El reino de Eldoria celebraba la cosecha con un banquete que deslumbraba hasta al más soberbio. En la mesa principal,junto al el Rey Theron, se sentaba Kael, príncipe heredero. Su nombre significaba "fuerte" en la antigua lengua, y su presencia lo confirmaba. Con cabello tan oscuro como la obsidiana y ojos grises como una tormenta inminente, su belleza era legendaria, igualada solo por su habilidad con la espada. A pocos asientos de él, Lord Valerius, el más poderoso duque del reino, se enorgullecía de su hija, Lyra. Ella era la joya de la corte, con una melena de oro rojizo que caía en ondas sobre sus hombros y ojos color ámbar que parecían contener todo el calor del verano. Sus familias, la corona y el ducado, eran los pilares de Eldoria, unidos por una lealtad forjada en batallas y alianzas. Kael y Lyra se conocían desde la infancia, pero ese año algo había cambiado. El peso de sus títulos había sido reemplazado por una atracción palpable que llenaba el aire entre ellos de una electricidad silenciosa.
El desarrollo de esa noche no fue en la sala del banquete, sino en los jardines secretos que solo la realeza y los más allegados conocían. Lyra, sintiendo la mirada intensa de Kael sobre ella durante toda la cena, se excusó y caminó hacia el laberinto de rosas blancas. No sorprendió que él la siguiera.
— La luna te favorece, mi duquesa — dijo con un ronco susurro que hizo que la piel de Lyra se erizara.
— Y la noche te hace más audaz, mi príncipe — respondió ella sin volverse.
Él la alcanzó, sus dedos rozaron el brazo desnudo de ella, y el contacto fue como una chispa en un leño seco. No hubo más palabras. En el centro del laberinto, bajo la luz plateada de la luna, Kael tomó su rostro entre sus manos. Sus labios se encontraron no con timidez, sino con el hambre de dos almas que habían esperado demasiado tiempo. La besó con una ferocidad que la dejó sin aliento, su lengua reclamando la suya en una danza de poder y deseo. Lyra respondió con la misma pasión, sus manos subiendo por su pecho hasta sentir el latido de su corazón bajo la tela.
El beso se profundizó hasta volverse insuficiente. Kael, con movimientos seguros, deslizó las cintas de su vestido, dejando que la seda cayese a sus pies y revelando un cuerpo tan perfecto como una estatua de mármol. La luna besaba sus pechos erguidos y la curva de sus caderas. Él la observó con una adoración que encendió aún más el fuego en sus venas.
— Eres un sueño —, murmuró antes de llevar a su boca a uno de sus pezones, succionándolo con fuerza, mordiéndolo suavemente. Lyra arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras sus dedos se enredaban en su cabello oscuro. Su mano recorrió su torso, desatando la correa de su túnica hasta liberar su miembro, ya duro y palpitante en sus dedos. Era tan imponente como él, y el simple contacto lo hizo pulsar con más fuerza.
La llevó hasta el césped fresco y se colocó sobre ella. Sus ojos se encontraron un instante, un pacto silencioso de entrega total. Sin más preámbulos, guio su erección hasta la entrada de su sexo, ya húmedo y ansioso. Con un movimiento lento y profundo, se hundió en ella, y ambos soltaron un gruñido de puro placer. El mundo exterior desapareció. Solo existía el ritmo de sus cuerpos, el roce de su piel contra la de ella, el sonido de sus respiraciones entrecortadas. Kael movió sus caderas con maestría, primero lento, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño, y luego más rápido, más profundo, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Lyra levantó las caderas para encontrarlo, para recibir cada embestida, sus uñas arañando su espalda mientras las olas de placer la recorrían. El clímax la golpeó como una ola, un grito ahogado en el hombro de él mientras sus músculos se contraían alrededor de su miembro. Sentir su pulsación lo empujó al límite, y con un rugido gutural, se vació dentro de ella, liberando toda su tensión y pasión en un torrente cálido.
En el césped, estaban sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones volviendo a la normalidad. Kael la besó, esta vez con una ternura que contrastaba con su ferocidad anterior.
— Mañana hablaré con mi padre —, dijo con voz firme.
— Y yo con el mío —, respondió Lyra, su cabeza apoyada en su pecho. Sabían que su unión no solo era el producto de un deseo insaciable, sino la culminación de un destino escrito por sus linajes. Sus familias se alegrarían, consolidando aún más el poder y la paz de Eldoria. El futuro no era incierto; era brillante. Bajo la misma luna que había sido testigo de su pasión, ahora era la guardiana de su promesa. El vínculo entre los leones de Eldoria se había sellado, no solo con títulos y tierras, sino con el fuego eterno de su amor, un final feliz que era, a su vez, el comienzo de una nueva leyenda.