Carla no podía dormir.
Cada noche era lo mismo.
Ruidos.
Golpes secos.
Arrastres lentos.
Algo moviéndose en su patio trasero… siempre después de medianoche.
Al principio pensó que eran gatos.
Luego pensó que era el viento.
Pero no.
Ese sonido era distinto.
Pesado.
Constante.
Como si alguien… estuviera caminando ahí afuera.
Esa noche, exactamente a las 12:03, volvió a escucharlo.
Arrastre… golpe… arrastre.
Carla abrió los ojos de golpe.
Se sentó en la cama, con el corazón acelerado.
—Ya basta… —susurró.
Se levantó lentamente y tomó lo primero que encontró: un palo de escoba.
Caminó hacia la puerta del patio.
El ruido se detuvo.
Silencio total.
Eso fue lo peor.
Respiró hondo… y abrió la puerta.
El patio estaba oscuro.
La luz apenas iluminaba una parte del suelo. El resto era sombra.
—¿Hola? —dijo, con voz temblorosa.
Nada respondió.
Dio un paso afuera.
Luego otro.
El aire estaba frío.
Entonces algo se movió.
Rápido.
Desde la oscuridad.
Carla apenas alcanzó a reaccionar cuando la cosa salió disparada hacia ella.
Era alta. Demasiado delgada.
Sus brazos eran largos… y su rostro… no parecía humano.
Carla gritó y levantó el palo.
¡Golpe!
Lo impactó con fuerza.
La criatura retrocedió, emitiendo un sonido extraño, como un susurro roto.
Volvió a lanzarse.
Carla golpeó otra vez, más fuerte.
La cosa cayó al suelo.
Inmóvil.
Respirando de forma irregular.
Carla no esperó.
Corrió dentro de la casa y cerró la puerta con seguro.
Se quedó ahí, temblando.
Escuchando.
Silencio.
Pasaron segundos.
Luego minutos.
Nada.
—Ya se fue… —dijo en voz baja.
Entonces…
Ding.
El sonido del ascensor.
Carla se quedó congelada.
Miró el reloj.
12:03.
El mismo momento.
El ascensor comenzó a moverse.
Subía… bajaba…
Como si algo hubiera entrado.
Como si algo… hubiera encontrado la forma de subir.
Carla caminó lentamente hacia la puerta principal.
Miró por la mirilla.
El pasillo estaba vacío.
Pero al fondo…
el ascensor estaba abierto.
Oscuro.
Y desde dentro…
se escuchaba la misma respiración.
La misma del patio.
Carla retrocedió.
Confundida. Asustada.
Entonces lo escuchó.
Detrás de ella.
Dentro de la casa.
Arrastre… golpe… arrastre.
Carla giró lentamente.
La puerta del patio…
estaba abierta.
Y la cosa…
ya no estaba afuera.Carla no se movió.
El sonido venía de la cocina.
Arrastre… golpe… arrastre.
Su respiración se volvió lenta, casi inexistente.
No quería hacer ruido.
No quería que eso supiera dónde estaba… aunque en el fondo ya lo sabía.
El sonido se detuvo.
Silencio.
Luego…
un golpe seco.
Como si algo hubiera caído.
Carla retrocedió lentamente hasta la puerta principal.
Sus manos temblaban al intentar abrir el seguro.
Click.
Lo logró.
Abrió la puerta y salió al pasillo sin mirar atrás.
El edificio estaba en completo silencio.
Las luces parpadeaban.
Y al fondo…
el ascensor.
Abierto.
Esperándola.
Carla dudó.
Podía bajar por las escaleras.
Pero entonces lo escuchó otra vez.
Dentro de su departamento.
Más cerca.
Más rápido.
Arrastre—golpe—arrastre.
Ya no era lento.
Venía hacia ella.
Carla corrió.
Entró al ascensor y presionó el botón de planta baja una y otra vez.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Y justo antes de que se juntaran…
una mano larga, delgada, oscura…
se metió entre ellas.
Las puertas se detuvieron.
Carla gritó.
La mano empezó a forzar la apertura.
Los dedos eran demasiado largos… doblándose de forma antinatural.
