Alexander nunca había querido aquella familia.
Eso era lo que se repetía cada vez que Ethan aparecía en sus recuerdos.
Su matrimonio había sido secreto y había nacido de la obligación. Después del nacimiento de su hijo, Alexander y Ethan terminaron casándose por presión de las circunstancias. Nadie en la empresa sabía que el CEO tenía esposo. Nadie sabía que tenía un hijo.
Y Alexander tampoco hizo demasiado por cambiarlo.
No era un padre presente.
Se perdía cumpleaños, momentos importantes y días que nunca volverían. Ethan era quien estaba allí, quien cuidaba de su hijo y quien intentaba mantener en pie una familia que Alexander nunca había sabido querer.
Ethan, en cambio, sí se había enamorado.
En silencio.
Hasta que llegó Valeria.
Alexander no sabía la verdad sobre ella. No sabía que había sido responsable de aquella noche que había cambiado el rumbo de su vida. Para él, Valeria simplemente había aparecido cuando su matrimonio ya estaba lleno de grietas.
Y Alexander la eligió.
Cuando su hijo cumplió cinco años, Ethan dejó de esperar.
Tomó a su pequeño y se marchó.
No para castigarlo.
No para hacerlo arrepentirse.
Se fue porque finalmente había entendido que no podía seguir esperando amor de alguien que había decidido no querer aquella familia.
Ethan se fue en busca de su felicidad.
Y Alexander creyó haber encontrado la suya junto a Valeria.
Hasta que los recuerdos comenzaron a regresar.
Una noche, Valeria estaba frente a él, hablando sobre algo que Alexander apenas escuchaba.
Ella rio.
Alexander levantó la mirada.
Y durante un segundo no vio a Valeria.
Vio a Ethan.
Su sonrisa.
Su voz.
La cocina de aquella casa.
Su hijo corriendo por el pasillo.
Los tres juntos.
Una vida que alguna vez había considerado una obligación.
Una vida que ahora daría cualquier cosa por recuperar.
Alexander bajó la mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria.
Él tardó en responder.
—Quiero volver.
Valeria frunció el ceño.
—¿Volver a dónde?
Alexander levantó los ojos.
—A mi familia.
El silencio fue absoluto.
Valeria entendió inmediatamente.
—¿Ethan?
Alexander asintió.
—Y mi hijo.
Por primera vez, no intentó justificarlo.
No dijo que estaba confundido.
No dijo que necesitaba tiempo.
Simplemente aceptó la verdad.
—Los abandoné —murmuró—. Y no voy a volver a hacerlo.
Valeria lo miró con incredulidad.
—¿Y yo?
Alexander permaneció en silencio unos segundos.
Luego se quitó el anillo que llevaba.
Lo dejó sobre la mesa.
—Lo siento.
—¿La vas a dejar por él?
Alexander negó lentamente.
—No.
La miró directamente.
—Te voy a dejar porque entendí que nunca debí haberlos dejado a ellos.
Valeria no respondió.
Alexander tomó su teléfono y buscó una fotografía antigua.
Ethan.
Su hijo.
Los tres.
La observó una última vez antes de guardarla.
Sabía que recuperar a Ethan no sería fácil.
Sabía que probablemente Ethan no querría perdonarlo.
Sabía que su hijo quizá ya no lo necesitaba.
Y sabía que podía perder su empresa, su reputación, su dinero y todo lo que había construido.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Alexander no tenía miedo de perderlo todo.
Porque ya había perdido lo único que realmente importaba.
Y esta vez estaba dispuesto a luchar por recuperarlo.
Aunque le costara absolutamente todo.