No te llamé. No fui a tu casa. No miré tus historias en Instagram durante 47 días.
Fue un gran récord.
El día 48, a las 2:13 a.m., me encontré escribiéndote otra vez.
No una carta. Cien.
Las tengo todas en una caja de zapatos bajo mi cama. Papel cuadriculado, letra inclinada hacia la derecha cuando estoy bien, hacia la izquierda cuando no. Huelen a café frío y a desesperación. Nunca las envié. Si lo hacía, tenías una excusa para odiarme. Y si no lo hacía, yo tenía una excusa para odiarme a mí mismo.
“Eres patético”, me dijiste la última vez que hablamos.
Fue en un parque. Tú con el abrigo rojo que te compraste en rebajas. Yo con las manos en los bolsillos para no tocarte.
“Me escribes a las 3 a.m. Me dejas café en la puerta. Sabes mi horario mejor que yo. Eso no es amor, Lucas. Eso da miedo”.
Tenías razón.
Pero no toda la razón.
El amor no da miedo.
Lo que da miedo es darte cuenta de que si te vas, yo me voy conmigo.
---
*Carta 47*
_12 de marzo, 2:14 a.m._
Hoy pasé por tu calle.
No para verte. Solo para saber si la luz de tu ventana seguía encendida a la misma hora. Sigue.
Te imagino leyendo. Siempre lees antes de dormir. Dices que si no, sueñas con números y con tu jefe.
Yo también sueño con números. El 3:17 a.m. es cuando me despierto. El 47 es cuántas veces he reescrito esta línea.
¿Sabes qué es lo peor?
Que si ahora mismo tocaras a mi puerta, abriría. Aunque me dijeras que me vaya al carajo. Abriría.
---
Te borré.
De mi teléfono. De mis redes. De mi playlist.
Lo que no pude borrar fue el hábito de dejar un asiento libre en el bus. De pedir dos cafés cuando solo iba yo. De mirar a la derecha cuando cruzaba la calle, por si acaso ibas ahí.
Mi terapeuta dice que es obsesión.
Mi madre dice que es amor.
Yo digo que es ambas cosas, y que ninguna de las dos me deja dormir.
---
*Carta 89*
_27 de abril, 3:02 a.m._
Soñé contigo.
No era un sueño bonito. Era de los que te despiertan con el corazón en la garganta.
Estabas en una boda. No la mía. La tuya.
Te veías feliz.
Yo estaba en la última fila, con una cerveza que no bebí.
Cuando te vi pasar con el vestido blanco, quise gritar tu nombre.
No lo hice.
En el sueño, tampoco.
Me desperté con la garganta seca y la sensación de que te perdí por segunda vez.
---
Te vi el martes.
No debí ir a esa cafetería. Era “nuestra” cafetería. La de los domingos, la de los planes que nunca hicimos.
Estabas con alguien. Un chico alto, de risa fácil. Te reías con él como te reías conmigo el primer mes.
No te acerqué. No dije nada.
Me fui antes de que me vieras.
Pero dejé el dinero para tu café en la barra. Como siempre.
El mesero me miró raro. “Ella no está sola”, dijo.
Lo sé, le respondí.
Por eso lo dejé.
---
*Carta 112*
_19 de mayo, 2:58 a.m._
Hoy cumplimos tres años.
De lo que fuimos.
No te escribo para que vuelvas.
Te escribo porque si no lo hago, voy a romper algo.
Tal vez mi teléfono. Tal vez mi mano contra la pared. Tal vez yo.
¿Sabes qué es lo peor de amarte así?
Que no puedo dejar de hacerlo.
He intentado. He salido con otras personas. He borrado fotos. He cambiado de ruta al trabajo.
Pero cada vez que llueve, me acuerdo de cómo te tapabas el cabello con el saco.
Cada vez que huele a pan tostado, me acuerdo de las mañanas que te quedabas dormida en mi pecho.
No es justo, ¿verdad?
Que tú sigas con tu vida, y yo me quede atorado en la versión de ti que ya no existe.
---
Fui a terapia.
De verdad esta vez. Tres meses.
La psicóloga me preguntó: “¿Qué pasaría si ella te dijera que no te quiere nunca más?”
Le respondí: “Me moriría un poco”.
Ella escribió algo en su libreta. Luego dijo: “Entonces no la amas a ella. Te amas a través de ella”.
Salí enojado.
Volví la semana siguiente.
Tenía razón.
---
*Carta 156*
_1 de junio, 3:17 a.m._
Te vi subir al bus hoy.
No me viste.
Te veías cansada. Ojeras. El abrigo rojo ya no te queda bien.
Quise sentarme a tu lado. Quise decirte que todo iba a estar bien.
No lo hice.
En vez de eso, me bajé dos paradas antes.
Porque si te hablaba, no iba a poder irme.
Y si no me iba, volvía a caer.
Y ya no quiero caer más.
Quemo esta carta.
Es la primera que quemo.
Huele a humo y a libertad.
Duele.
Pero duele menos que verte reír con otro.
---
Han pasado seis meses.
No te he escrito.
No te he buscado.
No sé si estás bien. No quiero saberlo.
Ayer tiré la caja de zapatos.
Pesaba mucho.
No por el papel.
Por lo que significaba.
Hoy, a las 2:13 a.m., me desperté.
Como siempre.
Pero esta vez no fui por papel y lápiz.
Fui a la cocina. Me serví un vaso de agua.
Miré por la ventana.
Llueve.
Y por primera vez, no pensé en ti.
Pensé en mí.
---
Te encontré en el supermercado la semana pasada.
Ibas rápido, con una lista en la mano.
No te detuve.
Solo te miré pasar.
Y por un segundo, el impulso volvió. El tirón en el pecho. La necesidad de decir tu nombre.
No lo hice.
Cuando te fuiste, me di cuenta de algo:
Ya no dolía.
No era indiferencia.
Era paz.
---
*Carta 157*
_No la escribí. No la quemé. No la envié._
Solo la pensé.
“Gracias.
Por enseñarme que el amor obsesivo no es amor.
Es miedo disfrazado de devoción.
Ojalá seas feliz.
De verdad.
Y ojalá yo también lo sea.
Sin ti”.
La dejé ir.
Como te dejé ir a ti.
Ahora, si me preguntas qué siento cuando pienso en ti, te diría:
Nada.
Y eso, por primera vez, es suficiente.