—Escúchame bien —dijo con la voz tensa—. No importa qué escuches, no importa quién llame. Después de las 12, no abras la puerta. Nosotras no volveremos hasta que salga el sol.
Si alguien dice ser una de nosotras, miente.
No abras.
Se fueron, y el eco de sus pasos desapareció en el camino de tierra.
El reloj marco las 12 de la noche pero no le di importancia y me fui a la habitación principal distraído con mi teléfono.
A las 12:15, alguien llamó a la puerta
Toc toc
Me asuste ya que nadie iva a ir a la casa de mi abuela a esa hora
—¿Hijo? Soy yo, se nos quedó la llave. Ábrenos, que empezó a llover —era la voz de mi madre. Sonaba idéntica, con ese tono protector que siempre usaba.
Sentí un impulso eléctrico de levantarme, pero las palabras de mi madre real resonaron en mi cabeza: "Si alguien llama, no somos nosotras".
La Insistencia
Me arrope de pies a cabeza con la sábanas como si ellas fueran a protegerme de lo que avía allá fuera.
—Hace mucho frío aquí afuera, mi niño —esta vez fue la voz de mi abuela. Su tono era tembloroso, casi a punto de llorar—. Ábrele a tu abuelita, me duelen mucho las piernas. Solo quita el cerrojo.
—¡ÁBREME! —gritó la voz de mi madre, pero ahora el tono era demasiado agudo, casi como el chillido de un animal—. ¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ!
Empecé a rezar y me arrope más con las sábanas como si fuera mi vida.
De repente, el ruido cesó. Hubo un silencio absoluto que duró lo que parecieron horas. Empecé a relajarme, pensando que lo que fuera que estuviese afuera se había rendido.
Entonces, escuché un sonido diferente. No venía de la puerta principal.
Clack.
El sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta trasera. El corazón me dio un vuelco. Mi abuela le había dado un duplicado a la vecina para emergencias.
—Ya estamos aquí, cariño... —susurró una voz desde el pasillo.
Pero no era la voz de mi madre. Eran las dos voces, la de mi abuela y la de mi madre, hablando al mismo tiempo,cosa que iso que se me erize la piel.
Me pegué a la esquina de la cama, mirando hacia la puerta de la habitación.
Por debajo de la rendija, no vi pies humanos. Vi una sombra densa, negra, que se filtraba hacia adentro como si fuera humo.
Recordé la advertencia final de mi madre. Ella nunca dijo que el peligro solo estaba afuera.
Dijo que no abriera la puerta. Y yo, en mi terror, me di cuenta de que no había echado el cerrojo a la puerta de la habitación donde estaba escondido.
El pomo de mi cuarto empezó a girar lentamente.
Solo faltaban seis horas para que amaneciera.