante que no podía contener.
—Yo tampoco, Thomas. Pero no me arrepiento en lo más mínimo. Ese fue el beso más maravilloso de mi vida.
Se quedaron en silencio por un momento, sus ojos estaban encontrándose en un entendimiento mutuo que trascendía las palabras. Habían compartido algo especial, algo único, y aunque el futuro era incierto, sabían que siempre tendrían ese momento para atesorar entre ellos.
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