Yo ya estaba desesperada cuando entré en aquella tienda. Olía a madera vieja, cera, jazmín y otros tipos de plantas aromáticas como el romero. Las paredes estaban vestidas por un papel amarillo con pequeños grabados violetas oscuros que me recordaron al Donnabel… Los estantes estaban llenos de cosméticos. El suelo crujio bajo mis pies mientras me acercaba al mostrador luceral. Detrás de él, una mujer alta, con la piel clara como un suspiro en invierno, llevaba el cabello rizado, recogido, en un moño; portaba un vestido color oliva. Guila… Me sonrió cuando me acerqué a ella.
—Necesito Tafaná —anuncié sin rodeos. Estaba demasiado cansada para las formalidades, y me dolía demasiado la mandíbula como para dar discursos.
Ella me miró con recelo.
Sus ojos color café, se entrecerraron ligeramente cuando vio la moraton en mi mandíbula.
—Cortesía de mi marido. —Dije con
ironía.
Se vislumbro algo de compasión en su mirada, pero la tensión en sus hombros no terminó de desaparecer.
—¿De parte de quién vienes? —murmuró. Sus dedos rozaron el borde de lo que supuse que era una navaja, aunque no noté verdadera hostilidad en su gesto.
—Alysse Verian.
Asintió levemente, aplacando su mirada. Desapareció en la bodega tras ella sin decir una palabra.
Observé una vez más las estanterías cubiertas de cosméticos. Madera pulida, envases brillantes… Algunas enredaderas caían por las vigas del techo. Todo tenía un aspecto tan inocente… Un disfraz perfecto para ocultar la verdadera razón por la que todas íbamos a Fana.
Guila regresó poco después con un botecito de color negro, totalmente opaco. Aun sin que lo abriera, pude oler el peligro… y la liberación. Me lo dio envuelto en tela oscura.
—Tienes que echar tres gotas en cada comida. —Me explico rigurosamente. Sin embargo, sus ojos brillaron divertidos.
—Aunque si quisieras, le podrías echar el bote entero y mandarlo a dormir. —Una risa amarga escapó de mis labios.
Ojalá.
Guila me dijo que, hasta que lo matara, fingiera preocupación, angustia, desolación…Cualquier emoción que me llevara por el camino de la inocencia, y que, cuando consiguiera mi propósito:
—Pide una autopsia.
Su voz bajó hasta un susurro cuando dijo:
—Es más efectivo si, además, finges estar desconsolada… y si necesitas ayuda para llorar… —Una sonrisa jugó en sus labios cuando me deslizó un pequeño envase redondo y dorado por el mostrador. —Invita la casa.
Algo me decía que Alyss y Guila se llevaban bastante bien. ¿Sería que Alyss era una clienta recurrente?
Cuando salí de la pequeña tienda, el viento fresco me azotó la cara. Guardé el frasco y el pequeño envase dorado en mi chaqueta de lana. Mientras caminaba hacia mi hogar, la ya familiar sensación de inseguridad e incomodidad se apoderó de mí; esta vez, acompañada de un temblor sutil en las manos, que oculté metiendo las manos en los bolsillos. Siempre me había pasado; volver a casa me parecía tan peligroso como provocar a un león. Me replanteé seriamente volver a Fana. Me había sentido extrañamente protegida allí… Hacía tanto tiempo que no sentía ni siquiera un atisbo de seguridad ni de confianza… Pero si volvía, seguramente le llevaría problemas a Guila.
Cuando llegué a casa, por suerte, mi tan querido marido todavía no había llegado de su quedada con amigos. Pero mejor si no volvía, así me ahorraba el teatro.
El único recuerdo que quedaba de él en la casa era una botella de vino junto al sofá. La tiré con el mismo desdén con el que me gustaría poder mirarlo a él sin que me rompiera la nariz.
Sinceramente, lo único que le agradecía en 20 años de matrimonio era que, una noche, estando borracho, hubiera incendiado todas nuestras fotografías juntos; siempre me habían dado náuseas y ganas de defenestrarlas. La satisfacción me subió por la espalda cuando vi el montoncito de cenizas frente a nuestra casa.
