El último recuerdo de Elara era el asfalto helado bajo su mejilla y el atronador sonido de un camión. El siguiente, una sofocante tela brocada y el agudo aroma a lavanda. Abrió los ojos a un techo abovedado pintado con querubines regordetes y a un espejo que reflejaba no su propio rostro, sino uno de rasgos perfectos, ojos almendrados de un verde intenso y labios carnosos de un rojo natural. ¡Y qué rostro! No la belleza delicada y etérea de las actrices de moda, sino una que quemaba, con una intensidad seductora y una promesa de fuego. Un rostro que reconoció con un escalofrío: el de Lady Seraphina de Valois. La villana.
Elara, ahora Seraphina, no tardó en reconstruir los hechos con una frialdad que la sorprendió. Había reencarnado en la novela romántica histórica que su hermana menor devoraba religiosamente: "El Corazón de Éridea". Y para su horror, lo había hecho en el cuerpo de la prometida del Príncipe Heredero, Lady Seraphina, la mujer destinada a morir decapitada por intentar asesinar a la “heroína” de la historia.
La heroína, Lady Aurelia, era el epítome de la dulzura. Rubia como el trigo, ojos azules como el cielo de verano, y una propensión a las lágrimas por la más mínima brisa. Su encanto residía en su indefensión, su bondad ilimitada y su habilidad para desmayarse en los brazos de cualquier hombre disponible. El Príncipe Lysander, un arquetipo del héroe caballeroso, estaba perdidamente enamorado de ella, para exasperación de Seraphina. Y no solo él; los caballeros más apuestos del reino, los magos más poderosos e incluso algún que otro plebeyo noble, caían rendidos a los pies de Aurelia.
Seraphina (la original) había sido retratada como la némesis de Aurelia: altiva, ambiciosa, cruel y desesperadamente enamorada de Lysander. Su belleza, descrita como "descarada y opulenta", era un contraste con la "angelical pureza" de Aurelia. Su inteligencia y astucia, en la novela, solo servían para tejer intrigas contra la dulce heroína. La trama culminaba con Seraphina intentando envenenar a Aurelia, siendo descubierta por Lysander, y ejecutada públicamente, su cabeza cayendo con un sonido sordo ante la multitud.
Elara, ahora Seraphina, miró su reflejo. ¿Villana? Quizás. ¿Estúpida? ¡Jamás! No pensaba terminar decapitada por un príncipe caprichoso y una heroína llorona. La injusticia de su destino prestado la llenó de una rabia helada. La Seraphina original, ejecutada por un hombre que se negaba a ver más allá de la máscara, y una mujer que se aprovechaba de su "inocencia". Elara sintió una punzada de solidaridad con la villana a la que ahora encarnaba. Esto no sería solo supervivencia, sería venganza.
Su compromiso con Lysander era una jaula, pero una que Elara planeaba desmantelar pieza a pieza. El príncipe apenas la toleraba, sus ojos siempre buscando la figura frágil de Aurelia en cada evento de la corte. La nueva Seraphina, en lugar de intentar ganar su afecto, alimentó su desprecio. Se volvió más astuta, más incisiva, y usó su belleza para manipular no a Lysander, sino a quienes lo rodeaban. Los cortesanos, antes temerosos, ahora la respetaban, a menudo a regañadientes, por su intelecto afilado y su capacidad para desmantelar argumentos con una lógica impecable.
La "heroína" Aurelia seguía su patrón. Tropezaba, se desmayaba, necesitaba que le abrieran las puertas. Lysander la protegía con un fervor ciego, incapaz de ver la manipulación obvia. Elara observó, analizó. Si Lysander amaba la imagen, ella destruiría esa imagen.
El día fatídico, aquel en el que la Seraphina original intentaría envenenar a Aurelia, se acercaba. Elara sonrió. No habría veneno. Habría algo mucho peor para Lysander: la verdad desvelada de su propia ceguera y la destrucción de su preciosa heroína.
En lugar de un complot de envenenamiento, Elara preparó un plan magistral. Utilizó sus conexiones recién forjadas en la corte, su conocimiento de las debilidades humanas y la reputación de Aurelia como "santa" para tejer una red de engaños que solo ella podía controlar.
