La mansión Blackwood no olía a hogar; olía a roble viejo, humedad y secretos guardados bajo llave. Para Elena, ese palacio de piedra en mitad de la nada no era más que una jaula de cristal. Desde la trágica muerte de su familia, había aprendido a existir en piloto automático. Se vestía con sedas frías, caminaba sin hacer ruido y respiraba por pura inercia. Su pecho era un desierto helado donde nada dolía, pero donde tampoco nada estaba vivo.
«Si no sientes, no te pueden volver a romper», se repetía como un mantra cada noche frente al espejo.
Hasta esa noche de tormenta.
El impacto de la lluvia contra los ventanales era un ensordecedor recordatorio del caos exterior, pero el verdadero terremoto ocurrió cuando la puerta principal se abrió de golpe.
Ahí estaba él.
Dante Vance. El hombre del que toda la alta sociedad hablaba en susurros. El empresario de mirada implacable y pasado enigmático que acababa de comprar la última propiedad de su familia... y el destino de la propia Elena.
Dante cruzó el umbral quitándose el abrigo mojado con una elegancia felina. Medía más de un metro ochenta y cinco, con hombros anchos y unos ojos de un gris acero tan deslumbrante que parecía capaz de ver a través de las mentiras de Elena.
—Llegas tarde para pedir ayuda, Elena —dijo él. Su voz era un susurro grave, una caricia de aterciopelada autoridad que le erizó la piel.
—Esta es mi casa, señor Vance —respondió Elena, intentando mantener la voz firme, aunque por dentro sintió un calambre desconocido recorriéndole la columna—. No he pedido su presencia.
Dante caminó despacio hacia ella, acortando la distancia con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde huir.
—Esta casa es mía desde esta mañana —murmuró Dante al quedar a escasos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era un contraste violento con la frialdad de la estancia—. Pero no vine por el título de propiedad.
—¿Entonces a qué vino? —desafió ella, alzando el mentón.
Dante alzó una mano y, con una lentitud casi tortuosa, rozó el pómulo de Elena con los nudillos. El contacto provocó un choque eléctrico en el cuerpo de ella.
—Vine por esto —susurró él, fijando su mirada en la de ella—. A ver si debajo de esa máscara de hielo queda algo que valga la pena rescatar. Respiras, pero no estás viva.
Las palabras la golpearon directamente en el centro del pecho. Elena apretó los puños, sintiendo cómo una furia caliente y bienvenida comenzaba a derretir las capas de anestesia emocional que la habían protegido durante años.
—Usted no sabe nada de mí —siseó ella, intentando dar un paso atrás.
Pero Dante no se lo permitió. Su mano se deslizaba ahora hacia su nuca, sujetándola con una firmeza magnética.
—Lo sé todo —dijo él, inclinándose hasta que sus labios casi tocaron su oreja—. Sé que estás atrapada en tu propio abismo. Que tienes miedo de sentir. Pero mírame a los ojos, Elena. Pídeme que me vaya.
Elena abrió la boca para echarlo, pero al clavar la vista en sus labios y sentir el pulso acelerado de Dante contra el suyo, las palabras se le congelaron en la garganta. Por primera vez en años, el corazón le martilleaba el pecho con una violencia real. Sentía miedo, sí, pero también un deseo ardiente, voraz y desconocido.
"Despiértame por dentro, pronuncia mi nombre y sálvame de la oscuridad..."
— Evanescence (Bring Me to Life)
—No puedes echarme —murmuró Dante, ajustando el agarre en su cintura para pegarla a su cuerpo—. Porque en el fondo, ambos sabemos que estabas esperando que alguien viniera a romper tus cadenas.
—Eres un arrogante... —alcanzó a decir Elena.
—Tal vez —asintió él con una sonrisa peligrosa—. Pero soy el único que puede hacerte recordar lo que es estar viva.
Dante cortó la distancia restante y atrapó sus labios en un beso profundo, dominante y lleno de una pasión contenida. Fue una explosión de luz en medio de la noche. Elena ahogó un suspiro, pero en lugar de alejarse, sus manos actuaron por instinto: se enredaron en el cabello húmedo de Dante, apegándolo más a ella, entregándose por completo a la tormenta que acababa de desatarse en su interior.
El hielo se había roto. Y en los brazos de un hombre peligroso, Elena finalmente había vuelto a la vida.