La nieve caía lentamente sobre el bosque oscuro. Todo estaba en silencio… excepto los gritos.
—¡Inútil! —rugió un conejo gris mientras empujaba al pequeño conejo blanco contra la tierra helada—. Ni siquiera sabes defenderte.
El pequeño apenas podía mantenerse en pie. Su pelaje blanco estaba sucio, una de sus orejas tenía un corte pequeño y sus patas temblaban del frío.
Se llamaba Eli.
Era diferente a los demás conejos. Más pequeño. Más callado. Más frágil. Los otros lo miraban como una carga.
—Da vergüenza tenerte en la madriguera —escupió otro antes de lanzarle nieve encima.
Las risas dolían más que los golpes.
Eli bajó la cabeza sin responder. Siempre hacía eso. Callar. Aguantar. Fingir que no dolía.
Esa noche lo expulsaron.
—No regreses —dijo el conejo mayor cerrando la entrada de la madriguera frente a él.
El viento helado golpeó su cuerpo diminuto. Eli caminó solo entre los árboles oscuros, intentando no llorar.
Pero el bosque no era un lugar seguro.
Especialmente para un conejo.
El sonido de ramas rompiéndose hizo que se congelara.
Pesadas pisadas.
Lentas.
Amenazantes.
Entonces lo vio.
Un lobo negro enorme salió de entre las sombras. Sus ojos dorados brillaban como fuego en la oscuridad.
Eli retrocedió aterrado.
El lobo lo observó en silencio.
—Hueles a miedo —gruñó con voz grave.
El conejito cayó sentado en la nieve intentando alejarse.
Sabía lo que era un lobo.
Un depredador.
Muerte.
El lobo avanzó despacio.
Eli cerró los ojos esperando el ataque.
Pero nunca llegó.
En cambio, sintió algo cálido sobre su espalda.
El enorme lobo había colocado su cuerpo frente al viento para cubrirlo del frío.
El conejo abrió los ojos confundido.
—¿P-por qué…?
El lobo desvió la mirada con molestia.
—Porque estás temblando demasiado.
Eli pensó que era una broma cruel. Tal vez el lobo solo quería jugar con su presa antes de devorarla.
Intentó escapar.
Mala idea.
Sus pequeñas patas resbalaron y terminó cayendo por una pendiente llena de hielo.
El golpe fue fuerte.
Demasiado.
Un quejido débil salió de sus labios.
El lobo apareció segundos después y al verlo herido enseñó los colmillos con furia.
Pero no hacia Eli.
Hacia el mundo.
—Idiota… —murmuró mientras lo levantaba cuidadosamente entre sus dientes, sin lastimarlo.
Eli tembló todo el camino.
No entendía nada.
Los lobos no cuidaban conejos.
Los lobos los cazaban.
Sin embargo, aquel lobo lo llevó a una cueva cálida y dejó comida frente a él.
—Come.
Eli miró las bayas con desconfianza.
—¿No… no vas a comerme?
El lobo soltó una risa seca.
—Si quisiera hacerlo, ya estarías muerto.
Eso no tranquilizó mucho al conejo.
Los días pasaron.
El lobo era agresivo. Frío. Brusco.
Gruñía por todo.
—No salgas solo. —No toques eso. —Deja de temblar.
Pero nunca le hizo daño.
Nunca.
Incluso cuando Eli despertaba llorando por las noches, el lobo simplemente se acercaba en silencio y se acostaba cerca de él para darle calor.
Aunque fingiera indiferencia.
Aunque jamás admitiera preocupación.
Una noche, Eli despertó sobresaltado por pesadillas.
Respiraba rápido.
Asustado.
Entonces sintió una enorme cola negra rodeándolo lentamente.
El lobo seguía dormido… o al menos fingía estarlo.
Eli dudó unos segundos antes de acercarse más a él.
El corazón le latía fuerte.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
Se sentía seguro.
—¿Por qué me ayudas tanto? —preguntó en voz baja.
El lobo abrió apenas un ojo dorado.
Guardó silencio unos segundos.
—Porque eres mío.
Eli se tensó de inmediato.
El miedo volvió.
El lobo notó eso al instante y apartó la mirada con algo extraño en los ojos.
Dolor.
—No como una presa… —gruñó más bajo—. No quiero que nadie te toque.
El conejo quedó inmóvil.
Desde entonces empezó a notar cosas pequeñas.
Cómo el lobo vigilaba la entrada de la cueva toda la noche.
Cómo se enfurecía si veía sangre en las patas del conejito.
Cómo se acercaba apenas Eli tenía frío.
Era lealtad.
Una feroz.
Peligrosa.
Casi obsesiva.
Pero también sincera.
Aunque el lobo jamás dejaba de parecer aterrador.
Una tarde, otros lobos encontraron la cueva.
—¿De verdad protegías a un conejo? —se burló uno—. Qué vergüenza.
Eli retrocedió asustado.
El enorme lobo negro se colocó inmediatamente frente a él enseñando los colmillos.
Sus ojos daban miedo.
Mucho miedo.
—Largo.
—¿O qué? ¿Vas a atacar a tu propia manada por una presa?
El silencio fue suficiente respuesta.
Porque el lobo sí lo haría.
Y todos lo entendieron.
Los otros terminaron marchándose entre gruñidos.
Eli observó al lobo temblando un poco.
—Ellos… te odian ahora.
—No me importa.
—¿Por qué…?
El lobo giró lentamente hacia él.
Por primera vez, Eli vio miedo en esos ojos dorados.
No miedo a pelear.
No miedo a morir.
Miedo a perder algo importante.
El lobo se acercó despacio hasta apoyar su frente contra la del pequeño conejo.
Con cuidado.
Como si Eli pudiera romperse.
—Porque si desapareces… este bosque volverá a sentirse vacío.
Eli sintió un nudo en la garganta.
Nadie jamás había dicho algo así por él.
Nunca.
Sus pequeñas manos temblaron antes de sujetar un poco el pelaje negro del lobo.
Y el depredador… cerró los ojos lentamente.
Como si ese pequeño gesto significara más que cualquier victoria.
Desde entonces, el bosque seguía siendo peligroso.
Seguían existiendo peleas.
Miradas de desprecio.
Miedo.
Porque un lobo jamás dejaría de ser un lobo.
Y un conejo jamás dejaría de ser frágil.
Pero en medio de toda esa oscuridad…
El lobo permaneció siempre junto a su pequeño conejito blanco.
Leal.
Violento con el mundo.
Y extrañamente… suave solo con él.