Cuando Tomás llegó a casa, notó algo extraño: el espejo del pasillo reflejaba todo… excepto a él.
Pensó que estaba cansado.
Se acercó.
Su reflejo apareció de repente.
Pero estaba sonriendo.
Tomás no.
Retrocedió.
El reflejo levantó una mano y escribió con el dedo sobre el vidrio empañado:
NO TE DES LA VUELTA.
Tomás sintió que alguien respiraba detrás de su cuello.
No se movió.
Entonces escuchó su propia voz, justo detrás de él:
—Si te das vuelta, yo salgo del espejo.
Tomás cerró los ojos.
—¿Y si no me doy vuelta?
Silencio.
Después, el reflejo respondió:
—Entonces tendré que esperar a que despiertes.
Tomás abrió los ojos.
Su reflejo ya no estaba en el espejo.
Y desde su habitación llegó el sonido de alguien metiéndose lentamente bajo las sábanas.
Tomás cerró los ojos.
—¿Y si no me doy vuelta?
Durante unos segundos no escuchó nada.
Entonces, su propia voz susurró detrás de él:
—No hace falta que te des la vuelta.
Tomás abrió los ojos.
En el espejo, su reflejo seguía allí.
Pero ahora estaba detrás de él.
Tomás quiso gritar.
El reflejo levantó un dedo frente a sus labios.
—Shhh… todavía no se ha dado cuenta de que tú estás despierto.
Tomás miró lentamente hacia el pasillo.
No había nadie.
Entonces comprendió.
La respiración que llevaba minutos sintiendo en su nuca no pertenecía a ninguna criatura.
Pertenecía a él.
Algo dentro de su propio cuerpo estaba respirando.
Y desde el espejo, su reflejo comenzó a golpear el vidrio.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después sonrió y dijo:
—Ahora sí. Ya podemos cambiar de lugar.
Las luces se apagaron.
A la mañana siguiente, la madre de Tomás encontró el espejo roto.
Y encontró a Tomás en su habitación, dormido tranquilamente.
Sonreía.
Lo extraño era que, desde aquella noche, cada vez que alguien miraba el espejo del pasillo, Tomás aparecía reflejado allí.
Aunque él estuviera en otra habitación.
Aunque estuviera fuera de casa.
Y aunque estuviera dormido.
Porque Tomás ya no necesitaba estar frente al espejo para que su reflejo pudiera verte.