Entré como de costumbre, empujando la pesada puerta de roble que siempre gemía al abrirse, como si protestara por mi intrusión. El familiar olor a papel viejo y madera encerada me envolvió. Saludé con la mano a la señora Priscilla, la bibliotecaria, que asintió desde su escritorio antes de volver a sus quehaceres. Ella ya conocía mi ritual: perderme entre las estanterías.
Pero hoy no me dirigí a la sección de fantasía. Mi objetivo eran los anaqueles polvorientos del fondo, donde guardaban los libros más antiguos, los que nadie tocaba. Los de historia local, leyendas y bestiarios olvidados.
Pasé junto a la primera estatua, la del animal que parecía un caballo. Desde fuera, siempre había pensado que sería un unicornio, pero al tenerlo justo al lado, supe que estaba muy equivocado. No tenía la gracia de un corcel de cuento. Era una mole de piedra oscura, con músculos tensos y una expresión feroz tallada en su rostro. El cuerno no era una espiral elegante, sino una lanza recta y afilada, amenazante. Sus pezuñas, enormes y planas, parecían más de un gran felino listo para abalanzarse que de un herbívoro.
Dentro, la luz se filtraba tenue por los vitrales. Llegué a la sección de libros antiguos. Pasé el dedo por los lomos hasta encontrar uno titulado "Bestiario de la Provincia". Lo abrí con cuidado. Páginas y páginas de criaturas: el basilisco, el hombre lobo... pero nada de un caballo con cuerno. Lo dejé a un lado y cogí otro: "Monumentos y Misterios de Nuestras Tierras". Nada.
Iba a rendirme cuando, al final de la estantería, casi escondido, vi un libro pequeño, encuadernado en cuero negro y sin título en el lomo. Al abrirlo, las páginas, amarillentas y quebradizas, estaban escritas a mano con una caligrafía antigua y elegante. Y entonces lo vi. Un dibujo a pluma que me heló la sangre. Era idéntico a la estatua de la entrada. El texto que lo acompañaba, tembloroso, decía: "El Shadhavarr. Cría erróneamente identificada como unicornio por forasteros. No es un ser de luz, sino una bestia de poder primigenio. Se dice que la última manada fue vista en estos valles, pero los antiguos, en lugar de cazarlos, sellaron su esencia en piedra para proteger al pueblo de su furia. Las estatuas no son conmemorativas. Son guardianes. Y también, prisiones."
Un escalofrío me recorrió la espalda. No eran estatuas decorativas. Eran cárceles. De repente, el gemido de la puerta principal al abrirse sonó diferente, más profundo, como un lamento. Miré por la ventana. La luz del atardecer bañaba la fachada, y la sombra de la estatua del Shadhavarr se alargaba, deformándose contra el suelo de piedra, moviéndose con una vida que la piedra no debería tener. Y supe, con una certeza aterradora, que no era la única criatura sellada en ese edificio. La otra edificación, de la que nunca supe su forma, me observaba en silencio desde las sombras gemelas.