Durante un gran banquete, donde Aurelia estaba sentada a la diestra de Lysander, Seraphina se levantó, no para acusar a nadie, sino para hacer un anuncio de gran envergadura sobre las finanzas del reino, algo que había estado investigando en secreto, exponiendo la corrupción de uno de los aliados más cercanos de Lysander. La corte quedó en silencio. Justo en ese momento, una joven sirvienta, nerviosa, se acercó a Aurelia con una nota.
Aurelia, con su habitual torpeza, dejó caer la nota. Elara la recogió con una gracia felina, y con una sonrisa inocente que la Seraphina original nunca habría saboreado, la leyó en voz alta. Era una carta de amor. No del Príncipe Lysander. Sino de uno de los caballeros más admirados del reino, detallando citas secretas, regalos y promesas de fugarse. Lo que es peor, la carta insinuaba que el "accidente" en el que Lysander había perdido un valioso artefacto real había sido orquestado por Aurelia para ganar su simpatía y desviar sospechas del verdadero culpable: el caballero.
El salón estalló en murmullos. La "inocente" Aurelia no solo tenía un amante secreto, sino que había conspirado para engañar al Príncipe y al reino. Sus lágrimas ahora parecían falsas, su torpeza, una artimaña. Lysander se puso lívido, no solo por el engaño, sino por haber sido el tonto de la situación. Se volvió hacia Aurelia, sus ojos llenos de furia y desilusión.
"¡No es cierto! ¡Seraphina miente! ¡Ella es la villana!" gritó Aurelia, señalando a Elara. Pero las pruebas, presentadas con la astucia de Seraphina, eran irrefutables. Había testigos comprados, regalos escondidos, y una contabilidad meticulosa de los movimientos de Aurelia.
Lysander, su orgullo herido, su reputación manchada, se negó a escuchar. "¡Llévensela! ¡Que sea desterrada! ¡Que regrese a su condado y que nunca más ponga un pie en esta corte!"
Aurelia, entre sollozos histéricos, fue arrastrada fuera del salón. Su padre, un conde menor, no pudo hacer nada más que recoger a su "angelical" hija y retirarse, avergonzado, a su remota propiedad, donde podría llorar con sus "buenos padres" sin afectar la política real.
Lysander, humillado y con su "heroína" desterrada, buscó a Seraphina, buscando su consuelo, su consejo. "Seraphina, yo... fui un tonto. Debí haberte escuchado."
Elara, con los ojos de Seraphina, lo miró. Su belleza feroz era ahora un arma. "Príncipe, la ceguera es una elección. Usted eligió ver lo que quería ver, y despreciar lo que no entendía."
La venganza no terminó ahí. Elara, actuando como Seraphina, se convirtió en la fuerza motriz detrás del trono. El Rey, ya anciano y débil, la escuchaba. Sus consejos eran impecables, su estrategia, brillante. Se hizo indispensable. Lysander intentó recuperar su poder, susurrando intrigas, intentando desautorizarla. Pero cada movimiento que hacía, Elara lo anticipaba, cada palabra que pronunciaba, ella la usaba en su contra.
Elara se aseguró de que Lysander perdiera todo apoyo, toda influencia. Lo rodeó de sus propios aliados, lo despojó de sus títulos militares y diplomáticos. La corte, antes devota al príncipe, ahora se inclinaba ante Seraphina. Lysander se encontró aislado, un títere en su propio palacio, un príncipe sin poder, sin amor y sin dignidad.
El golpe final llegó durante una de las campañas militares que Lysander, por su arrogancia y falta de preparación, gestionó desastrosamente. Elara, como Seraphina, había sabido de su incompetencia y, sutilmente, había colocado las piezas para su caída. El ejército real sufrió una derrota humillante, y Lysander, en un intento desesperado por salvar su honor, encabezó una carga suicida que resultó en su propia muerte en el campo de batalla.
Cuando la noticia llegó a la corte, Elara, como Seraphina, vistió de luto, pero por dentro saboreaba la victoria. No fue decapitada. En cambio, había desmantelado al príncipe, desterrado a la heroína y reclamado el poder para sí misma. La rosa negra había florecido sobre las ruinas de sus enemigos, una belleza seductora y peligrosa, tejiendo su propio destino con hilos de venganza y astucia. Y en ese mundo antiguo, la mujer que una vez fue Seraphina, la villana, se convirtió en la verdadera reina.