Él y yo no somos iguales,
porque uno está por encima del otro.
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Aquel día frente a la prisión de máxima seguridad situada a kilómetros lejos de la ciudad, ese chico grabó en su memoria la melodía que marcó el inicio de una nueva etapa en su vida.
La voz del vocalista de la banda de rock que sonaba en la radio del coche de su supervisor, consiguió poner fin a las inseguridades y complejos que le seguían desde que tenía memoria. Aunque cantaba en otro idioma, el lenguaje que utilizaba iba más hallá.
El chico estiró su mano en dirección a la radio del coche, subiendo así el volumen. La batería, las guitarras y la voz de la banda de rock rusa, retumbó por todos los rincones del coche. El cielo estaba nublado pero la ventana del asiento del copiloto en el que estaba sentado el muchacho, se mantenía abierta.
El chico se miró por el espejo del retrovisor y sonrió, una sonrisa instintiva, casi parecía que su cuerpo y su mente estaban de acuerdo en que la banda debía formar parte de su vida desde ahora. Desvío su mirada en dirección a la puerta principal de la prisión de la que había salido.
Su supervisor le había dejado solo, ¿acaso no tenía pensado que tal vez, él podría escapar? Aunque, si le daba tanta confianza sería porque la situación estaba más que controlada. Después de todo, el chico aceptó la propuesta del señor: jugar y ganar, a cambio de su total libertad y un deseo.
La sonrisa del chico se amplió aún más. Era fácil, se oía fácil. Pero desde luego, no lo sería.
—Queridos radioyentes, acabamos de escuchar la canción recomendada por Leny —habló la mujer de la radio, cuya voz tenía un tono agudo. El chico frunció el ceño—, para los que acaban de unirse recordales que estamos en el programa: dejame oír tu canción favorita. En la que ustedes llaman, diciendo qué canción quieren escuchar.
Se apresuró a buscar un teléfono en la guantera.
Necesitaba escuchar otra vez esa canción, todavía se emitía pero sería cuestión de tiempo que fibalizara y no se sabía el título, ni el nombre de la banda. Porque cuando entró al coche, no prestaba atención a nada, solo daba vueltas en su cabeza la propuesta de La Élite. Y cuando se quiso dar cuenta, aquella melodía ingresó a su mente y todo lo demás pasó a segundo lugar.
—Bien, gracias a todos los que nos sintonizan —se río la mujer de la radio, cosa que solo irritó al chico mientras sacaba la mano de la guantera sin hallar un maldito móvil—, son las cuatro y media de la tarde, y el clima está completamente nublado aquí en Qualsey City y alrededores. No recomiendo ir a la playa.
La mujer de la radio se volvió a reír, y su risa aumentó la impaciencia del chico que maldijo por lo bajo al no encontrar un teléfono en el coche. Su mirada cayó en el supervisor que salía de la entrada de la prisión: era un hombre de avanzada edad, bastante alto y con el cabello completamente canoso, llevaba un traje gris y unos zapatos amarillos. Dejó ver sus dientes postizos cuando hizo contacto visual con el muchacho, quien para entonces ya tenía el entrecejo más arrugado que una pasa.
—¿Y esa cara? —preguntó el señor pasando por delante del coche, bajo la mirada impaciente del muchacho.
—¿Tiene un teléfono? —el chico ignoró la pregunta del viejo pues la canción estaba ya en su tramo final.
—Estos jóvenes —se río el viejo entrando al coche mientras, el muchacho puso los ojos en blanco—. No puedes esperar a llamar a tu novia, como se nota que llevas tiempo sin hechar un buen polvo. Te entiendo, yo...
—Dame un móvil.
El señor creía saber el porqué de la insolencia del chico.
—Vale, vale —el viejo negó con la cabeza divertido mientras sacaba su teléfono de uno de los bolsillos de su pantalón, el joven estaba impaciente—. Pero te lo digo en serio, dile a tu novia que tendrá que esperar. Te llevaré a la sede, y ahí las relaciones sexuales están prohibidas...
—No tengo una puta novia.
Su supervisor se rió dándole el móvil, como si las palabras que acababan de salir de la boca de aquel muchacho fuesen un chiste, y arrancó el coche.
—Ya saben —empezó la mujer de la radio con tono alegre, el chico estaba atento con los dedos cerca de las teclas numéricas— que deben llamar al...—dijo el número de la emisora—, para que todo Qualsey City y otras ciudades cercanas escuchen sus canciones favoritas. Gracias Leny por la canción tan especial que nos has recomendado...
La señora siguió hablando con su irritante voz mientras el expresidiario llamó al número de la emisora. Alzó la vista en dirección al retrovisor, donde poco a poco se alejaba de lo que un día fue su hogar.
La cárcel.
No era la escuela, un instituto o la universidad. Pero ahí se convirtió en la persona que era ahora. Ahí fue donde se peleó con alguien por primera vez. Y perdió, sí, pero en la segunda ronda le rompió la mano a su contrincante. Cada pelea perdida, cada golpe, le sirvió como enseñanza. Le enseñó que él, y solo él podía salvarlo cuando más lo necesitaba.
