Sofía había aprendido a sonreír con los ojos vacíos. En la planta de oncología pediátrica del Hospital Central, la luz fluorescente siempre era la misma: blanca, fría, indiferente. Su hijo, Mateo, de ocho años, dormía con el cabello recién afeitado y el cuerpo demasiado delgado bajo las sábanas azules. La leucemia linfoblástica aguda no perdonaba. El trasplante de médula ósea era la única posibilidad real, y el costo; después de seguros, copagos y el fondo de emergencia que ya se había agotado.
superaba los doscientos mil dólares. Sofía llevaba tres meses sin dormir más de tres horas seguidas. Trabajaba en el departamento de contabilidad de Vargas Holdings, la empresa de Rodrigo Vargas, desde hacía casi cuatro años. Era eficiente, discreta, siempre puntual. lloraba en el baño de mujeres para no hacerlo frente a Mateo.
Meses atrás, en la fiesta de fin de año de la compañía, Rodrigo se había acercado a ella cerca del bar. Alto, hombros anchos, mandíbula marcada, ojos oscuros que parecían medir todo lo que veían. Llevaba un traje negro perfecto y un reloj que costaba más que el salario anual de Sofía. Le había entregado un sobre negro con un ticket dorado dentro. No dijo mucho.
Solo:
“Si alguna vez necesitas algo que el sueldo no cubra, usa esto. Es una invitación privada. Sin preguntas, sin testigos. Solo tú y yo.”
Sofía lo había rechazado con educación, casi con asco. En ese momento Mateo aún respondía bien a la quimioterapia y ella todavía creía que el mundo era justo si uno trabajaba lo suficiente. Guardó el ticket en el fondo de su cajón de la oficina, debajo de carpetas de conciliaciones bancarias, como si esconderlo lo hiciera menos real.
Ahora el ticket estaba sobre la mesa de su pequeño apartamento, junto a las facturas del hospital y el aviso de embargo de su auto y de la casa. Mateo necesitaba el trasplante en menos de seis semanas o las posibilidades caían en picada. Sofía miró el número que venía impreso en el reverso del ticket. Lo marcó con dedos temblorosos a las once de la noche.
La voz de Rodrigo contestó al segundo tono, grave, segura, como si hubiera estado esperando exactamente esa llamada.
—Sofía. Pensé que no volvería a saber de ti.
—Necesito el dinero
dijo ella sin preámbulos. La voz le salió ronca.
— Todo. Lo que ofrezcas.
Hubo un silencio breve. Luego una risa baja, casi complacida.
—Ven esta noche. Mi penthouse. Te enviaré el auto. No traigas nada excepto lo que llevas puesto. Y el ticket.
El auto negro la recogió a la medianoche. Sofía subió sin mirar al chofer llevaba un vestido negro sencillo, el único decente que le quedaba, y zapatos de tacón que le dolían después de tantas horas de pie en el hospital. En el ascensor privado del edificio de Rodrigo, el espejo le devolvió una mujer de treinta y dos años con ojeras profundas, labios secos y un cuerpo que aún conservaba curvas generosas a pesar del estrés: senos firmes, cintura marcada, caderas anchas, piernas largas.
La puerta del penthouse se abrió antes de que tocara. Rodrigo estaba en camisa blanca arremangada, sin corbata, pantalones oscuros. El contraste entre su piel bronceada y la tela era casi obsceno. La miró de arriba abajo con una lentitud deliberada, como quien inspecciona una compra costosa.
—Entra.
El salón era de mármol blanco y cristal. Ventanales del piso al techo mostraban la ciudad como un mapa de luces. Sofía dejó el bolso en un sillón. Rodrigo se acercó, tomó el ticket de su mano y lo rompió por la mitad sin mirarlo.
—Reglas
dijo.
—Tú haces lo que yo diga. Esta noche y las que yo decida. El dinero se transfiere mañana a la cuenta que me indiques. veinticinco mil por esta primera noche. Si decides quedarte más tiempo… hablamos de cifras mayores. ¿Aceptas?
Sofía tragó saliva. El olor de él
colonia cara, piel limpia, un toque de whisky le llegó de golpe.
—Acepto.
Rodrigo sonrió apenas. Fue hacia un aparador y sacó una caja de madera oscura. La abrió frente a ella. Dentro había juguetes sexuales de diseño: un vibrador de silicona negra gruesa, un plug anal de cristal con base de diamante falso, unas pinzas para pezones unidas por una cadena fina, un dildo realista de tamaño considerable, lubricante de varios tipos y un conjunto de esposas de cuero suave.
—Quítate la ropa. Despacio.