Carla, desesperada, golpeó esa mano con todas sus fuerzas.
Una vez.
Otra.
Hasta que la cosa soltó un sonido agudo… y retiró la mano.
Las puertas se cerraron.
Esta vez completamente.
El ascensor bajó.
1…
2…
3…
Pero no llegó a planta baja.
Se detuvo.
Las luces se apagaron por un segundo.
Cuando volvieron…
el panel de números cambió.
Carla sintió un nudo en el estómago.
—No… no… no…
El edificio solo tenía cuatro pisos.
El ascensor subió.
Las paredes comenzaron a vibrar.
La respiración volvió.
Pero esta vez…
no venía de afuera.
Venía desde arriba.
Desde el techo del ascensor.
Algo se arrastraba sobre ella.
Siguiéndola.
Esperando.
El ascensor se detuvo.
Ding.
Las puertas se abrieron lentamente.
No había pasillo.
Solo oscuridad.
Y en medio de esa oscuridad…
una figura.
Alta.
Delgada.
Con una sonrisa imposible.
Carla retrocedió.
Pero el ascensor… ya no estaba detrás de ella.
Había desaparecido.
Ahora estaba sola.
Ahí.
Con eso.
Y entonces la figura habló.
—Ahora… tú llamas.
La oscuridad la envolvió.
Esa misma noche, a las 12:03…
en el viejo edificio sin nombre…
el ascensor volvió a moverse.
Subía… bajaba…
se detenía…
Y cuando alguien lo miraba desde el pasillo…
podía ver a una chica dentro.
Golpeando el espejo.
Intentando salir.
Pero su reflejo…
solo sonreía.A la mañana siguiente, el edificio volvió a parecer normal.
Silencioso.
Vacío.
Como si nada hubiera pasado.
Nadie mencionó a Carla.
Nadie preguntó por ella.
Era como si nunca hubiera existido.
Solo una cosa cambió.
El ascensor.
Ahora… a veces se detenía en el piso 4 con las puertas abiertas por más tiempo del normal.
Y si alguien miraba con atención…
podía verla.
A Carla.
De pie dentro.
Pálida.
Con los ojos abiertos… sin parpadear.
Una tarde, un nuevo inquilino llegó.
Se llamaba Diego.
No creía en historias raras.
Solo quería un lugar barato.
Mientras subía sus cosas, notó el ascensor.
Viejo.
Rayado.
Con números extraños marcados encima del “4”.
—Qué raro… —murmuró.
Decidió usarlo.
Presionó el botón.
Las puertas se abrieron lentamente.
Vacío.
Entró.
El ascensor se cerró.
Subió.
1… 2… 3… 4…
Se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Pero antes de que saliera…
algo llamó su atención.
El espejo.
Su reflejo… no estaba solo.
Había alguien detrás de él.
Una chica.
Pálida.
Inmóvil.
Sonriendo.
Diego giró de golpe.
No había nadie.
Respiró agitado.
—Solo es mi imaginación…
Volvió a mirar el espejo.
La chica estaba más cerca.
Demasiado cerca.
Y entonces…
habló.
—No te vayas…
La voz no venía de afuera.
Venía del reflejo.
Diego retrocedió.
Pero las puertas se cerraron de golpe.
El ascensor volvió a moverse.
4…
5…
El rostro de Carla apareció completamente en el espejo.
Su sonrisa se abrió más… demasiado.
—Ayúdame… —susurró.
Pero algo más se movía dentro de ella.
Algo oscuro.
Algo que también sonreía.
El ascensor se detuvo.
Las luces parpadearon.
Y entonces…
el reflejo de Diego levantó la mano.
Pero Diego no lo hizo.
Un segundo después…
desapareció.
Esa noche, a las 12:03, el ascensor volvió a activarse.
Subía… bajaba…
como siempre.
Pero ahora, si alguien miraba dentro…
no veía a uno.
Veía a dos.
Carla…
y alguien nuevo…
golpeando el espejo.
Mientras, detrás de ellos…
la cosa sonreía.
Esperando.
A que alguien más…
presione el botón.