La amo con el amor más puro y primordial que existe en mí.
Más que a mi primer amor.
Más que a todo el amor que junté en estos últimos años.
En la suma, la amo más que todo eso junto.
En la resta, solo hubo un par de cosas negativas, pero no llegan ni a tapar con un dedo el sol.
En la división, sí, me dejé de lado sosteniendo todo. Cargué con lo que pude y con lo que no. Pero si volviera al principio lo haría otra vez, sin dudarlo.
En la multiplicación, este amor crece de forma exponencial. Y yo también crecí con él. Se multiplicó mi experiencia, mi manera de amar tan intensa, mi sed de abrazos y de besos, lo que anhelo y lo que estoy dispuesto a aceptar por alguien así.
Porque amarla a ella me enseñó a mirarme.
Me enseñó a reconocer cuál es mi valor, el valor que me doy hoy.
Entendí que valgo.
Que valgo por cómo amo, por cómo me quedo, por cómo vuelvo a elegir.
Y ahora solo necesito dos cosas
amarme a mí
y sentir el amor de ella.