Sofía obedeció. Se deslizó los tirantes del vestido el tejido cayó hasta sus pies quedó en sujetador y bragas de encaje negro. Rodrigo caminó alrededor de ella, sin tocarla todavía solo mirando cuando llegó frente a ella otra vez, levantó una mano y desabrochó el sujetador con un solo movimiento experto los senos de Sofía se liberaron, pesados, pezones ya duros por el aire acondicionado y la tensión. Él no los tocó. En cambio, enganchó las pinzas en cada pezón. El dolor fue un pinchazo agudo seguido de un calor que se extendió directo a su entrepierna. Sofía soltó un gemido bajo. Rodrigo tiró ligeramente de la cadena y la obligó a dar un paso hacia adelante.
—En la cama. A cuatro patas.
La habitación principal era enorme. La cama king tenía sábanas negras de satén. Sofía se subió y se colocó como él pedía Rodrigo se quitó la camisa el torso era musculoso, Se acercó por detrás, le bajó las bragas hasta los muslos y las dejó ahí, inmovilizándola parcialmente. Con dos dedos untados en lubricante recorrió su sexo. Estaba más húmeda de lo que esperaba. Él empujó el plug de cristal despacio, girándolo, forzando la entrada hasta que el músculo cedió y el juguete quedó asentado. Sofía arqueó la espalda y gimió más fuerte. El vibrador llegó después: lo deslizó entre sus labios, lo encendió en el modo más bajo y lo presionó contra su clítoris mientras el plug la llenaba por detrás.
—No te corras hasta que yo lo ordené
ordenó.
Rodrigo se bajó el pantalón. Su polla era gruesa, venosa, ya completamente dura. Se colocó detrás de ella, apartó el vibrador solo un segundo y empujó de un solo golpe. Sofía gritó. La combinación del plug y de él era demasiado el no esperó a que se acostumbrara. Empezó a follarla con embestidas profundas y ritmadas, una mano en su cadera, la otra tirando de la cadena de las pinzas. Cada tirón hacía que sus pezones ardan y que su coño se contraiga alrededor de él.
—Más fuerte
Rodrigo Aceleró. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó la habitación. Sacó el vibrador y se lo metió en la boca a Sofía.
—Chúpalo mientras te follo.
Ella lo hizo, saliva escurriéndole por la barbilla el aumentó la velocidad del juguete y se lo volvió a poner en el clítoris. Sofía tembló. Estaba al borde.
—Ahora
dijo él.
—Córrete.
El orgasmo la destrozó. Se contrajo tan fuerte alrededor de su polla y del plug que Rodrigo soltó un gruñido gutural y se vino dentro de ella, caliente, abundante. No se retiró de inmediato. Siguió moviéndose despacio, exprimiendo las últimas contracciones. Cuando finalmente salió, el semen le corrió por los muslos. Quitó el plug con cuidado y la giró para que quedara boca arriba. Sofía respiraba agitada, el pecho subiendo y bajando, las pinzas todavía en sus pezones y volvio a penetrar posiciones despues se volvio a correr dentro de ella.
Rodrigo se limpió con una toalla y se sentó en el borde de la cama.
—Te puede quédate esta noche, en siguiente habitación.
Sofía se incorporó, buscando su ropa con la mirada.
—No mezclo lo personal con el trabajo
dijo, voz aún temblorosa.
—Esto es un acuerdo. Nada más.
Rodrigo sonrió de lado, oscuro.
—Trabajo exacto. Te voy a dar veinticinco más para que te quedes esta noche conmigo.
Sofía lo miró. veinticinco mil adicionales. cincuenta mil en total por una sola noche. Suficiente para la primera parte del tratamiento y para comprar tiempo. Tragó.
—Sí.
La palabra salió apenas audible. Rodrigo se levantó de un salto. Le arrebató el vestido de las manos y lo lanzó lejos. La empujó de nuevo a la cama, esta vez con más fuerza. Le arrancó las bragas que aún tenía a medias en los muslos. Se subió encima de ella, rodillas abriendo sus piernas a la fuerza. Su polla ya estaba otra vez dura.
—Esta vez no hay juguetes
dijo, voz baja y peligrosa.
—Solo yo. Y vas a tomarlo todo.
La penetró de un empujón brutal. Sofía gritó. Él no fue suave. Empezó a follarla con embestidas profundas, casi castigadoras, una mano en su garganta (sin apretar del todo, solo controlando), la otra aplastando uno de sus senos. Le hablaba al oído mientras la embestía:
—Mírate. La contadora perfecta. La madre desesperada. Abriendo las piernas por dinero. Tu coño está empapado, Sofía. Te gusta que te use. Te gusta que te folle como una puta cara. Di que te gusta.
