Me hallé recostado contra un tronco. Blando y húmedo, su olor era desagradable, pero aquello me era, de alguna forma, indiferente.
Mi atención estaba completamente capturada por el firmamento. Un cielo repleto de estrellas y una luna llena que brillaba con intensidad. Tal vez intentaba opacar el brillo de las demás estrellas, ¿pero no era su brillo acaso producto de una?
¡Qué ser tan ingrato!
Bromeé para mí antes de toser con violencia. Sentí un líquido deslizarse por mis comisuras hasta la punta de mi barbilla; no necesitaba verlo para saber que era rojo.
Quise levantarme, pero el cuerpo me pesaba más de lo usual. Mucho más. Con un esfuerzo sobrehumano, entre quejidos y el sudor que se formaba en mi sien, liberé mi brazo izquierdo del escudo que lo había tomado de rehén.
Volví a mi posición original. Volví la vista al cielo.
¿Debería quedarme un rato más? Sí, creo que voy a quedarme un rato más. De todas formas, no tenía planes para más tarde ni quien me reclamara por mi tardanza.
Me hubiera gustado decir que la brisa era agradable, pero traía consigo un olor decadente. Y la decadencia huele agria, demasiado agria.
Cuando estaba a punto de preguntarme la razón de mi lucha —¿quién no se ha preguntado eso alguna vez?—, vi una estrella fugaz atravesar el firmamento. Era realmente hermosa.
En un cielo que permanece como una pintura la mayoría del tiempo, pequeños destellos de vida hacen que todo valga la pena.
Supongo que aplica igual para el mundo.
Tan podrido como el tronco en el que me encuentro recostado, quizá el mundo estaba igual, muerto hace mucho tiempo y solo nos dimos cuenta cuando comenzó a oler mal.
Cerré los ojos unos segundos. Sentía cómo el aire escapaba de mis pulmones como yo me había escapado de entre los dedos de la muerte.
Mi padre, cuando apenas era yo un chicuelo que jugaba con la tierra —más negra incluso que la noche—, me enseñó una técnica de respiración, pero no parece muy efectiva ahora.
Pensando en él, inevitablemente pienso en las historias que me contaba del mundo, de antes de que estuviera muerto. «El mundo olía bien», me decía, mas esa historia venía de su abuelo.
Pero no es solo de mi padre de quien he oído semejante leyenda. He conocido a muchos que también lo han hecho y he oído leyendas aún más absurdas.
La inmensa mayoría es escéptica al respecto. No soy uno de ellos; sin embargo, no puedo culparlos. El mundo siempre ha estado muerto como el día siempre ha sido día.
Pero sigo sin ser uno de ellos.
¿De dónde, si no, han salido todas esas ruinas? ¿Quién está tan aburrido?
De repente, sentí cómo mi corazón latía con la misma ferocidad con la que había luchado, como si quisiera exprimir hasta la última hebra de energía. A la vez, mi visión se nubló un poco y bajé la mirada.
Allí descansaba un enorme —y muy horrible— cuerpo en descomposición. Este ser tenía una piel tan seca como la corteza de un árbol. Lo vi allí, aún chorreando un líquido negro de sus heridas.
Tomé un frasco de cristal de una bolsa en mi cintura. Aún conservaba un cuarto de su líquido dorado. Su brillo iluminaba tenuemente mi mano temblorosa. Usé mi boca para sacarle el corcho que lo tapaba y lo bebí con presteza.
Soporté el sabor amargo y salado al pasar por mi garganta. Mis ojos permanecían aún fijos en el cadáver de delante. Guardianes, así los llamaban.
¿Guardianes de qué? ¿Y por qué nos atacan en cuanto nos ven?
Hay quienes dicen que guardan las coordenadas de un tesoro o algún tipo de elixir capaz de revivir el mundo. También hay quienes dicen que simplemente son territoriales, y algunos afirman que son ellos los responsables de que el mundo sea así.
Hay mil historias que buscan darle sentido a estos seres y es curioso que todas esas historias, de alguna forma, quieran explicar el mundo más que la criatura en sí misma.
Mi corazón bajó un poco la velocidad de sus latidos, solo un poco. Creo que se resintió por la situación en la que me metí, obligándolo a trabajar más de la cuenta.
Miré más abajo, a mi cuerpo. Mi armadura —antes intacta y resplandeciente— se hallaba oxidada, con profundas perforaciones que cubrí con paños rojos. No, antes eran blancos.
Me reí por mi estupidez, pero fue una risa lenta, apagada, de esas que aparecen cuando te encuentras agotado, con hambre y con mucha sed.
Mis ojos miraron al firmamento nuevamente. Allí estaban las mismas estrellas, la misma luna e incluso la misma sustancia láctea de diferentes colores que, honestamente, no sé nombrar.
Fiel a esa estupidez, decidí —entre muecas de dolor— tensar un arco invisible y cazar una estrella. Mamá siempre habló de su papel respecto al destino: un camino que brilla con intensidad mientras seas fiel a ese camino y se oscurece en cuanto te alejas.
¡Cuán vil era la luna!
Volví a pensar, pues no solo quería opacar otras estrellas, sino que también me impedía divisar aquella que se estaba apagando o brillando con más intensidad.
¿Cómo iba a conocer mi destino así?
Reí de nuevo.
Si existe un mundo vivo, quisiera conocerlo algún día. Ser viajero de un mundo vivo suena más interesante, pero quizá menos divertido. La incertidumbre, en cambio, es aterradora, pero también resulta interesante.
¿Cuál sería el punto de recorrer un camino ya explorado?
Quizá por eso mamá nunca me dijo cuál era el camino de mi estrella.
...
Estoy cansado.