Un lugar en el que las amistades se hacían con intereses, donde las palabras no valían nada. La vida en ese lugar le obligó a ver a las personas como enemigos, unos más ofensivos que otros. Había visto como un pacto se realizaba y, minutos después, se rompía estallando así una pelea en la que la que se perdía la vida de personas.
No le asustaba, ¿cómo iba a hacerlo? él había entrado a ese lugar por voluntad propia cargando con sus pecados.
Los árboles se tragaron su lugar de aprendizaje y sintió una punzada en el estómago que le obligó a colocar el teléfono en su oreja cerrando los ojos.
Necesitaba volver a escuchar aquella canción, necesitaba callar su mente.
—Hola —la voz de la señora de la radio se en la otra línea del teléfono y en la emisora—, gracias por llamar. ¿Cómo te llamas y qué canción quieres compartir con nosotros?
Su nombre.
¿Para qué servían los nombres?
Él se deshizo del suyo nada más entrar a la cárcel, consideraba que seguir usándolo le impediría librarse de sus demonios. No soportaba tener que pasar el resto de su vida siendo un Carlos, un Tomás o un Alex. Usar su nombre significaba ser el hermano de él para siempre. El hijo de ese hombre y su mujer.
¿Para qué habría servido todo su esfuerzo entonces? Si con oír su nombre la gente ya proyectaba una imagen desgraciadamente cierta para él.
Odiaba su nombre, así que lo borró.
El chico abrió los ojos para encontrarse con la mirada del viejo clavada en él. ¿de verdad creyó que llamaría a su supuesta novia?
Se acomodó en su asiento y desvío la mirada en dirección a la carretera. Carraspeó antes de hablar:—Sí, hola. Me llamo Two...
—¿Two? —se río la mujer mientras él esbozaba una sonrisa torcida—. ¿Es una broma?
Los números no son de nadie. Representan una cantidad y son cambiantes. Indican una posición buena o mala dependiendo de cómo los veas. En las competiciones el número 1 es el del ganador, mientras que aquellos números que se alejan de él son los perdedores.
En los exámenes, siempre por debajo de él. En deportes, en competiciones de ciencias, talleres. En casa.
Toda su desgraciada infancia.
Así que, cuando entró a la cárcel borró su estúpido nombre y se puso Two. El número que le seguía a todas partes, que cuando oía a alguien decirlo instintivamente se volteaba a ver porque parecía que llevaba un cartel de "segundón" pegado a la frente. Se había condenado a sí mismo, a portar dicho número para el resto de sus días.
Hasta que llegó la propuesta de La Élite.
Como dije antes, los números no pertenecen a nadie y son cambiantes. Si hoy fuiste el número 5 mañana puedes ser el 7 o el 3, pero cuando te llamas Carlos, estás condenado a ser Carlos para siempre. Da igual que cambies tu nombre por otro, eso solo hará que ese yo que dejaste atrás se convierta en un fantasma. Alguien a quien mataste, para ocupar el lugar de otra.
Con los números es más fácil: Si eres el 2, puedes convertirte en el número 1.
—Sí, he llamado para hacerla reír, me encanta escuchar su voz de pito —se quejó Two subiendo la ventanilla pues había empezado a lloviznar y su ventanilla era la única abierta—. Ese es mi nombre y la...
—Perdón Dos —interrumpió la mujer, Two y el viejo cruzaron miradas—, hay variedad de nombres en el mundo. El tuyo es especial.
—Es en ingles señora, es Two. ¿Le habían dicho alguna vez lo odiable que es?
El viejo negó con la cabeza sonriente mientras que la señora de la radio río con ganas, su risa aumentó las ganas que tenía Two de tirarse a la carretera esperando a ser atropellado por un camión.
—Que gracioso es usted Two ¿qué música nos recomiendas?
¿Desde cuándo la sinceridad genuina hace reír? pensó el chico ¿en qué mundo vivimos?
—La canción que sonaba antes, y por favor deje de reírse tanto.
—Gracias por tu sugerencia. Queridos radioyentes, a Two le encanta la canción que recomendó Leny...
Two colgó mientras la mujer hablaba, a la espera de que empezara lo que su mente más anhelaba.
—Que mujer más irritante —se quejó.
—Bastante, pero las canciones que emiten son lo mejor de lo mejor —el viejo asintió con la cabeza con la vista perdida en la carretera.
—Ya, por gente como ella se debería legalizar la purga.
Cuando el concierto inició, el chico cerró los ojos apoyando su cabeza en la ventanilla, fría por las gotas de lluvia que chocaban al coche. Su mente se quedó en blanco.
Nunca olvidaría esa canción. Jamás lo haría.
Aquel día, se propuso subir de nivel. Solo ganando el juego, siendo el primero, conseguiría demostrarle a sus demonios que él era el mejor. Así se libraría de ese odioso número.
Ganar, aplastar a todo y todos.
Tal vez lo haga.
O quizás no.
Ya veremos.
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