—Me gusta
jadeó ella, lágrimas de placer y vergüenza mezcladas en las comisuras de los ojos.
—Más alto.
—¡Me gusta! ¡Fóllame más fuerte!
Rodrigo obedeció. Sacó casi toda su longitud y volvió a entrar de un golpe que hizo que la cabecera de la cama golpeara la pared. Cambió de ángulo, buscando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Cuando la encontró, la embistió sin piedad. Sofía se corrió otra vez, gritando jadeos. Él no se detuvo. La volteó a un lado, levantó una de sus piernas y la penetró todavía más profundo cada movimiento tiraba de sus pezones. El dolor y el placer se mezclaron hasta volverse indistinguibles.
Rodrigo se corrió por segunda vez con un gruñido largo, llenándola otra vez. Se quedó dentro un momento, respirando pesado contra su cuello. Luego salió, se dejó caer a su lado y, con una calma casi cruel. El alivio fue tan intenso que Sofía gimió de nuevo.
—Dormirás aquí
ordenó.
—Desnuda, para cuando yo quieras. Si te despiertas y necesitas algo, me despiertas a mí. No a nadie más, entedido
Sofía asintió, exhausta. El semen le corría entre las piernas. El cuerpo le temblaba. Cerró los ojos y, por primera vez en meses, el sueño la reclamó sin pesadillas de hospitales.
A la mañana siguiente despertó sola en la cama. Sobre la mesita de noche había un sobre negro con un cheque certificado por cincuentamil dólares y una nota escrita a mano:
“La transferencia ya está hecha. Hoy trabajas normal. No hables de esto con nadie. En tres días te llamaré. Prepárate.”
Sofía se vistió con la ropa arrugada de la noche anterior. En el espejo del baño se miró: marcas rojas en los pezones, moretones suaves en las caderas, el cuello ligeramente enrojecido. Se arregló lo mejor que pudo y bajó al auto que ya la esperaba.
En la oficina, Rodrigo pasó por su escritorio a media mañana. Solo dijo, en voz baja, sin mirarla:
—Buen trabajo con el informe trimestral, Sofía.
Ella respondió con profesionalismo. Nadie notó nada. Pero bajo la falda, ella todavía sentía el recuerdo de él.
Los tres días siguientes fueron una tortura de anticipación. Sofía depositó el cheque, pagó el primer adelanto al hospital y vio a Mateo sonreír por primera vez en semanas cuando le dijeron que el proceso de búsqueda de donante se aceleraría. Por las noches, en su apartamento, el cuerpo le pedía más. Se tocaba recordando la fuerza de Rodrigo, la forma en que la había usado, las palabras sucias. Se corría con los dedos y se odiaba un poco por ello. Pero el dinero estaba ahí. Y Mateo estaba un paso más cerca.
El tercer día, a las seis de la tarde, llegó un mensaje a su teléfono personal desde un número desconocido:
“Penthouse. 21:00. Trae solo el cuerpo. Yo pondré el resto. Hay un paquete en tu casillero de la oficina. Ábrelo en privado.”
Sofía esperó a que la mayoría se fuera. En el casillero encontró una caja negra elegante. Dentro había dos conjuntos. El primero: un body de cuero negro con aberturas en los senos y en la entrepierna, medias de red hasta el muslo y tacones de aguja. El segundo: un vestido de enfermera blanco extremadamente corto, transparente en los pechos, con una cruz roja en el pecho y una liga negra. Había también una nota:
“Elige uno. O ambos. Llégate vestida. No te quites nada hasta que yo lo diga.”
Sofía eligió el de enfermera si se dirigió a su casa horas desde se lo puso en el baño, El tejido era tan fino que se transparentaban los pezones. El vestido apenas le cubría las nalgas. Se puso un abrigo largo encima y salió.
El mismo auto la esperaba. En el penthouse, Rodrigo estaba esperándola en el salón, esta vez en un pantalón de vestir y nada más. El torso desnudo brillaba bajo las luces bajas. Cuando Sofía se quitó el abrigo, su expresión cambió: los ojos se oscurecieron, la mandíbula se tensó.
—Acércate.
Ella obedeció. Él rodeó su cintura con una mano y con la otra levantó el borde del minivestido. No llevaba bragas. Estaba afeitada, suave, ya húmeda.
—Buena chica
murmuró.
—Esta noche eres mi enfermera privada. Y yo soy el paciente que necesita… atención especial.
La guió hacia el sofá grande. Se sentó y la hizo arrodillarse entre sus piernas sofía le bajó el cierre. La polla saltó gruesa y pesada. Ella la tomó con ambas manos y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota de precum. Rodrigo enterró una mano en su cabello y la guió, empujándola hacia abajo hasta que la sintió en la garganta. Sofía se ahogó un poco, saliva escurriendo, pero no se retiró. Él la folló la boca con embestidas controladas, gruñendo.
