Dana Gutiérrez, una adolescente de 16 años, estudiante de preparatoria, ha comenzado a sentir algo que no sabe cómo explicar… una sensación constante de peligro.
No es miedo exactamente.
Es peor.
Es como si algo estuviera mal… todo el tiempo.
Las mañanas siguen siendo iguales: se levanta, se arregla, desayuna. Todo parece normal, pero hay algo… algo que no encaja. Las tardes pasan sin importancia, vacías, como si no dejaran huella. Pero las noches…
Las noches son otra cosa.
Las noches pesan.
El silencio no es silencio, es presión. Se mete en sus oídos, en su pecho. Le cuesta respirar. Dormir se ha vuelto una tortura lenta, desesperante. Da vueltas en la cama, cierra los ojos… y los vuelve a abrir de inmediato.
Porque siente que no está sola.
Y no es una idea.
Es una certeza.
Cada noche, mientras el resto de la casa duerme, ella permanece despierta, con el corazón latiendo demasiado fuerte, escuchando… esperando…
Sabiendo que hay algo observándola.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que sabe que no es alguien de su casa.
Una mañana, se levanta como siempre. O eso intenta. Sus movimientos son automáticos, torpes, como si su cuerpo estuviera cansado de algo más profundo que el sueño.
Desayuna en silencio.
Cuando se despide de su madre, algo se rompe.
Es ella… sí.
Pero no es ella.
Hay algo en su rostro. No puede decir qué es. No es una expresión, no es un gesto… es algo más. Algo que no debería estar ahí.
Dana sonríe, incómoda, y sale de la casa sin mirar atrás.
En el camino a la escuela, la sensación regresa. Más fuerte.
Las calles están demasiado vacías.
Demasiado quietas.
El aire se siente… denso.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Acelera el paso. Luego más. Luego casi corre. No sabe por qué, pero siente que si se detiene… algo va a alcanzarla.
Cuando finalmente llega a la escuela, el alivio dura apenas unos segundos.
Porque no hay nadie.
Nadie.
El eco de sus pasos se extiende por los pasillos vacíos. Las puertas están abiertas. Los salones… vacíos. Todo está en su lugar, pero no hay una sola persona.
Ni un ruido.
Ni un movimiento.
Nada.
El miedo ya no es una sensación.
Es algo vivo dentro de ella.
Corre.
Corre sin pensar, sin mirar atrás, solo con una idea en la cabeza: regresar a casa.
Necesita respuestas.
Necesita que todo vuelva a ser normal.
Pero en el camino…
Ahí está.
Su madre.
Parada.
Inmóvil.
Esperándola.
Eso no es normal.
No a esa hora.
Dana se acerca, temblando, tratando de hablar, de explicar… pero las palabras se le enredan en la garganta.
Su madre no responde.
No parpadea.
No respira.
Solo la mira.
Y esa mirada…
No es humana.
Dana retrocede.
Un paso.
Luego otro.
—¿Mamá…? —su voz tiembla, casi no sale.
Entonces lo ve.
Algo oscuro empieza a cubrirla.
Lento.
Espeso.
Como si la estuviera devorando desde adentro.
La forma de su madre se deforma… se pierde… se rompe.
Eso…
Eso no es su madre.
El aire se vuelve imposible de respirar.
Dana se da la vuelta y corre.
Corre como nunca antes.
Pero no importa hacia dónde vaya…
Eso está ahí.
Siempre.
Más cerca.
Más presente.
Como si no existiera distancia suficiente.
Su mente se llena de preguntas que no tienen respuesta.
¿Por qué ella?
¿Por qué ahora?
¿Qué es eso?
No puede más.
Sus piernas fallan.
Se detiene en medio de un puente, sin aliento, con el pecho ardiendo y la cabeza girando.
Levanta la mirada.
Ahí está.
Frente a ella.
Observándola.
Sin moverse.
Sin forma clara.
Pero presente.
Esperando.
Y entonces…
El suelo desaparece.
El puente se quiebra bajo sus pies con un crujido seco.
Todo cae.
Ella cae.
El vacío la envuelve—
Y despierta.
Su respiración es rápida, desordenada. Su cuerpo está tenso, empapado en sudor. Mira su teléfono con manos temblorosas.
5:27 a.m.
Solo fue un sueño.
Solo… un sueño.
Se deja caer de nuevo sobre la cama. Cierra los ojos. Intenta convencerse de que todo terminó.
De que ya pasó.
De que está a salvo.
Entonces…
Algo rompe el silencio.
Un sonido suave.
Casi imperceptible.
Viene de la ventana.
Dana abre los ojos lentamente.
Muy lentamente.
Y cuando mira hacia la oscuridad…
Siente que su corazón se detiene.
Porque ahora…
Ya no está soñando.