†Una lección sobre la soberbia y el 𝙧𝙚𝙨𝙥𝙚𝙩𝙤†
En lo más alto de una montaña vivía un águila de alas majestuosas. Aunque era fuerte y podía volar por encima de las nubes, era un ave silenciosa que prefería observar el mundo antes que presumir de sus habilidades.
En el mismo bosque vivía un loro de plumas coloridas, lengua afilada y un orgullo tan grande que apenas podía escuchar a los demás.
Una mañana, el loro encontró al águila descansando sobre una rama y comenzó a reírse de ella.
—¡Mírate! ¡Tienes unas alas enormes y, aun así, pasas horas sin hacer nada! ¡Yo puedo imitar cualquier sonido, hablar como los humanos y hacer reír a todos! ¿Qué puedes hacer tú aparte de mirar a los demás desde las alturas?
El águila lo miró tranquilamente.
—No necesito demostrarte nada, pequeño loro.
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué respuesta tan aburrida! Seguro tienes miedo de admitir que soy más talentoso que tú.
Los demás pájaros comenzaron a reír. El loro, encantado con la atención, pasó los siguientes días burlándose del águila. Incluso imitaba su voz frente a los otros animales para hacerla quedar en ridículo.
Hasta que una tarde, una tormenta azotó el bosque.
El viento arrancó ramas, los árboles se sacudieron y las aves pequeñas comenzaron a buscar refugio. El loro, que había estado presumiendo de sus habilidades, intentó volar hacia su nido, pero las fuertes corrientes lo empujaron lejos de los árboles.
—¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien me ayude! —gritó desesperado.
Ninguno de los pájaros podía acercarse sin ponerse en peligro.
Entonces, entre las nubes oscuras, apareció el águila.
Con sus poderosas alas, logró acercarse al loro y guiarlo hasta una grieta protegida entre las rocas. Cuando finalmente estuvieron a salvo, el loro temblaba de miedo.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó avergonzado—. Yo me burlé de ti delante de todos. Te llamé inútil y presumida.
El águila acomodó sus alas mojadas y respondió:
—Porque tu crueldad nunca me obligó a convertirme en alguien cruel. Y porque no necesito verte caer para demostrar que puedo volar más alto que tú.
El loro agachó la cabeza.
—Perdóname… Creí que hacerte sentir pequeño me haría parecer grande.
El águila lo observó en silencio antes de hablar una última vez:
—Escúchame bien, pequeño. Quien necesita humillar a los demás para sentirse superior ya ha demostrado lo poco que vale su orgullo. Puedes tener una voz hermosa, plumas brillantes y mil talentos, pero si los utilizas para pisotear a otros, tarde o temprano descubrirás que ninguna de esas cosas puede darte un buen corazón.
Cuando la tormenta terminó, el loro regresó al bosque. Por primera vez, no buscó hacer reír a los demás a costa de alguien. En cambio, se acercó a cada ave que había ofendido y les pidió perdón.
Desde aquel día, dejó de burlarse del águila. Y cuando otros pájaros intentaban hacerlo, era él quien los detenía.
Porque había aprendido algo que jamás olvidaría.
El águila no necesitó arrancarle las plumas al loro para darle una lección. Le bastó con salvarlo cuando todos sus alardes no pudieron salvarlo a él mismo.
Y el loro comprendió que ser admirado por muchos no significa ser mejor que nadie. 🦜🍂