—Así. Chúpame como si tu hijo dependiera de esto. Porque de alguna forma… sí.
Las palabras fueron crueles y exactas. Sofía gimió alrededor de su polla. Cuando él estuvo cerca, la apartó.
—Súbete. Monta.
Sofía se subió a horcajadas. El vestido de enfermera quedó subido hasta la cintura. Ella se guió a sí misma y bajó despacio, sintiendo cómo la llenaba centímetro a centímetro. Cuando estuvo completamente sentada, Rodrigo le rasgó el escote del vestido. Los senos saltaron libres. Él los tomó con ambas manos, apretándolos, lamiendo y mordiendo los pezones mientras ella empezaba a moverse arriba y abajo.
—Más rápido
ordenó.
Sofía aceleró. El sonido de su coño empapado bajando sobre él era obsceno. Rodrigo le dio una palmada fuerte en una nalga, luego en la otra el ardor se sumó al placer. Ella se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, y se movió con más fuerza, buscando su propio orgasmo cuando llegó, se contrajo alrededor de él con un grito ahogado. Rodrigo la sostuvo por las caderas y empezó a embestirla desde abajo, rápido y profundo, hasta correrse dentro de ella otra vez.
No terminó ahí.
La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó a la habitación. Allí la caja de juguetes ya estaba abierta sobre la cama. Esta vez usó el dildo realista primero: la ató las muñecas a la cabecera con las esposas de cuero, le abrió las piernas con correas suaves y le introdujo el juguete mientras él se masturbaba mirándola. El dildo tenía un control remoto; lo puso en un ritmo constante que la hacía retorcerse. Cuando estuvo a punto de correrse otra vez, lo apagó.
—No todavía.
Se subió encima, le quitó el dildo y la penetró de nuevo. Esta vez fue más lento, más profundo, casi tortuoso. Le hablaba al oído todo el tiempo:
—Eres mía mientras yo lo diga. Tu cuerpo, tu coño, tus gemidos todo por el dinero y te gusta. Mírate. Empapada rogando con la mirada. Di que eres mi puta de lujo.
—Soy tu puta de lujo.
susurró Sofía, la voz rota de placer.
—Más fuerte.
—¡Soy tu puta de lujo! ¡Fóllame.
Rodrigo sonrió contra su cuello y empezó a embestirla con fuerza renovada. La cama crujía. Sofía tiraba de las esposas, el cuerpo arqueado, el segundo orgasmo de la noche explotándole en oleadas. Él se corrió poco después, gruñendo su nombre como una maldición y una oración al mismo tiempo.
Después la desató. La limpió con una toalla tibia con una ternura que contrastaba con la brusquedad anterior. Le dio agua la dejó descansar media hora. Luego la volvió a tomar, esta vez de pie contra el ventanal, la ciudad a sus pies, el vestido de enfermera hecho jirones alrededor de su cintura. La penetró desde atrás, una mano en su garganta, la otra jugando con su clítoris. Sofía miraba su propio reflejo en el cristal: una mujer usada, marcada, gimiendo de placer mientras el hombre más rico que conocía la follaba sin piedad.
Cuando terminaron esa tercera ronda, ambos cayeron en la cama. Rodrigo, todavía dentro de ella, murmuró:
—Mañana hay una transferencia adicional. cincuenta mil más. Por los extras de esta noche y el puso la mano en el culo. Y porque quiero verte de nuevo la semana que viene. Con el otro conjunto el de cuero.
Sofía, agotada, con el cuerpo dolorido de la mejor manera posible, solo asintió.
—Está bien.
Él la miró de lado, una expresión ilegible en el rostro.
—No es solo el dinero, ¿verdad? Tú también lo necesitas. Esto.
Sofía no respondió cerró los ojos. Pensó en Mateo. Pensó en el hospital. Pensó en la forma en que su cuerpo aún se contraía alrededor de la polla de Rodrigo, como si no quisiera soltarlo.
Por ahora, el acuerdo era claro. Ella daba él pagaba. Y en la oscuridad del penthouse, con el semen de él todavía caliente dentro de ella, Sofía se permitió, solo por esa noche, no pensar en nada más.
El dinero llegaría. Mateo tendría su oportunidad. Y ella… ella seguiría apareciendo cuando él la llamara, vestida como él quisiera, abierta como él ordenara, porque el precio de la esperanza a veces se cobraba exactamente así: de rodillas, gimiendo, y completamente entregada.
Fin