Me puse a hacer la comida, eliminando los restos de ese dulce recuerdo. Sopa, sencillo, y lo más seguro para probar la Tafará. Esperaba que cuando abriera el frasco, el olor a Belladona, plomo y arsénico inundara la cocina, pero no fue así, no olía a absolutamente nada…
Incliné un poco el tarro sobre la sopa.
¿De verdad quiero hacer esto?
Me pregunté… ¿Pero cuántas veces él se había detenido antes de golpearme, amenazarme o intentar mancharme? Yo había aguantado sus abusos durante veinte años… Él, con suerte, solo sufriría un par de días.
Vertí el líquido sobre el caldo caliente. El remordimiento ni siquiera llegó a tocarme, mientras observaba en silencio cómo tres pequeñas gotas transparentes se mezclaban con el alimento.
Él llegó poco después, exigiéndome la comida a gritos, como de costumbre. Se dejó caer en la silla pesadamente. El olor nicotina llenó el aire del comedor. Oprimí una mueca mientras le dejaba el plato en la mesa. Fingí arreglar los cojines del sofá, manteniendo un ojo sobre él, mientras se llevaba las primeras cucharadas a la boca.
Cuando terminó, nada parecía haber cambiado. Barajé la idea de que quizás Guila me habría estafado, pero decidí tener paciencia. Cuando llegó la noche, empezó a quejarse de dolor de estómago y cabeza. Reprimí una sonrisa. Le preparé un infusion de manzanilla, que le ofrecí lo más dulcemente que pude.
El tercer día. Llamé a un médico "preocupada", cuando noté que mi marido comenzaba a tener fiebre y vómitos.
Al final no me han estafado.
Le diagnosticaron gastroenteritis severa. Él entró en pánico de inmediato. Cuando el médico se fue, me pidió papel y pluma con urgencia. Comenzó a escribir lo que supuse que era su testamento. Noté cómo me lanzaba miradas furtivas mientras yo acomodaba las almohadas detrás de su espalda. Su mirada era… extrañamente suave, casi me sentí incómoda. Estaba tan acostumbrada a ver mi sangre en su puño y su rostro contraído por la ira.
La culpa y la pena intentaron arremolinarse en mi corazón… Visualicé todas las veces que me había estrellado contra el suelo o la pared, quitándome el aire de los pulmones, todas las veces que me había humillado frente a sus amigos. Cada uno de los manoseos e intentos de matarme durante sus borracheras nocturnas. Presioné una mano contra mi propia cadera; el dolor del hematoma me recordó que esto era lo mínimo que se merecía.
El sexto día, me entregó el papel de su testamento. Yo disfracé mi felicidad de sollozos y lágrimas, mientras le suplicaba que no se fuera, que no quería estar sola… Creo que nunca había falseado tanto, pero seguí escupiendo una mentira tras otra: “Te necesito”, “No quiero perderte”, “Te amo demasiado como para verte morir”… Cada una sonaba más ridícula que la anterior. Me escocía la lengua.
Levanté la cabeza de entre mis manos minutos después; me di cuenta de que había dejado de respirar. Probablemente ya hacía rato. Me levanté y me sequé las falsas lágrimas con el dorso de la mano. Automáticamente fueron reemplazadas por una sonrisa victoriosa. Le pellizqué la mejilla fría al tacto, agradeciéndole en silencio que me hubiera dado todos sus bienes.
Al siguiente día, me puse de nuevo el lagrón en los lagrimales. Ardía como el mismísimo infierno; las lágrimas brotaron casi al instante y se me hincharon los ojos. Le iba a tener que agradecer a Guila por ese regalo. Me puse un vestido negro y denso… Ahora estaba lista para iniciar mi última actuación, esta vez, en el entierro de mi pobre y difunto marido.
— Inspirado en Guila Tofana; la asesina silenciosa de más de 600 hombres, y la heroína de muchas mujeres.